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2014/01/15

Comunistas sin saberlo

"Si soy comunista (o anarquista, o anticapitalista), no es por una cuestión ideológica a priori; tampoco porque me apasione la política (prefiero el ocio). Sino por una cuestión racional y a la vez moral: es la única opción que me permite conservar la dignidad como ser humano."


Manuel M. Navarrete *

Rebelión, 19 de Abril de 2009

Es nuestra solución final, un nuevo Auschwitz invertido en el que
en lugar de encerrar a las víctimas, nos encerramos nosotros
a salvo del arma de destrucción masiva más potente de
la historia: el sistema económico internacional.
(Carlos Fernández Liria)

El 90% de la gente es comunista sin saberlo. Sé que podrá sonar a afirmación excéntrica para llamar la atención. Nada más lejos de mi intención.

Supongamos que somos astronautas y descubrimos un pequeño planeta. Este planeta está habitado por una especie de seres, algunos de los cuales son verdes y otros azules, aunque todos se alimentan de bananas. Lo que pasa es que sólo hay cinco bananeras en todo el planeta. Cuatro de ellas están en la zona donde viven los 90 verdes; la quinta, donde viven los azules, que son sólo 10. Sin embargo, los 90 verdes (que se mueren de hambre) trabajan para los 10 azules (que, para colmo, viven en la opulencia).
 
Supongamos que volvemos a la Tierra y hacemos una encuesta. ¿No están seguros de que, como poco, el 90% de los encuestados pensaría que esa situación es injusta y abominable? ¿No están seguros de que al menos nueve de cada diez encuestados serían razonablemente partidarios de colectivizar las cinco bananeras, puesto que de este modo nadie tendría que morir de hambre en pos del disfrute ajeno?

Cualquier persona que piense esto; cualquier persona a la que le parezca inmoral e incluso nazi la postura del 10% restante (que he dejado por margen de error, más que por otra cosa) es ya comunista sin saberlo.

Porque nosotros vivimos en ese mundo de los verdes y los azules (aunque los colores aquí sean otros…). 

Pensémoslo. ¿Cuánto petróleo, oro, diamantes, coltán o plata tiene España? Prácticamente nada. En cambio, ¿cuánto tienen África o Latinoamérica? Inmensas reservas. ¿Cómo es posible, entonces, que allí estén peor? ¿Quizá algo inherente a su raza? ¿O tal vez elaboran Constituciones más imperfectas que la española y ello les lleva misteriosamente al hambre? ¿No tendrá algo que ver el hecho de que, hace unos siglos, esos países fueran esclavizados por nosotros? ¿Será también casualidad que, cada día, nuestras multinacionales sigan explotando sus recursos y reinvirtiendo los capitales aquí, en la metrópoli?

Incluso la FAO (la organización específica de la ONU ocupada de asuntos alimentarios) reconoce que este planeta es capaz de abastecer a más del doble de su población. Incluso el Global Footprint Network (California) demostró matemáticamente que el nivel de vida de un país como España es imposible de generalizar a todo el planeta (harían falta tres planetas Tierra para ello).

Dado que sólo disponemos de un planeta Tierra, ¿cómo justificaremos nuestro derecho a vivir por encima de otros pueblos, si no es mediante tesis supremacistas? Si mi nivel de vida es imposible de generalizar a cada ser humano del mundo, no puedo defenderlo como argumento de nada, porque es sencillamente defender un privilegio.

Según ese mismo estudio, hay otros países cuyo nivel de vida sí es sostenible para el planeta, pero en ellos existen situaciones de miseria y muerte de hambre. Existe un único país en el mundo (insisto: sólo uno) que cumple al mismo tiempo los requisitos de sostenibilidad y bienestar, sin muerte de hambre: Cuba.

Así pues, el único modelo económico que cabe defender sin estar defendiendo privilegios es el cubano. Se piense lo que se piense de su modelo político, lo que acabo de decir es irrefutable, por un motivo bastante sencillo: no es una opinión. Cuando un profesor explica en la pizarra que dos más dos son cuatro, no está diciendo que su opinión sea que dos más dos son cuatro. Lo que yo acabo de escribir tampoco se sitúa en el terreno de las opiniones. No está por encima ni por debajo de ellas, tampoco a su izquierda o a su derecha. Sencillamente está en otro plano completamente diferente: el de los hechos objetivos.

