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2009/11/02

Lucha de clases y conciencia

"En la segunda mitad del siglo XX la burguesía imperialista se recicla y, fruto de la unidad estratégica del fascismo añejo con el capitalismo más feroz, los fascistas de nuevo cuño dejan de ser antisemitas y se convierten en prosionistas."


Juan Antonio DELGADO SANTANA, Sociólogo (GARA)
Según expuso el marxismo científico hace ya siglo y medio, la lucha de clases impregna y determina la existencia colectiva de la Humanidad. El método dialéctico sostiene que el capitalismo industrial (afirmación o tesis) engendra al proletariado (negación o antítesis) y ambas contradicciones son superadas en la sociedad sin clases (síntesis). En este proceso, la persona se define en relación directa con su dimensión productiva y económica; así pues, el origen de toda la enajenación humana hay que buscarlo en el Estado capitalista, la propiedad privada y el capital empresarial.

Marx y Engels dejaron escrito que no es la conciencia de los seres humanos lo que determina su ser (como vociferan los terapeutas burgueses de moda y cantan los metafísicos new-age), sino al contrario: el ser social determina la conciencia. Los seres humanos tenemos la capacidad de ligar conciencia y acciones, y así obtener conclusiones que nos ayuden a evolucionar como personas. Según nuestros venerables sabios barbudos el capitalismo es un mundo invertido: los que deberían gobernar quedan relegados a lo más bajo y los que merecen estar abajo ascienden a la cúspide de la sociedad.
En el capitalismo, la falsa conciencia implica la percepción sesgada del modo en que funciona el sistema y del rol propio a asumir en la confrontación entre propietarios y proletarios. La conciencia de clase nace cuando el proletariado puede desarrollar una comprensión cabal acerca del funcionamiento del capitalismo y cómo afecta éste a la gente. Pero para desempeñar el papel histórico de emancipación, la clase obrera deberá convertirse no sólo en una clase «en sí» sino en una clase «para sí»: debe adquirir una verdadera conciencia activa y consecuente. Estos conceptos, como todos comprendemos, son dinámicos y multidimensionales, y cobran sentido solamente a la luz del cambio social.
Pero he aquí que, según canta una famosa zarzuela hispánica, «hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad». En la segunda mitad del siglo XX la burguesía imperialista se recicla y, fruto de la unidad estratégica del fascismo añejo con el capitalismo más feroz, los fascistas de nuevo cuño dejan de ser antisemitas y se convierten en prosionistas. Tras la resaca por la caída de la Unión Soviética surge, en estos comienzos del siglo XXI, el golpe del 11-S de Nueva York, decretado por el ex emperador George Bush II, que supone otra vuelta de tuerca: la persecución del enemigo, denominado ahora «terrorista», exige una guerra total, en la cual seguimos inmersos con su sucesor Obama (estreno presidencial con el último ataque masivo contra Palestina, continuidad de la invasión y genocidio contra Afganistán e Irak, bases militares en Colombia, amenazas bélicas a Irán...). La burguesía imperialista, nutrida de «respetables» y adinerados prohombres, promueve violencia a granel sin rival (guerras de rapiña, genocidios, torturas, desapariciones, terrorismo empresarial...), lo cual raramente constituye delito alguno, según la judicatura imperante. El pueblo en general, compuesto por mujeres y hombres que viven y sueñan, perseguidos y quebrantados por doquier, se afana en la búsqueda del porvenir de cada día.
La cruzada de la España post-franquista se suma al carro de la represión totalitaria y aprovecha para arremeter contra la vanguardia del socialismo independentista de Euskal Herria, contra su proyecto de paz justa, derecho de autodeterminación y solidaridad militante. La búsqueda de la emancipación nacional y las libertades sociales sin ingerencias foráneas, en el colmo del mundo al revés, resulta delictivo. Hacer política, andar tras objetivos de paz y justicia es delito penado con cárcel y confiscación de bienes, cuando no tortura y muerte.
¿Cómo podemos considerar, en los términos actuales, la dimensión de la fenomenología de la conciencia? Frente a las tétricas y fortificadas atalayas de la burguesía imperialista aparecen las trincheras del pueblo trabajador y desempleado, con todas sus inercias, sus contradicciones internas y sus luchas. Enlazando con la dicotomía dialéctica, en un plano más subjetivo y vital, las personas se posicionan según criterios humanísticos o intereses materiales.
Cuando era niño me extrañaba que habiendo una diferencia en el tratamiento pronominal hacia otra persona («» o «usted», según los casos) no la hubiera con el trato hacia uno mismo («yo»). Si existen diferencias sociales entre pobres y ricos, prisioneros y carceleros, obreros y explotadores, colonizados e imperialistas... ¿cómo es posible la misma forma pronominal intrínseca para un honrado trabajador que para un dictador-jefe de estado o un policía-torturador? Podemos llamarnos «yo» cada uno de nosotros mismos, viandantes con conciencia, ciudadanos amantes de la paz y la justicia, pero ¿no deberían los grises y nefastos personajes llamarse a sí mismos «excelencia», «usía» o «usted»?
¿Cómo es posible la misma autodenominación para gente de espíritu libre, sincera, esforzada, comprometida con la emancipación y también para pervertidos monstruos con apariencia humana, ejecutores de la verdad, que han renunciado a la dignidad personal y han aceptado el acomodamiento nauseabundo con la injusticia cotidiana? ¿Cómo puede un genocida, un torturador, un fascista, un ministro neoliberal o un concejal corrupto, alguien sin palabra ni honor llamarse «yo» a sí mismo?
Tal vez deberían hacerlo en tercera persona, como el egocéntrico y extravagante Dalí, insigne burgués de la paleta y el pincel, aspirante a aristócrata alegórico, que pasó de la «actividad crítico-paranoica» a la apología de la «monarquía metafísica» y del surrealismo al «hiperrealismo metafísico», aquel retratista de duques, condes y embajadores franquistas que se declaraba «apolítico» frente al compromiso social de muchos de los artistas de su generación, exiliados unos, asesinados otros.
En el sistema neoliberal parafascista predominante, la dictadura del capital se impone con sonrisas y concursos televisivos ante la masa no consciente, y con porras y cárcel ante el pueblo organizado y consciente. Las leyes neoliberales se elaboran «contra» la población, los otros, la masa explotada; pero los potentados, los políticos convencionales, las fuerzas represivas, los jueces corruptos y los ejércitos imperiales no han de obedecer sus propias leyes. La hipocresía es un arma que se usa contra el prójimo, con el artificio demagógico del legalismo social; usarla contra «ellos» mismos estaría mal visto por las autoridades civiles, militares y eclesiásticas.

