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2009/08/21

Las raíces ideológicas de la homofobia eclesial [I]

"Por homofobia entiendo un fenómeno social y cultural que consiste en un conjunto persistente de actitudes y sentimientos irracionales de rechazo, miedo psicológico y social, hostilidad, vergüenza, intolerancia, odio y desprecio, entre otras percepciones negativas, de las personas homosexuales por el mero hecho de serlo. La homofobia, al igual que el racismo, el machismo o el clasismo social, se expresa a través de discursos, prácticas y relaciones sociales de opresión y dominación de unos grupos sobre otros."

Antoni Jesús Aguiló
Rebelión y Tlaxcala

Planteamiento del problema
La Iglesia católica es una de las instituciones sociales internacionales que en más ocasiones se ha manifestado públicamente sobre la homosexualidad. La mayoría de las veces, por no decir todas, los juicios doctrinales emitidos por la jerarquía en este campo adoptan una actitud condenatoria hacia comportamientos sexuales no relacionados con la reproducción, como la masturbación, la contracepción, las actividades pornográficas o las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo. Las enseñanzas de la Iglesia oficial descalifican y condenan tales prácticas, vinculándolas al pecado, la culpa o la enfermedad. Consideraciones análogas reciben prácticas denostadas como el divorcio civil, el aborto voluntario o las parejas de hecho. Particular relevancia adquirió en los últimos años el caso de la sociedad española. La Conferencia Episcopal Española (cee) en bloque, respaldada por organizaciones católicas y partidos políticos conservadores, dejó oír su voz antes y después de que el Congreso de los Diputados aprobara mayoritariamente en junio de 2005 la ley que reconoce el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, haciendo del matrimonio homosexual y los «ataques» a la familia nuclear uno de los principales caballos de batalla del debate social, político, jurídico, educativo y religioso de la legislatura. Lejos de contribuir a la apertura de un debate sereno, los obispos españoles adoptaron un tono agresivo y un lenguaje aguerrido. El portavoz de la cee, Juan Antonio Martínez Camino, llegó a calificar a los matrimonios homosexuales como un «virus para la sociedad» y «moneda falsa» (Bedoya, 2004).

Más recientemente, en diciembre de 2008, el Estado del Vaticano se opuso a la propuesta de despenalización mundial de la homosexualidad [2] presentada por Francia en sede de la Organización Naciones Unidas (onu) alegando que esta iniciativa, al incorporar nuevas categorías de personas protegidas en los organismos internacionales de vigilancia de los derechos humanos, crearía nuevas discriminaciones.
Desde sus orígenes milenarios y hasta nuestros días, la Iglesia católica, utilizando una fuente de legitimación teológica, ha venido consolidando un cuerpo de creencias, valores y prácticas —lo que se conoce modernamente como Doctrina Social de la Iglesia— que regula la esfera del pensamiento y condiciona la acción de quienes profesan la fe católica. Estos patrones de comportamiento inculcados a los creyentes no se limitan a un conjunto de orientaciones de tipo espiritual, sino que se extienden también a los diferentes ámbitos en los que se construye la identidad personal y se desenvuelven las relaciones humanas: desde la familia, el mundo del trabajo, la política y la educación hasta aspectos concernientes a las esferas de la salud y la sexualidad.
Teniendo en cuenta estas premisas introductorias, el objetivo principal de este artículo es el de analizar críticamente los planteamientos y la toma de posición oficial de la Iglesia católica oficial respecto al tema de la sexualidad en general y ante la homosexualidad en particular. Para ello se establece como punto de partida la hipótesis según la cual la causa de fondo que hay en la actitud represiva de la Iglesia hacia la sexualidad, y en concreto su aversión hacia las relaciones sexuales homosexuales, es fundamentalmente ideológica. Así, sostengo que tras las argumentaciones doctrinales de la Iglesia en materia de sexualidad y homosexualidad puede detectarse un sistema de pensamiento que proyecta líneas abismales y discriminatorias fundadas en una epistemología estigmatizadora del cuerpo y una moral sexual restrictiva repleta de presupuestos sexistas, androcéntricos y homófobos. La moral sexual del catolicismo oficial no sólo atenta contra el valor de la diversidad sexual y coarta la autonomía de las personas homosexuales, sino que además viola el régimen internacional de los derechos humanos, que progresivamente ha venido reconociendo los derechos sexuales y reproductivos de mujeres y hombres como derechos humanos.