Si hay recursos sobrados para abastecer a todos pero no se hace; si, además, mi nivel de vida no es generalizable a todo el planeta; si, para colmo, las zonas más ricas en recursos son otras y precisamente las más hambrientas, entonces ¿cómo negar que estoy viviendo a costa de la explotación de quienes no están abastecidos? Es lógica matemática, ¿cómo refutarla? No se trata de superioridad intelectual, sino de que yo, con mayor o menor suerte, al menos busco la verdad, y no la justificación de intereses espurios.

El quid de la cuestión está en que el hambre no es producto del mal funcionamiento del sistema, sino del buen funcionamiento del sistema. La concentración creciente de los recursos es inherente a la propia lógica del sistema económico capitalista. Por eso éste asesina a 40.000 personas de hambre cada día, una por una. 

En otras palabras, cada día hay doscientos 11-M en el mundo, pero de hambre. ¿Por qué nos importará tan poco? ¿Será precisamente porque sospechamos miserablemente su causa y, en lugar de comunistas sin saberlo, somos nazis sospechándolo?

Nos han escamoteado el verdadero debate: ese es el problema. Nos lanzan cien patrañas sobre Cuba (que no hay elecciones, que las hay pero sólo pueden presentarse los del PC, que viven peor que el resto de Latinoamérica, que no tienen permiso para opinar, que su prensa es menos libre que la que controlan multinacionales como PRISA…) para que nos dediquemos a rebatirlas y, agobiados, no demos abasto. 

También -y aquí hemos fallado nosotros- nos centramos con frecuencia en debatir sobre el pasado, o nos obcecamos en interminables discusiones terminológicas, sin estar tan en desacuerdo como de ese modo hacemos ver.

El verdadero debate no va por ahí, y debemos intentar recuperarlo. Aunque se demostrara que lo que las multinacionales mediáticas afirman sobre Cuba es cierto; aunque se demostraran cosas mil veces peores, yo seguiría siendo partidario de una economía socialista, por sentido común. Es irracional permitir que con los medios fundamentales de vida se hagan negocios privados, y no hay nada en la economía socialista que la haga inherente a políticas más represivas que las aplicadas por países capitalistas. La Alemania nazi era un país capitalista y asesinó a millones, por no hablar de los EE UU (Vietnam, Irak…) o -como dijimos- de las víctimas cotidianas del hambre.

Si soy comunista (o anarquista, o anticapitalista), no es por una cuestión ideológica a priori; tampoco porque me apasione la política (prefiero el ocio). Sino por una cuestión racional y a la vez moral: es la única opción que me permite conservar la dignidad como ser humano. Porque un privilegio puede ser placentero, y muchas cosas más, pero es por definición indigno. Como también lo es buscar mil excusas para no alzar al menos la voz contra semejante genocidio silencioso una vez que se hace innegable (por ejemplo, los pretextos torremarfilistas que exigen la perfección a quienes sí se oponen, como si la pasividad no fuera de entrada mucho más imperfecta).

En las películas de Ciencia-Ficción, los extraterrestres suelen retratarse superdesarrollados sólo tecnológicamente. Supongamos que algún día nos visitaran, pero estuvieran también superdesarrollados éticamente. En ese caso, lo primero que harían sería realizar estadísticas parecidas a las de la FAO y el Global Footprint Network, y seguramente, con cara extrañada, nos preguntarían: perdonad, pero… ¿qué estáis haciendo? ¿Qué clase de seres sois? Aquí hay comida para todos, ¿cómo es que una minoría vive en la opulencia mientras la mayoría se muere de hambre? Lo mismo dirían Jesucristo y Mahoma, si Dios existiera y les permitiera volver.

Si ese día llegara, me gustaría que no se me tuviera que caer la cara de vergüenza; me gustaría poder decirles: yo siempre me opuse a esta barbarie. Y el único modo de hacerlo es siendo comunista.

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* Manuel M. Navarrete es Licenciado en Filología Hispánica y Máster en Profesorado por la Universidad de Sevilla (Andalucía). Activista de los movimientos sociales y del sindicalismo alternativo. Pesimista de la razón y optimista de la voluntad

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