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2009/06/11

Contra el neofascismo

"A diferencia del fascismo inicial, en primer lugar, el neofascismo actual está más controlado por los aparatos de Estado y por las organizaciones de la burguesía. Es verdad que existen grupos fascistas puros y duros, tan fanáticos como sus antecesores, pero están más controlados por los servicios secretos que antes. La razón radica en que la burguesía ha comprendido que el fascismo aplicado en el interior de su Estado es un instrumento represivo con muchos efectos colaterales no deseados, es decir, que su brutalidad sanguinaria desatada puede terminar azuzando procesos revolucionarios"


Iñaki Gil de San Vicente (2004)


1.- Dialéctica de lo viejo y lo nuevo
La lucha de clases entre el Trabajo y el Capital se mueve siempre dentro de la dialéctica entre, por un lado, la continuidad y permanencia de lo esencial, y, por otro lado, la aparición de lo nuevo y la desaparición de lo viejo. Esta dialéctica exige comprender la existencia de unas determinadas contradicciones esenciales, genético-estructurales, del modo de producción capitalista, que lo diferencian cualitativamente de otros modos anteriores, de sus clases sociales y de las luchas entre ellas.


Dicha dialéctica, por otra parte, permite explicar la permanencia de determinadas características que son constantes al capitalismo pese a sus cambios de forma y fenomenología exteriores, histórico-genéticas, de modo que utilizando el método marxista podemos encontrar por entre la maraña de acontecimientos aparentemente desconectados entre sí, caóticos, determinadas regularidades profundas y relativamente estables pero invisibles a primera vista.


Ahora bien, en cuanto dialéctica de contradicciones en lucha, ella misma exige que siempre se estudie la realidad móvil para descubrir lo nuevo, lo que aparece, y lo viejo, lo que desaparece. Lo nuevo está ya en germen en las contradicciones existentes, y en lo viejo que ya está acelerando su desintegración bajo el empuje de esas contradicciones. Esta afirmación abstracta se basa en la síntesis concreta de las experiencias prácticas tanto en la sociedad como en la naturaleza orgánica e inorgánica. Sin entrar ahora en diferencias lógicas e inevitables entre las formas del movimiento dialéctico en estos tres niveles, y centrándonos sólo en el social, lo nuevo y lo viejo siempre nos remiten a la permanente que, a su vez, solamente se comprende en su evolución si tenemos en cuenta sus partes viejas y nuevas.


Muchos de los errores políticos de las izquierdas tienen que ver de algún modo con el desprecio a esta inexcusable regla metodológica. Las izquierdas tienden a creer que todo permanece igual e inalterable, que las grandes conmociones sociales son simples repeticiones de viejas luchas, que no se han desarrollado todavía novedades significativas que obliguen a un cambio profundo de la línea mantenida hasta ese momento. Y sucede la derrota. Pero en otros casos, cree lo opuesto, que todo ha cambiado tan cualitativa, súbita e intensamente que ya no vale nada del pasado y que hay que elaborar otra línea radicalmente opuesta.


Con el fascismo sucedió algo parecido y también sucede lo mismo con el neofascismo. En las condiciones de los años ’20 del pasado siglo, las contradicciones sociales, clasistas y nacionales estaban llegando al máximo del antagonismo irreconciliable permitido y potenciado por el alto grado de agudización de las contradicciones dentro del capitalismo, y entre el capitalismo y la URSS. Se encresparían aún más como efecto de la terrible crisis de 1929-33, que se prolongó de hecho hasta 1945. En realidad, la causa radica en el imperialismo y sus devastadores efectos sobre las condiciones de vida y trabajo de las masas trabajadoras.


Pero lo decisivo fue el endurecimiento de las luchas revolucionarias y contrarrevolucionarias y el nacimiento de la URSS. En estas condiciones, el grueso de las burguesías optó por soluciones autoritarias, termidorianas y hasta militaristas y bonapartistas. Hasta aquí, hasta esta fase del movimiento de la lucha de clases, el marxismo entonces vigente podía explicar qué estaba sucediendo y por qué. Los textos marxistas clásicos explicaban perfectamente el proceso sociopolítico consistente en que una fracción burguesa dirigiera hacia el autoritarismo al bloque de clases dominante. Sin embargo, por debajo de la teoría hasta entonces válida, se sucedían cambios que daban fuerza a prácticas nuevas ante las que esa teoría sociopolítica estaba envejeciendo.