Por homofobia entiendo un fenómeno social y cultural que consiste en un conjunto persistente de actitudes y sentimientos irracionales de rechazo, miedo psicológico y social, hostilidad, vergüenza, intolerancia, odio y desprecio, entre otras percepciones negativas, de las personas homosexuales por el mero hecho de serlo. La homofobia, al igual que el racismo, el machismo o el clasismo social, se expresa a través de discursos, prácticas y relaciones sociales de opresión y dominación de unos grupos sobre otros. Estas relaciones, que pueden ir desde la violencia física hasta la violencia simbólica —humillación verbal, discriminación legal o ausencia de reconocimiento social, entre otras formas—, limitan la capacidad de las personas afectadas para desarrollar y expresar en contextos públicos determinados sentimientos, experiencias y pensamientos, habilidad necesaria para un autodesarrollo psicosocial satisfactorio. Su objetivo último, por tanto, es el de anular socialmente y destrozar psicológica —e incluso físicamente— a quienes las sufren.
La homofobia eclesial, de acuerdo con la definición anterior, es una manifestación específica e institucionalizada de homofobia practicada principalmente en ámbitos religiosos y teológicos cristianos. En este artículo me limitaré al tratamiento de la homofobia católica institucional. Está especialmente promovida, aunque no exclusivamente, por la jerarquía eclesiástica —cardenales, obispos, sacerdotes y diáconos— y sus medios de comunicación. Consiste en una actitud que construye la heterosexualidad reproductiva como voluntad divina, sospecha y reprueba todo lo que cuestiona el orden patriarcal y heterosexista hegemónico e infunde miedo y preocupación entre la población, incitándola, por tanto, al odio, el rechazo y la discriminación de lesbianas, gays, transexuales y bisexuales (lgtb). La homofobia eclesial actúa como un guante de seda que enmascara un puño de hierro: utilizando la retórica la misericordia y el amor al prójimo, la jerarquía católica aparentemente acepta y acoge a las personas homosexuales, sin embargo, sus actuaciones, sus comportamientos y discursos cotidianos muestran la insensibilidad y el desprecio que siente por ellas.
Pensamiento abismal, razón indolente y diferenciación desigual
Las causas que explican la homofobia de la Iglesia católica oficial son múltiples y diversas. Junto a las razones de tipo ideológico, tratadas a continuación, pueden aducirse otras razones complementarias. La primera es una lectura fundamentalista de determinados pasajes bíblicos relativos a la sexualidad y la homosexualidad [3]. El fundamentalismo es una actitud que se refiere no tanto a la profesión de unas determinadas ideas como a la forma en que éstas se viven, caracterizada, normalmente, por su asunción literal, sin poner en práctica una reflexión crítico–hermenéutica que tenga en cuenta su inserción en un determinado contexto sociocultural, hecho que obliga a reinterpretar y actualizar las doctrinas, que de lo contrario se anquilosan, convirtiéndose en dogmas absolutos y universales. Como advierte el teólogo Juan José Tamayo (2004: 17), los diferentes fundamentalismos comparten, en términos generales, unas señas de identidad claras: otorgan valor absoluto a lo que es relativo, generalizan lo particular, universalizan lo local, simplifican y reducen lo complejo y convierten en dogma indiscutible y eterno lo que tiene un carácter opinable, contingente y temporal.
