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2011/05/15

Desobediencia - Jakue Pascual sociólogo

La ilegalización de Bildu por el Supremo reflejaba con nitidez el mensaje del Estado. España antes autoritaria que rota. Los poderes del Estado habían lanzado un órdago en toda regla y la intuición del movimiento soberanista de izquierdas percibió que la respuesta consiguiente sería desobediente.


El Estado había cortado todos los puentes con la resolución negociada del conflicto justo en el momento en el que el movimiento soberanista adoptaba una estrategia de autodefensa pacífica. Fue en ese instante, precisamente, cuando afloraron las auténticas contradicciones, las que se asientan en el sentido colonial del Imperio. Aquellas que tan hábilmente habían sido separadas del problema mediante la interposición de la mediación armada. Pero la determinación del movimiento soberanista por proseguir con el proceso unilateral de pacificación y de restitución democrática de los derechos consiguió, en un año, dar la vuelta a la iniciativa represiva del Estado calando en la ciudadanía vasca. Entrábamos en una nueva fase.


En las semanas previas al anterior alto el fuego, afirmábamos en esta misma columna que el problema para el Estado no era ETA sino el espacio sociológico de la izquierda abertzale. Y que, parte de la propaganda nacionalista española, se basaba en el infundado aserto según el cual los soberanistas de izquierdas compartían la táctica armada. Pero lo que ha sucedido en este lapso de tiempo es que el panorama político de Euskal Herria ha cambiado radicalmente y hemos pasado de un escenario de a cuatro (derecha e izquierda, nacionalistas vascos y españoles), a uno de a tres (estatalistas, autonomistas en grado variable e independentistas progresistas y de izquierdas) y avanzamos hacia el de a dos. Porque el tapón del autonomismo nacionalista de derechas del PNV se halla seriamente desprestigiado tras treinta años de gobiernos inconsecuentes e interesados, con un referéndum Ibarretxe cobardemente incumplido y una deriva neoliberal en apoyo a una política económica de Estado salvaje, subsidiaria de consorcios financieros y empresariales especuladores y militaristas.


Y es desde esta percepción de comunidad reprimida, privada hasta de su propia representación legal, desde donde surgió una vez más el rebrote antiatoritario de los vascos. La explosión espontánea de desobediencia que estalló por doquier, anticipándose a las propias estructuras políticas, y la solidaridad que nos unió -también con otros pueblos a la espera del fallo del Tribunal Constitucional sobre la ratificación de la ilegalización de Bildu- lo demuestran. Fue la única respuesta consecuente frente al pucherazo que se estaba perpetrando, la potenciación popular de la deslegitimación del fraudulento sistema de representaciones a través de la abstención activa.


El jueves 5 de mayo nos concentramos a la espera de la decisión del Tribunal Constitucional sobre la ilegalización de Bildu y para exorcizar juntos a La Bestia. La cosa no era baladí. La prohibición del voto independentista ya no era una simple cuestión de cálculo electoral con la excusa del antiterrorismo. Su nombre era fascismo. Y aquí seguimos. Nos vemos el 22 de mayo.

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