Las profundas transformaciones sociales forzadas por el imperialismo habían terminado por expresarse en las reacciones de las clases sociales, sobre todo de las fracciones más afectadas, impotentes, desbordadas y superadas por esos cambios. Hay que tener en cuenta que no existe una automática e inmediata relación causa-efecto entre los cambios socioeconómicos -en este caso el tránsito capitalista del colonialismo comercial al imperialismo industrial- y los sociopolíticos. Siempre debe existir un período de perplejidad, adaptación y respuesta por muchas fracciones de las clases a tales cambios, tiempo de respuesta que depende del desarrollo anterior de organizaciones políticas y sindicales, culturales, etc., capaces de racionalizar teóricamente lo nuevo, explicarlo y, sobre todo, elaborar alternativas nuevas.


Esta especie de regla histórica es especialmente válida para el movimiento obrero, parte consciente de las clases trabajadoras, que debe compensar con otros recursos organizativos e intelectuales la aplastante superioridad de medios de la burguesía. Sobre todo es válida para el marxismo, que debe estar al tanto de los más recientes acontecimientos prácticos y teóricos. Sin embargo, con y frente al fascismo, dicha exigencia metodológica se cumplió muy minoritariamente. La mayoría del movimiento obrero y del marxismo fueron sorprendidos por el nacimiento y rápido auge del nazi-fascismo.


2. Características del fascismo
Ciñéndonos exclusivamente al fascismo menos conocido y sin extendernos al italiano y alemán, en Finlandia se desarrolló el Movimiento Lappo, en Rumania la Guardia de Hierro, la Heimwehren en Austria, en la Gran Bretaña el BUF, en el Estado francés el PPF, en Bélgica el Rexismo, en el Estado español la Falange, en Hungría los Cruces de Flechas, en Estonia los Combatientes de la Libertad, en los Países Bajos en el NSB, y otros grupos menores en otros muchos países, especialmente Portugal, Polonia y Suiza. Pero, además, otro componente de la ideología nazi-fascista como el racismo, se extendió ampliamente y se reforzó donde ya era fuerte, como en los EE.UU.


Todos estos grupos tenían entre sí diversas características comunes esenciales, y otras diferentes pero secundarias. Las primeras son las que permiten identificarles como movimientos fascistas, pertenecientes a una corriente política nueva en la historia del capitalismo. Las segunda son las impuestas por las circunstancias específicas de cada país y Estado, según su propia historia de lucha de clases, de la evolución de sus contradicciones internas, de su lugar en la jerarquía internacional capitalista y de división del trabajo, etc.


Una primera característica de estos grupos fue sus relaciones de subterránea dependencia económica de las organizaciones privadas burguesas y hasta, en bastantes casos, de las aportaciones estatales. Además de los fondos recaudados por ellos mismos, la mayoría de sus gastos eran sufragados por “ayudas” burguesas. Junto a esto, también tenían fuertes lazos con los aparatos represivos, con el ejército y la policía. Ambos apoyos les permitían disponer de medios de prensa superiores a su inicial fuerza de masas, así como un tratamiento benigno cuando no apologético de la mayoría de la prensa. Y en muy contados casos tuvieron problemas con las iglesias cristianas, sino que al contrario, las iglesias fueron aliadas pasivas o activas. Como síntesis de todo lo anterior, la mayoría de ellos dispusieron de un nuevo y fundamental instrumento de adoctrinamiento y movilización social vedado a las izquierdas, como fue la radio.
Una segunda característica, decisiva y definitoria, fue su apoyo incondicional al capitalismo.


