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2014/11/11

Marx, Bakunin y la Primera Internacional

"La creación de la Asociacion Internacional de Trabajadores (AIT) es la expresión de la toma de conciencia como grupo social de los trabajadores y cuyo seno existían diversas corrientes, tendencias y tradiciones."

José Luis Gutierrez Molina 
Periódico CNT

Las diferentes posiciones que representaban Carlos Marx y Miguel Bakunin sobre qué debía ser y cómo organizarse el naciente movimiento obrero no sólo marcaron el propio desarrollo de la Primera Internacional, de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) sino también fue expresión de las dos grandes líneas que, en adelante, marcarían la trayectoria del obrerismo.

Una es la denominada política y autoritaria del socialismo marxista primero, la socialdemócrata de la IIª Internacional después y, finalmente, la comunista de la IIIª Internacional auspiciada por la Unión Soviética y su apéndice la Internacional Sindical Roja. La otra es la antiautoritaria, colectivista primero, anarco-comunista después, sindicalista revolucionaria más tarde y, finalmente, anarcosindicalista. La organización internacional de esta segunda línea fue la AIT. La creada en 1864 y la reconstruida en Berlín a finales de 1922.

El enfrentamiento ha pasado a la historia centrado en las figuras de dos los máximos representantes de cada una de las corrientes hasta el punto que se le atribuye un papel fundamental en la decadencia y extinción de la primera AIT. Hoy es motivo de numerosos escritos en los que las filias y las fobias se reparten por parte iguales, dependiendo de quién empuñe la pluma o aporree el teclado. Basta con echar una mirada por las Web.


Como suele ocurrir en estos casos, y más con organizaciones de por medio, los colores de cada uno no son exclusivamente blancos o negros. Más bien recorren todas las tonalidades de grises del pantone. Es decir, que si se acusa a los bakuninistas de realizar todo tipo de intrigas y ataques personales, tampoco se quedarían a la zaga las que se podrían enarbolar contra los marxistas. Tampoco escapan a este hecho la perspectiva doctrinal o la de los análisis de los acontecimientos que vivieron. Tan cierto como que este 2014 es el del ducentésimo aniversario del nacimiento de Bakunin es también el centésimo quincuagésimo de la fundación de la AIT en Londres.

Así pues, partiendo de este principio, podemos enfocar el enfrentamiento Marx-Bakunin desde una triple perspectiva: el contexto en el que se produjo el nacimiento del obrerismo organizado; sus personalidades y la influencia de cada uno de sus planteamientos en la evolución del movimiento obrero.

El contexto
La AIT fue el primer intento de crear una organización internacional obrera. La culminación de un largo proceso cuyas raíces se pueden remontar a treinta años antes. Su creación es la expresión de la toma de conciencia como grupo social de los trabajadores y cuyo seno existían diversas corrientes, tendencias y tradiciones. Desde los comunistas continentales a sindicalistas británicos, pasando por garibaldinos o mazzinianos italianos. También estuvieron presentes organizaciones ya existentes e individualidades. A todos les unió la idea, expresada por Marx en su conocido manifiesto de 1848, que sintetiza la frase: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Es decir, se rompían las ataduras anteriores con las organizaciones burguesas y hacerles frente de forma internacional. El mundo obrero iba a contar con su propia organización. De ahí la expectación, y el temor, con que fue recibida.

Desde el primer momento se percibieron las diferencias entre los planteamientos representados por Marx, que logró el control de la organización a través de su Consejo General con residencia en Londres, y los anti-autoritarios, fundamentalmente los grupos franceses de orientación proudhoniana. Si la corriente marxista se apoyaba en la sección de la todopoderosa social democracia alemana, a partir de 1868 sus opositores contaron con la presencia de Bakunin que, junto a su Alianza Internacional de la Democracia Socialista, entró a formar parte de la Internacional.

La AIT apareció, no por casualidad, en un contexto de crisis y ambiente bélico. En 1870 Francia y Prusia entraron en guerra. La derrota de la Francia de Napoleón III originó la proclamación de la III República y, en marzo de 1871, la Comuna parisina. Fueron hitos, hubo otros como el caso del ruso Nechayev, en los que se plasmaron las diferencias interpretativas y de acción entre ambas corrientes. Las protagonizaron cuestiones como la defensa de la patria por los marxistas y el pan eslavismo de Bakunin, el papel de la Comuna y su oportunidad. Llovía sobre mojado. En 1869, en el congreso de Basilea, ya se habían enfrentado en torno a la cuestión de la participación obrera en la política y la creación de un partido obrero. 

Las acusaciones de aventurerismo y autoritarismo se reprodujeron.