La no acomodación de la Iglesia católica al moderno Estado laico u aconfesional, secularizado, en todo caso, y con una pluralidad de valores y concepciones del mundo, constituye el segundo de los motivos que explican su rechazo al amor homosexual. La tendencia a considerar los valores propios como definitivos y universalmente válidos, más allá de los cuales se aduce que todo es relativo y no hay verdad posible, revela una fuerte resistencia de la jerarquía eclesiástica a reconocer y aceptar la existencia de una ética laica, no fundada ni revelada teológicamente, válida para el conjunto de la ciudadanía. Este hecho supone el desarrollo de una monocultura de valores que pone en peligro el principio democrático de la pluralidad ideológica y religiosa. Conforme a esta rigidez axiológica, todos aquellas iniciativas sociales, legislativas, científicas y culturales que puedan colisionar con los planteamientos de la jerarquía resultan sospechosas de socavar los cimientos de la sociedad o de querer invertir el invocado «orden natural» de las cosas. Así ocurre cuando se abordan cuestiones como la interrupción voluntaria del embarazo, la eutanasia, la educación religiosa y moral, la experimentación con células madre con fines terapéuticos, la aceleración de los trámites del divorcio o el reconocimiento del derecho de adopción por parte de matrimonios homosexuales.
A pesar de esta variedad de razones, en este trabajo me ocuparé exclusivamente de analizar las bases ideológicas de la homofobia eclesiástica desde los parámetros de interpretación de lo que el sociólogo portugués Boaventura de Sousa Santos (2007; 2008: 106) llama pensamiento abismal, que en el epígrafe siguiente aplicaré al ámbito de la epistemología del cuerpo y a la construcción social de la homosexualidad como pecado, desvío o anormalidad. Se trata de mostrar cómo el pensamiento homófobo eclesial se sostiene sobre dos creencias todavía muy arraigadas en la cultura occidental y en las enseñanzas transmitidas por la Iglesia católica. Estas creencias legitiman divisiones abismales entre la diversidad antropológica de sexualidades y son causa directa del comportamiento represor y despreciativo de la Iglesia hacia las relaciones afectivas y sexuales entre personas del mismo sexo. La primera de ellas es la creencia que sostiene la inferioridad de un elemento material y corruptible, el cuerpo, con respecto a una substancia considerada superior, sutil e inmaterial, el alma. La segunda es la convicción según la cual la sexualidad y todo lo relativo a ella guarda relación con el mal, el pecado, la tentación o la perdición humana, reduciendo, en el mejor de los casos, el ejercicio de la sexualidad humana al acto sexual reproductivo practicado en el seno del matrimonio.
Para Santos, el pensamiento hegemónico en la modernidad occidental es un pensamiento fracturante formado por líneas abismales. Las líneas abismales se caracterizan básicamente por dividir metafóricamente la realidad en dos regiones distintas y contrapuestas: la región de «este lado de la línea» y la región de «el otro lado de la línea». Entre ambos territorios se extiende una línea fronteriza que establece una separación total entre los dos abismos. Como señala Santos (2007: 4), la característica fundamental del pensamiento abismal es la imposibilidad de la copresencia de ambos lados de la línea. La consecuencia de esta división es tan fuerte que lo que queda en este lado de la línea prevalece como lo relevante, lo visible, lo existente, mientras que lo que se encuentra en el otro lado resulta expulsado de la realidad, su presencia es rechazada y es declarado, en consecuencia, como algo diferente, inferior, extraño y socialmente inexistente. De esta manera, la zona que se halla en el otro lado de la línea abismal constituye una terra ignota, un espacio salvaje donde habita lo inhumano y radicalmente excluido, un territorio que es preciso conquistar y civilizar mediante la lógica de la apropiación, que funciona a través de mecanismos de incorporación, asimilación e inclusión subordinada, y la lógica de la violencia, que se refiere a situaciones de eliminación y destrucción física y/o cultural del otro.