Fueron, además del Estado y sus instrumentos represivos, el otro brazo armado con apoyo de masas contra el movimiento revolucionario y contra el reformismo. Y su apoyo al capitalismo se plasmaba en apoyo a la fracción más poderosa, la industrial y financiera, la militarista, la más necesitada del recurso a la guerra imperialista para salir de la crisis. Aunque según los países, contaban con el apoyo de la burguesía latifundista, la comercial, etc., el objetivo esencial del fascismo fue apoyar el militarismo de la burguesía industrial y financiera, sobre todo el exterminio del movimiento revolucionario y de la URSS.


Una tercera característica fue, como hemos dicho, el apoyo de masas obtenido dependiendo de cada país. Masas provenientes de la pequeña burguesía arruinada, del paro estructural y del precariado, de sectores campesinos, de franjas obreras anteriormente socialistas y hasta comunistas, además de sectores de la mediana y gran burguesía. Estas masas eran atraídas al fascismo por una mezcla de subideologías cogidas de otras ideologías pero mezcladas de una forma tal que formaban algo específico, diferente, siempre en estrecha conexión con la interpretación reaccionaria, machista e imperialista de las tradiciones e identidades nacionales, generalmente interpretadas desde la visión pequeño burguesa de la sociedad en un capitalismo que no había desarrollado la plena asalarización social y que tampoco conocía la tramposa seguridad existencial que prometen las cadenas de oro de los créditos fáciles, del dinero de plástico, de la financierización, etc.


Una cuarta característica es precisamente ésta, la dialéctica entre lo común al fascismo en general y las diferencias de cada uno de ellos, lo que se ve claramente en el diferente peso de las versiones reaccionarias de la historia nacional correspondiente, de su memoria militar, de su cultura popular, etc. Mientras que las izquierdas revolucionarias abandonaron o menospreciaron el profundo pozo inconsciente de lo identitario, de los referentes nacionales, los fascismos hicieron no sólo lo contrario sino que tergiversaron las identidades, sobrevaloraron sus contenidos reaccionarios barriendo y ocultando los progresistas, y sobre esas bases construyeron artificiosas mitologías nacionalistas, imperialistas y contrarrevolucionarias.


Una quinta característica es que esa manipulación de los referentes colectivos estaba reforzada en la mayoría de los casos con la manipulación de un sentimiento anticapitalista difuso e impreciso, mezcla del miedo y de los celos de la pequeña burguesía y del campesinado hacia la alta burguesía urbana y rural, así como de una crítica al comunismo y a los sindicatos. Tal mezcla explica que existieran corrientes de “izquierda” en bastantes fascismos, manteniendo así el anclaje ideológico en sectores confusos de las clases trabajadoras. Pero ese “izquierdismo” fue depurado sin piedad cuando lo ordenó la burguesía.


Una sexta característica es que semejante ideología estaba internamente reforzada por el impulso de todos los componentes sadomasoquistas y neuróticos de la estructura psíquica de masas del capitalismo; por el mito del líder, caudillo, duce o führer que asume el papel de autoridad sádica que delega parte de su poder en sus sumisos e incondicionales seguidores, que obedecen con dosis de masoquismo que a su vez descargan sus deseos frustrados y sus odios sobre los inferiores, estableciéndose una cadena de transferencia de represiones sublimizadas y de mando de arriba abajo en la que el irracionalismo y los fantasmas del inconsciente tenían la misma fuerza o más incluso que la conciencia. La familia patriarcal, el machismo más sexista y misógino, la manipulación sistemática del falocentrismo agresivo sobre todo en espectáculos y movilizaciones de masas, etc., estos y otros componentes -incluidos los del opio religioso en bastantes casos- reforzaban el espeluznante irracionalismo de fondo de la práctica fascista.


Aunque bastantes de estas características ya habían surgido en el pasado, sólo con el fascismo adquirieron el contenido de unidad sistémica nueva, de tal modo que desbordó a la mayoría de los marxistas, ridiculizando a algunos de ellos, precisamente los más encumbrados en el poder oficial. Muy pocos se dieron cuenta no sólo de la gravedad del nuevo movimiento contrarrevolucionario sino de su contenido y características fundamentales. Peor aún, en los decisivos momentos iniciales, cuando el monstruo era pequeño y débil, fueron todavía menos quieren elaboraron una estrategia de combate de masas. Pero lo más trágico para la suerte de la humanidad es que esas minorías premonitorias fueron denunciadas, denigradas y perseguidas por la burocracia estalinista.