En 1872 la AIT se reunió en La Haya y la corriente marxista logró que los bakuninistas fueran defenestrados. La escisión estaba servida. Ese mismo año los expulsados se reunieron en Saint Imier. Poco recorrido tuvieron ambas internacionales. La marxista, que había trasladado el Consejo General a Nueva York, en un intento por mantenerlo bajo su control, llevó una vida lánguida hasta su desaparición formal en 1876. La bakunista tampoco tuvo muchas más vida. En 1877 celebró su último encuentro en Gante.

Marx y Bakunin
Ciertamente la vida de las sociedades responde a causas estructurales y situaciones coyunturales. Pero no hay que olvidar que la protagonizan hombres y mujeres y que su personalidad y forma de actuar tienen su propio papel. Que se simbolicen en Carlos Marx y Miguel Bakunin las diferencias doctrinales y organizativas del primer movimiento obrero no es, por tanto, una mera transposición de una historia de “grandes personajes” sean reyes, políticos o dirigentes obreros. Existían diferencias ideológicas y organizativas, pero también intervinieron sus caracteres, cuestiones personales, orígenes y prejuicios culturales.

Parece que se conocieron en 1844 en París donde mantuvieron una buena relación aunque no llegaron a intimar. Resultaba difícil que lo hicieran un idealista sentimental y un científico doctrinario. Pronto sus diferencias aparecieron. En 1848 les enfrentó las sublevaciones eslavas contra el dominio germánico. El ruso y el alemán desenterraron sus hachas de guerra. Marx acusó a Bakunin de “agente ruso” y el segundo al primero de pan germánico y “corrompido por el poder”. Pasaron más de tres lustros hasta que se volvieran a ver y las diferencias continuaron ahora en el seno de la AIT. El intelectual y el hombre de acción volvían a enfrentarse.

Dos fuertes personalidades que luchaban por hacer valer sus criterios y que influían en sus correligionarios. De ahí el papel que tuvieron las noticias sobre las actividades de unos y otros para el desarrollo del movimiento obrero. No es que fueran las más importantes pero sí tuvieron su papel. En torno a sus actuaciones, a sus personas, circularon todo tipo de rumores, informaciones y contra- informaciones. Incluida la lucha por el control y orientación de la AIT. La marcha de la historia no es algo inevitable ajena a quienes la protagonizan.

Tampoco hay que olvidar que ambos son “hombres” antes que “figuras históricas” que representaban tendencias. Sus actuaciones no pueden ser vistas desde la óptica de la verdad absoluta o de un signo de identidad eterno. Ni siquiera desde la perspectiva de las consecuencias de sus planteamientos. Seguramente tuvieron su papel sus propias incertidumbres y pasión. Como hoy, se encontraban en una encrucijada a la que se enfrentaban mediante propuestas y proyectos.

Los caminos del obrerismo
Pero más allá de personalismos y coyunturas lo que subyacía en el debate entre marxistas y bakuninistas era el modelo y los caminos por los que iba a transitar el naciente internacionalismo obrero. De un lado el centralista y político del Consejo General londinense controlado por Marx. De otro, el defensor de la autonomía de las secciones, el federalista y contrario a la creación de partidos obreros propuesto por Bakunin. Una lucha que terminaría condicionando incluso la propia existencia de la AIT. El primero buscaba la conquista del poder político para implantar el socialismo con un periodo transitorio de “dictadura del proletariado”. El segundo deseaba la destrucción del poder político y propugnaba la abstención y la no participación en ese campo.

Por debajo de estas diferencias finalistas y organizativas subyacían otras. En primer lugar el puesto que ocuparía “la autoridad”. Para Marx era una garantía de eficacia. Para Bakunin una forma de perpetuar el control de los hombres. En segundo lugar está el papel otorgado a los diferentes grupos sociales como sujetos revolucionarios. Para los primeros era la clase trabajadora, el proletariado quien protagonizaría el proceso a través de la acción organizada bajos los presupuestos científicos del materialismo dialéctico, una doctrina que refleja los intereses de la clase obrera. Para los bakuninistas, el campesinado también tenía un papel que jugar y la acción, individual y colectiva, competía con los principios “científicos”. Pero no sólo los campesinos, sino también individuos pertenecientes a otros grupos sociales. Frente a la ideología de clase marxista, el anarquismo enfatizaba en el papel del individuo.

Bakunin murió en julio de 1876 en Berna y Marx en Londres en marzo de 1883. Hoy, 150 años después de la creación de la AIT tenemos perspectiva suficiente para hacer un balance. En primer lugar que, finalmente, terminaron prevaleciendo mayoritariamente los planteamientos marxistas en el sindicalismo europeo. La acción política fue derivando hasta su actual situación marginal. Cuando tuvieron la oportunidad de ocupar el Estado, como en Rusia en 1914, terminaron desarrollando un totalitarismo exterminador. En segundo lugar que, donde los planteamientos bakunistas prevalecieron, como en España, el asociacionismo obrero continuó siendo el catalizador revolucionario que protagonizó la revolución española de 1936-1939.

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