Vivimos en la larga noche del oscurantismo neoliberal. Los propios voceros del Fondo Monetario Internacional (FMI) hablan de un panorama con incremento alarmante del desempleo o situaciones de extrema precariedad a corto plazo, que puede desembocar en revueltas sociales. Por otro lado, la naturaleza también puede rebelarse contra un sistema capitalista depredador, altamente contaminante y desconcienciado ecológicamente. El cambio climático es una realidad alarmante frente a nuestros ojos.
Los seres humanos que reivindicamos conciencia «en sí» y «para sí» resultamos reacios a las tramoyas del reino de las tinieblas, a las parsimonias cotidianas que resultan dramas trascendentales contra natura. Nos resistimos a convalidar el terror, la náusea, el hambre universal, la crueldad infinita.
Están, en fin, aquellos que usan la tercera persona o se llaman «usted» a sí mismos y aquellos que nos llamamos «yo» a nosotros mismos. Los primeros propugnan el reino del oscurantismo, la democracia virtual, el pensamiento único, la conciencia alienada, el apartheid político, la corrupción institucional... Los segundos luchamos por la república de la creatividad permanente, la democracia participativa, la riqueza argumental, la conciencia emancipada, la razón liberadora, la transparencia social... Siendo «usted mismo», usted tiene dos caminos: el de las prebendas (ganar emolumentos legales o ilegales a cambio de servilismo e hipocresía) o el de la alienación (aplaudir a quienes llevan a cabo corrupciones y crímenes contra la Humanidad, pan y circo).

Siendo «tú mismo» sólo tienes un camino: ganar tu propia dignidad.

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