Debemos recordar estas lecciones amargas y tristes del pasado para no repetir ahora aquellos errores desastrosos, cuando en condiciones diferentes en la forma y en algunos contenidos nuevos, la burguesía imperialista recurre a un neofascismo que no ha roto su cordón umbilical con el fascismo, sino que es una adaptación de lo viejo a las nuevas necesidades represivas. Y como adaptación, en algunos lugares el neofascismo tendrá -tiene- características superficiales y secundarias diferentes al neofascismo de otros lugares, siendo aquí más represor y criminal que allí, etc., pero siendo neofascismo esencial en todos ellos, buscando el mismo objetivo esencial en todas partes: detener la actual oleada de luchas y derrotarlas.


3. Lo nuevo en el capitalismo
En algo más de medio siglo el capitalismo mundial ha pasado a otra fase en su evolución histórica, siendo el mismo modo de producción. Sin más análisis al respecto, también han evolucionado los sistemas represivos, los Estados, etc., manteniendo pese a todo su identidad genético-estructural. Es en este sentido que debemos comprender que el viejo fascismo se mantiene latente en el nuevo neofascismo, a la espera de desarrollar su terrible poder destructivo cuando se lo ordene la burguesía, poder que se manifestará con formas externa nuevas pero defendiendo a mismo amo de clase. Que se llegue a una situación así depende, en primer lugar, de la evolución mundial de la lucha de clases y de los procesos de liberación nacional; en segundo de su evolución en sus países y Estados concreto, y, en tercer lugar, de la capacidad de los marxistas para elaborar eficaces estrategias masivas contra el neofascismo.


Un cambio significativo en el capitalismo mundial con repercusiones para el tema que tratamos consiste en que el capitalismo ha logrado acabar tras varios decenios de guerras y dictaduras con el inmediato peligro revolucionario en su mismo centro neurálgico, en el corazón de la vieja Europa, y con las duras luchas clasista de los años ’30 en los EE.UU. Como veremos, lo ha logrado desplazando al resto del mundo las contradicciones y endureciendo al máximo las explotaciones, pero también desarrollando nuevos sistemas de control, vigilancia y represión, así como de integración, compra y soborno, sobre la base de un aumento espectacular de la productividad del trabajo, de las sobreganancias imperialistas y del colaboracionismo reformista y de la URSS desde finales de los ’20 hasta su implosión..


De este modo, el capitalismo central superó durante un tiempo la necesidad de recurrir otra vez al fascismo. Pero, desde finales de los ’60 y comienzos de los ’70, la vuelta de la crisis estructural ha ido minando lentamente la estabilidad lograda y pese a los esfuerzos del neoliberalismo, del reaganismo y del tatcherismo, las tensiones sociales han ido en aumento. En síntesis, esta es la razón última por la que con cierta rapidez las burguesías han puesto en marcha en neofascismo adaptado a las condiciones del centro capitalista.


Como hemos dicho, uno de los recursos para la derrota del movimiento revolucionario e integración de la clase obrera fueron las sobreganancias obtenidas por el imperialismo, pero a costa de trasladar al planeta entero los terribles efectos destructores de este modo de producción, multiplicándolos exponencialmente. Una inabarcable lista de represiones, sistemas autoritarios, militaristas y fascistas, con crímenes sin fin, marcan la historia mundial en la segunda mitad del siglo XX. Sin embargo, también aquí las transformaciones capitalistas han forzado el recurso por parte de muchas burguesías a un neofascismo adaptado a las condiciones del capitalismo semiperiférico y periférico.


No es este lugar para extendernos en una comparación detallada de las diferencias secundarias entre estos neofascismo, como tampoco lo hemos hecho anteriormente con las de los fascismos. Simplemente decir que las distancias mundiales no son un problema a la hora de que los neofascismos se relacionen entre sí bien directamente, bien vía de los servicios estatales y/o de las organizaciones burguesas que actúan por debajo del neofascismo, porque las modernas tecnologías de la comunicación lo permiten y, sobre todo, porque las burguesías han perfeccionado sus relaciones en la ayuda mutua de la represión y mantenimiento del sistema.Teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, antes de pasar a proponer una línea de intervención contra el neofascismo en su identidad genético-estructural hay que definir brevemente sus características comunes y la mejor forma de hacerlo es comparar sus innovaciones con respecto al fascismo, su padre.


