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2012/07/03


"Bastardos intereses de terceros ahondaron y ahondan los recelos entre quienes vinieron con intención de regresar a sus tierras y quienes los vieron llegar como intrusos y advenedizos."

JESÚS VALENCIA                                                                                                                                   GARA

 La semana pasada, entre bochornos mañaneros y brumas vespertinas, celebramos el funeral de Antonio; el padre de Andoni Cabello, preso político dispersado en Castelló. Su muerte, como cualquier otra, produjo sensaciones desiguales: para quienes lo conocíamos, una gran pérdida; para quienes no lo conocían, una noticia más en el apartado de defunciones.
Hay, sin embargo, un hecho en la biografía de Antonio que da pie a estas líneas: había nacido en Granada y -en la década de los sesenta- recaló en Euskal Herria. Formaba parte de aquel inmenso contingente de trabajadores que hubieron de alejarse de su tierra «buscando el pan que los señoritos del latifundio andaluz les negaban». La cita es de Andoni que en marzo de 2004 publicó «La plaza de Urbina». Describe en dicha obra el ambiente de aquel pueblecito alavés a donde llegó la familia; muchos y pintorescos detalles de cómo una pequeña población perdía su perfil agrícola para adentrarse en turbulencias sociales y políticas nuevas. La construcción de varias represas y la instalación de varias fábricas aceleraban la transformación de la aldea.
Su condición de emigrantes fue clave en la historia de esta familia y en la de Euskal Herria: oriundos y recién llegados, dos colectividades llamadas a convivir y tantas veces enfrentadas. En ocasiones, nos hemos agredido con acusaciones mutuas y descalificaciones hirientes. Bastardos intereses de terceros ahondaron y ahondan los recelos entre quienes vinieron con intención de regresar a sus tierras y quienes los vieron llegar como intrusos y advenedizos. Antonio y Fina rompieron tópicos; como otros muchos a los que conocemos y admiramos, llegaron para quedarse. Larga lista de personas que no renegaron de sus raíces pero se abrieron al nuevo pueblo que los acogía y con el que se fundieron. Sin imaginárselo, se vieron envueltas en el torbellino que sacude a Euskal Herria y, sin dudarlo, se pusieron a bracear en él. Antonio y Fina son un claro exponente de esta experiencia vitalizadora. Residentes en Urbina, hablaban de ETA sin saber que su hijo Patxi ya estaba encuadrado en ella. Cuando este se lo confió, sus padres le ofrecieron comprensión y apoyo. La pareja siempre respetó y valoró la opción militante de sus hijos. Cuando estos -y luego su yerno- fueron apresados, les acompañaron con gran dignidad. Los carceleros granadinos de Albolote chequeaban con especial encono a unos «paisanos que se habían pasado al enemigo». Estos defendían con orgullo la militancia de sus hijos como tarea mucho más noble que la de encarcelar revolucionarios. Nadie de la familia se ha doblegado ante la represión que siguen soportando.
La opción de quienes llegaron como emigrantes y se hicieron compañeros resulta muy alentadora en la presente coyuntura. Afrontamos una etapa en la que la acumulación de fuerzas es clave. Nuestro proceso necesita también de la población emigrante; esta constituye un potencial transformador gigante al que debemos contemplar como fuerza amiga. Si alguien lo pone en duda, que repase la historia de la familia Cabello y la de otras muchas con parecidos perfiles.

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