Tanto la ciencia como el derecho moderno son, según Santos, dos poderosos instrumentos de la modernidad occidental productores de líneas abismales que instituyen distinciones radicales. La ciencia moderna, al proclamarse poseedora del criterio universal de demarcación entre conocimiento verdadero y conocimiento falso, traza una línea epistemológica abismal que clasifica los conocimientos y prácticas situadas en los territorios del otro lado de la línea como meros saberes folclóricos, opiniones infundadas y creencias obscurantistas alejadas de la racionalidad científica occidental. El derecho moderno, por su parte, lejos de reconocer en pie de igualdad los diferentes órdenes legislativos vigentes que hay en el otro lado de la línea, declara esta región reino de la alegalidad, estado de naturaleza en el que impera el desorden.
Para Santos, el pensamiento abismal, que a día de hoy permanece incrustado en determinados tipos de estructuras mentales, reproduce los esquemas del antiguo proyecto de dominación colonial basado en el establecimiento de relaciones sociales desiguales entre los habitantes de la metrópoli y los de la colonia. La colonia, para Santos (2007), representa fundamentalmente un espacio de exclusión radical, un territorio de nadie o no territorio jurídico y político, una periferia poblada por seres indeseables situados fuera del marco civilizatorio. Las relaciones sociales coloniales están basadas en la instrumentalización del otro, es decir, en su transformación en un objeto de uso y abuso. Como afirma el sociólogo, «colonialismo son todos los trueques, los intercambios, las relaciones, donde una parte más débil es expropiada de su humanidad» (Santos, 2006: 50). O en otros términos: «El colonialismo es la concepción que ve al otro como objeto, no como sujeto» (Santos, 2005: 106).
La teoría del pensamiento abismal de Boaventura de Sousa Santos es un complemento teórico reciente de algunas de las posturas asumidas en la Crítica de la razón indolente (2003). En esta obra, Santos sostiene que la racionalidad dominante desde el advenimiento de la modernidad occidental es una razón indolente, arrogante, metonímica y olvidadiza. Indolente porque es perezosa y adopta la misma vara de medir para todas las culturas, reconociendo únicamente sus propios valores, que considera válidos universalmente; arrogante porque al sentirse total e incondicionalmente libre se vuelve una razón apática consigo misma, no planteándose la necesidad de ejercitarse y contrastarse con otras racionalidades, por lo que demuestra un carácter autoritario; es metonímica porque tomando selectivamente la parte por el todo se reivindica como la única forma de racionalidad legítima y completa, no valora más experiencias que las occidentales, transforma sus intereses en hegemónicos y su comprensión del mundo se reduce a la comprensión occidental del mundo; es, por último, olvidadiza porque produce innumerables silencios, exclusiones y ausencias que borran de la memoria el sufrimiento de las víctimas y los vencidos de la historia, provocando el desperdicio masivo de experiencia humana y el empobrecimiento de la realidad, destruyendo la diversidad de formas de vivir, conocer, producir, amar, pensar y actuar.
Una de las formas de relación social asimétrica privilegiada la razón indolente y el pensamiento abismal es la diferenciación desigual (Santos, 1998: 414) de las personas en virtud de su género u orientación sexual, entre otras categorías de clasificación social. La diferenciación desigual consiste en una relación de poder a través de la cual se construye la alteridad mediante la atribución de características que conforman la identidad y la diferencia. En esta relación una de las partes es considerada superior, mientras que la otra es juzgada inferior por naturaleza. Así, las diferencias —epistémicas, sociales, étnicas, de clase, orientación sexual o de cualquier otra índole— existentes entre ambas partes, más que como una oportunidad para el (re)conocimiento recíproco, son observadas, por el contrario, como signo de inferioridad. Los sujetos dominantes establecen, de este modo, diferencias inferiorizantes según las cuales ser diferente significa ser inferior. Esta red de diferencias desiguales es aprovechada por determinados agentes socializadores para naturalizar relaciones jerárquicas y legitimar la dominación de mujeres, homosexuales, inmigrantes, indígenas, ancianos y otros colectivos vulnerables, pues la diferenciación desigual suele implicar lo que en términos sociológicos se conoce como proceso de socialización diferencial. A través de él, a determinados grupos se les asignan identidades diferenciadas, normas, espacios sociales, laborales y económicos, actitudes y conductas que afectan a muchos y diferentes aspectos de su vida cotidiana definiendo, por ejemplo, su posición en la sociedad, en la familia, en las relaciones sociales de producción, de pareja, de propiedad, entre otras dimensiones. Detrás de estas relaciones de poder, el sociólogo detecta la producción y reproducción de un sistema de clasificación social jerárquica que es productor activo de inferioridad y organizador de relaciones sociales desiguales. Es la llamada monocultura de la naturalización de las diferencias (Santos, 2005: 161), aquella que distribuye a la población por medio de categorías de agrupación social que naturalizan jerarquías y abren diferencias abismales entre grupos humanos.