4. Características del neofascismo
A diferencia del fascismo inicial, en primer lugar, el neofascismo actual está más controlado por los aparatos de Estado y por las organizaciones de la burguesía. Es verdad que existen grupos fascistas puros y duros, tan fanáticos como sus antecesores, pero están más controlados por los servicios secretos que antes. La razón radica en que la burguesía ha comprendido que el fascismo aplicado en el interior de su Estado es un instrumento represivo con muchos efectos colaterales no deseados, es decir, que su brutalidad sanguinaria desatada puede terminar azuzando procesos revolucionarios. Por esta razón y mientras no necesite llegar a tales extremos, la burguesía controla desde dentro y teledirige al neofascismo permitiéndole ascender u obligándole a descender según las necesidades del sistema. Pero en el exterior, lo aplica sin reparos ni contemplaciones. Además, ahora los fundamentales instrumentos de manipulación de masas, la TV sobre todo, están más controlados por los Estados y las burguesías, e incluso en casos extremos como el del neofascista Berlusconi en Italia, son considerables las resistencias de otras fracciones burguesas, aparatos del Estado y del reformismo.


A diferencia del fascismo, en segundo lugar, que surgió en muchos países como el único recurso para salvar al capitalismo, en la actualidad el neofascismo opera con la ayuda de otros recursos de orden, represión y alineación que entonces no existían. Sin el peligro inminente de una revolución, con más de medio siglo de experiencia y con otras formas de alineación -por ejemplo, el consumismo compulsivo, etc.- el capitalismo actual reserva el neofascismo para legitimar nuevas leyes represivas “democráticas”, recortar derechos sociales con el apoyo o la pasividad del reformismo, endurecer y fortalecer al Estado, criminalizar a sectores crecientes, etc., pero manteniendo la ficción democrática en el interior de los Estados. Sin embargo, en el exterior, frente y contra otros pueblos, el neofascismo aparece tal cual es, como perfecto hijo de su padre, el fascismo. Así se explican las inhumanas agresiones yanquis a todo pueblo digno y resistente, como Cuba.


A diferencia del relativo apoyo de masas que obtuvo el fascismo, en tercer lugar, ahora existen organizaciones interclasistas que cubren ese espacio. El capitalismo actual ha mercantilizado el voto mucho más que entonces, y busca con precisión los grupos de votantes, prometiendo diferentes cosas a cada uno de ellos. Esto hace que el fascismo tenga que recurrir al racismo en el centro capitalista -Estado francés, Austria, etc.- mientras que en otros sitios tiene que ocultar su fascismo sustantivo bajo un celofán “democrático”, como en Venezuela contra Chávez, los gusanos de Miami contra Cuba, etc. El ejemplo más claro es EE.UU., en donde el neofascismo de la Casa Blanca se protege bajo una demagogia de los “derechos humanos” mientras protege el fascismo de la burguesía yanqui. Sobre todo, la mayor asalarización social hoy existente limita la base histórica del fascismo como la pequeña burguesía tradicional y le obliga a tener en cuenta el aumento de la población que vive de un salario así como a la nueva pequeña burguesía, y a esas franjas objetivamente asalariadas que sin embargo se creen subjetivamente las “nuevas clases medias” porque viven con tarjetas de crédito aseguradas por sus altos salarios y la financierización. Ahora bien, el neofascismo sabe que tiene un campo de crecimiento en parte de estos sectores cuando vuelve la crisis y la incertidumbre e inseguridad.


A diferencia de los respectivos nacionalismos reaccionarios construidos por los fascismos, en cuarto lugar, ahora se tiende a crear grandes ideologías regionales -UE, área asiática y área yanqui- que absorben más o menos los nacionalismos oficiales preexistentes, a la vez que en Europa y EE.UU. se potencia el occidentalismo reaccionario y racista -guerras de “intervención humanitaria”, de “defensa de los derechos humanos”, etc.- para justificar el expolio de los pueblos “atrasados”. Esta tendencia no anula a los nacionalismos reaccionarios existentes, sino que los adapta e integra para una mejor explotación imperialista. El neofascismo ha asumido felizmente esta innovación porque le permite ocultar su racismo y nacionalismo de fondo, que no duda en sacarlo a la superficie cuando es necesario para mantener y aumentar la tasa de ganancia.


A diferencia del ambiguo y difuso populismo anticapitalista de la primera época fascista, en quinto lugar, ahora el neofascismo es abiertamente capitalista como lo fue el fascismo en su época, aunque con algunos celos contra la alta burguesía en defensa de las viejas burguesías, como las pegas de Le Pen, y otros fascistas y neofascistas a la UE, etc., o los movimientos yanquis contra el excesivo centralismo federal. Son posturas defensivas de fracciones de clase que ya saben que no recuperarán su poder anterior y que sólo quieren no perder más.



A diferencia del descarado componente sadomasoquista y neurótico del fascismo, en sexto lugar, ahora el neofascismo tiene que adaptarse al avance de la mercantilización de la existencia, de las industrias burguesas del ocio y de la gratificación sexual de masas, del consumismo compulsivo de masas, etc. Pero nada de esto anula el contenido sadomasoquista inherente, sino que lo adapta a los cambios en el sistema patriarco-burgués, a la presencia masiva del falocentrismo en el marketing que todo lo inunda, etc., de modo que el neofascismo tiene que mejorar la iconografía de sus líderes teniendo en cuenta tales cambios. Sin embargo, aunque la adoración fálica al uniforme militar se ha tenido que mitigar, no por ello ha desaparecido del todo, reapareciendo cuando es necesario como, por ejemplo, los actos del presidente norteamericano vestido de uniforme de campaña y rodeado de soldados.



Aunque muchas diferencias son formales, otras reflejan los cambios novedosos sucedidos en el capitalismo, concernientes unos a la esfera de la producción y de la estructura clasista, como la asalarización social, por ejemplo; otros a la esfera de la circulación y realización del beneficio, como el consumismo, y otros como la financierización, que impacta tanto sobre la producción como sobre el consumo. Pero el cambio fundamental que se ha producido es que actualmente existe una especie de división del trabajo represivo de las burguesías y sus Estados: el neofascismo se aplica en el interior, y en el exterior se aplica el peor fascismo de siempre. Naturalmente, existen interferencias e identidades, campos y momentos en los que ambos son lo mismo y en otros no, etc. Lo que nos interesa decir es que las burguesías quieren mantener una cierta imagen de “democracia”, que en el interior de sus Estados controlan el neofascismo según los momentos y necesidades -por ejemplo, la manipulación neofascista descarada de las informaciones sobre la resistencia musulmana entre el 11 y el 13 de marzo en el Estado español por parte del PP-, y en el exterior aplican el fascismo sin ningún disfraz.



5. Contra el neofascismo
Tenemos que partir de estas consideraciones para elaborar unos mínimos de intervención contra el neofascismo en el interior de los Estados burgueses y contra su fascismo exterior. Antes de seguir, es conveniente insistir en esta dialéctica de lo interno y externo porque el capitalismo siempre ha sido uno, siempre ha sido mundial. Más aún, esta dialéctica está más vigente que nunca antes porque la mundialización de la ley del valor-trabajo hace que cualquier derrota o contratiempo del capitalismo en un área repercuta inmediatamente, en tiempo real, en el resto del planeta, azuzando las resistencias y las luchas. El fascismo tenía más tiempo de iniciativa y adaptación porque el tiempo político era más lento, pero ahora, con una mundialización capitalista en tiempo real, esa ventaja ha desaparecido. Las burguesías son conscientes de ello y por eso controlan más de cerca a sus respectivos neofascismos, sabedoras de que un aventurerismo cualquiera repercute en el acto en las finanzas mundiales, en los precios energéticos, en el comercio y en la industria. Las críticas que sufren Bush y Berlusconi por sectores burgueses son un ejemplo.