La homofobia eclesial y sus líneas abismales
Algunas de las líneas abismales más activas de nuestro tiempo atraviesan las prácticas y discursos relativos a la sexualidad humana, en el que están implicados aspectos tan importantes del ser humano como la vida afectiva, comunicativa y sexual, la búsqueda del placer, los lazos de unión con el prójimo y el significado y uso del propio cuerpo. Estas líneas de fractura establecen una clasificación jerárquica entre, por un lado, sexualidades hegemónicas, las más visibles, normalizadas y estadísticamente mayoritarias dentro del canon sexual patriarcal y heterosexista imperante: sexualidades heterosexuales, reproductivas, monógamas y matrimoniales; y por el otro, aquello que el filósofo francés Michel Foucault (2002: 51) llama «sexualidades periféricas»: sexualidades oprimidas, consideradas desviadas, anormales y carentes de fines reproductivos. Hoy en día, en la gran mayoría de países del mundo, las sexualidades periféricas se encuentran en un humillante estado de indignidad: su identidad es negada y perseguida, su libertad reprimida, sus derechos olvidados, una situación auspiciada por las leyes, la religión y la tradición, entre otros factores legitimadores de la discriminación.
El caso de la moral sexual desarrollada por el catolicismo institucional es ejemplar para observar cómo la diferenciación desigual y la socialización diferencial son aplicadas al ámbito de las diferencias de género y orientación sexual. El resultado es un tipo de relación de poder que puede llamarse diferenciación sexual desigual, que en el caso de la moral sexual del catolicismo oficial asume como natural y divina la jerarquía basada en la superioridad natural de la heterosexualidad masculina y la subordinación de mujeres y personas lgtb. Así, la diferenciación sexual desigual consiste en señalar a todos lo que están fuera del orden sexual aprobado, a todos los sexualmente «diferentes» de la heterosexualidad normativa, como sujetos anormales o inferiores de cara a su exclusión o condena. En el caso de personas homosexuales, la socialización diferencial asocia la heterosexualidad con la masculinidad, con lo normal, mientras que la homosexualidad es vinculada muchas veces con lo femenino, lo prohibido, la culpa, la enfermedad, el delito, el pecado, por eso el destino de gays y lesbianas ha sido históricamente amargo: enviados a la prisión como delincuentes, internados en el psiquiátrico como enfermos o condenados al infierno como pecadores. En el código de valores que establece la moral católica oficial, gays, lesbianas, bisexuales y transexuales, en virtud de la diferenciación desigual operativa, se consideran personas anormales, desviados sexuales, mientras a que la mujer heterosexual se le reserva una posición de subordinación respecto al varón heterosexual.

Las líneas de pensamiento abismal subyacentes a la homofobia y la misoginia eclesial están fundadas sobre las dos creencias [4] anteriormente enunciadas. A continuación, examinaré por separado cada de una de ellas tratando de apuntar algunas pautas para la construcción de un pensamiento postabismal capaz de transformar en clave emancipadora la situación abismal de desigualdad que padecen mujeres y personas lgtb dentro y fuera de la Iglesia católica.

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