Una forma de lucha es, por tanto, la de la potenciación de la solidaridad internacionalista contra la política fascista exterior de las burguesías, allí donde se produzca. Esta fue ya una lección de hace setenta años, cuando las izquierdas europeas apenas se movilizaron contra el triunfo del fascismo italiano a comienzos de los ’20, como tampoco se movilizaron contra los grupos contrarrevolucionarios alemanes y de otros países a finales de la guerra de 1914-18. El fascismo europeo tuvo las manos libres para sus atrocidades excepto en el corto período en el que la URSS permitió la solidaridad de la Brigadas Internacionales contra el fascismo español, desmontándolas más tarde, en plena guerra. No podemos permitir que el imperialismo siga impune allí donde quiera. Las izquierdas europeas, por ejemplo, estuvieron pasivas cuando la “guerra humanitaria” en la ex Yugoslavia; y el reformismo europeo la apoyó, y apoyó también las invasiones de Irak y Afganistán, aunque los cambios sociales posteriores le han obligado a ser menos colaboracionista con los EE.UU.



Otra forma de lucha se deriva de esta, ya que la oposición a las agresiones en el exterior deben volverse en luchas contra el neofascismo interior. Ninguna guerra de agresión deja de repercutir en el interior. Cuando las izquierdas no se oponen a la guerra, es la clase dominante la que sale ganando mientras no se produzca una derrota aplastante o mientras los costos del esfuerzo bélico no dañen mucho la situación de las masas trabajadoras. Si las izquierdas se oponen a la guerra, deben desarrollar una argumentación que en poco tiempo les enfrenta radicalmente a la burguesía porque ésta se ha lanzado a la guerra con la excusa de la “grandeza nacional”, criticando el derrotismo y antipatriotismo de las izquierdas. Si la izquierda insiste en acabar la guerra imperialista e injusta más temprano que tarde chocarán dos conceptos opuestos de nación, y si insiste en aumentar la lucha contra su burguesía, siguiendo las tesis de Lenin en 1914, entonces se acerca la guerra civil.



El choque de dos conceptos opuestos de nación no surge de la nada, sino que tiene sus raíces en la historia, porque en todo Estado capitalista coexisten dos naciones enfrentadas, la de la burguesía explotadora y la de la clase trabajadora explotada. Este clásico axioma marxista ha sido negado por el reformismo y por buena parte de las izquierdas, sobre todo si pertenecen a un Estado que oprime nacionalmente a otros pueblos. Hemos visto que una característica del neofascismo es adaptar el nacionalismo fascista. En los Estados que no oprimen a naciones, el neofascismo defiende el nacionalismo reaccionario pero sin mayor insistencia, excepto si la izquierda presenta un modelo nacional propio diferente al de la clase dominante. Desde estos momentos, el neofascismo muestra su fanatismo nacionalista reaccionario atacando a las izquierdas. Por tanto, corrigiendo los errores del pasado, las izquierdas de los Estados que no oprimen a otras naciones han de desarrollar un modelo de nación democrática y socialista para adelantarse a la manipulación irracional del nacionalismo reaccionario que hace siempre el neofascismo pero que incrementa cuando se agudiza la lucha de clases.



Esta lección histórica confirmada desde hace mucho tiempo, es todavía más actual para la izquierda de un Estado que oprime nacionalmente a otros pueblos. En estos Estados, el neofascismo asume fervientemente la extensión del nacionalismo opresor dentro de las naciones oprimidas, pero también dentro de las clases trabajadoras de la opresora. Los marxistas debiéramos saber esto de memoria, pero no es así por razones que no podemos exponer ahora. Sin embargo, el neofascismo ha tenido frecuentemente un aliado en las izquierdas estatales que defienden lo esencial del nacionalismo de su burguesía, a lo sumo llegan a plantear falsas soluciones descentralizadoras y autonomistas. Un ejemplo patético es el de las izquierdas españolas y francesas frente a las naciones oprimidas por sus Estados.



Ahora bien, aunque lo anterior es muy importante y decisivo en determinados contextos, también es verdad que el neofascismo tiene características esenciales que transcienden las fronteras y que se refieren a su capacidad de manipular la estructura psíquica de masas aun no existiendo problemática nacional, o presentándose ésta bajo su forma suavizada de racismo. En el capitalismo actual, los límites que separan a la derecha reaccionaria del neofascismo son muy maleables en una y otra decisión, lo que se comprueba viendo las oscilaciones electorales entre estos bloques, y otro tanto entre los ex comunistas y los neofascistas, pero por razones opuestas. Una razón que explica este fenómeno es, además de las anteriores, la existencia de una personalidad insegura y con fuertes componentes de obediencia a un líder, algo esencial al fascismo pero que ahora se presenta con formas nuevas. Otra es la existencia de una personalidad autoritaria que en el capitalismo actual tiene formas diferentes al autoritarismo de comienzos del siglo XX, siendo idéntico en el fondo.



En el capitalismo actual, la necesidad de un líder crece tanto por la incertidumbre vital inherente al capitalismo como, sobre todo, por los efectos de la financierización de la economía, con las inseguridades que eso impone, y con los ataques a los derechos sociales y laborales. Otro factor es la frustración diaria entre el quiero y el no puedo, es decir, querer consumir todo lo que se ve en la TV y ser como la imagen impuesta por el márketing arrasador -el terrorismo simbólico de culto al cuerpo, a la riqueza, al triunfar en la vida, etc.-, querer ser así y no poder serlo nunca, aun a costa de aumentar las horas de trabajo asalariado. Esta frustración diaria refuerza la inseguridad personal que introduce la educación burguesa desde la infancia, y es reforzada por la extremada especialización tecnológica que castra a la gente e impide su desarrollo pluridimensional y polivalente. Y la inseguridad tienden tarde o temprano hacia la búsqueda de un líder.



En el capitalismo actual, el autoritarismo personal surge de la extrema aspereza del competitivismo burgués necesario para superar el aumento de dificultades para triunfar en la vida. La financierización multiplica estas dificultades y añade una dosis letal de incertidumbre. Y como estas novedades han impregnado la totalidad social, nadie escapa a ellas. Esto explica que, por un lado, aumenten las tensiones y violencias cotidianas en todo el capitalismo, especialmente el terrorismo machista contra las mujeres y el terrorismo racista, respuestas violentas de personas autoritarias incapaces de tolerar las libertades de otras personas; y, por otra parte, este mismo aumento refuerza la sensación de que sólo vencen los fuertes y superiores en un mundo de salvajes, tópicos reaccionarios inscritos en la ideología contrarrevolucionaria, fascista y neofascista. Se refuerza así una continuidad entre estas ideologías que permite que sectores sumisos e inseguros, necesitados de un líder, busquen en los sectores autoritarios la dirección y la seguridad que necesitan inconscientemente. De esta manera, se recompone en el capitalismo actual la cadena sadomasoquista de mando y obediencia típica del fascismo, como hemos visto, pero adecuada a las necesidades burguesas de hoy.



Las izquierdas deben luchar contra las nuevas formas de la estructura psíquica de masas alienadas reactivando los clásicos métodos de la cultura creativa, crítica y desmitificadora ya practicados por izquierdas revolucionarias en fases anteriores del capitalismo. Nada de esto se consigue sin ayudar a la fortaleza de los movimientos populares y sociales, de los sindicatos sociopolíticos, de los colectivos de emancipación vital revolucionaria, etc. Es decir, la izquierda se enfrenta al dilema de potenciar la cultura revolucionaria y el placer de la subversión, que giran alrededor del valor de uso, en vez de seguir siendo peones pasivos de la culturilla alienadora creada por la industria político-mediática burguesa o por los intelectuales reformistas, que giran siempre alrededor del valor de cambio. Sin esta recuperación militante del valor de uso como criterio regulador de la praxis revolucionaria cotidiana, sin ella, el neofascismo seguirá encontrando un caldo de cultivo en la estructura psíquica alienada de las masas bajo el capitalismo, y seguirá apoyando la ferocidad fascista exterior de sus Estados. Pero, para concluir, el valor de uso siempre nos remite al problema decisivo del poder revolucionario.

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