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2015/01/01

Los derechos de las sociedades naturales

"Las sociedades naturales son sociedades preestatales en las que el control social se ejerce a través de mecanismos internos y multilaterales de los miembros de la propia sociedad natural. Las sociedades naturales no son igualitarias ni tampoco ingenua e infantilmente democráticas, ya que existen en ellas funciones de mando ejercidas por líderes brotados de la propia sociedad y asumidos por los integrantes de la misma."

José Luis Orella Unzué, catedrático senior de Universidad
GARA
 
En el mundo globalizado en el que nos movemos, no podemos prescindir de las sociedades naturales en las que germinamos. Desde que nacemos, el primer grupo humano al que pertenecemos es la familia, célula fundamental de la sociedad y según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el elemento natural, universal y fundamental de la sociedad. La familia es la célula básica en la cual adquirimos el desarrollo del carácter y de la identidad personal, así como los hábitos y los valores que determinarán nuestro pensamiento y su desarrollo social.

La familia puede ser de muchas clases: monógama, polígama, de uno o varios miembros del mismo género. La familia nuclear, fundada en la unión entre hombre y mujer, era la estructura difundida mayormente en la actualidad. Las formas de vida familiar son muy diversas, dependiendo de factores sociales, culturales, económicos y afectivos. Según Claude Lévi-Strauss, la familia está constituida por aquellas personas que por cuestiones de consanguinidad, afinidad, adopción u otras razones diversas, han sido acogidas como miembros de esa colectividad.

El origen de una familia nace de un proceso en el que se diluye un fenómeno puramente biológico, porque es también, y sobre todo, una construcción cultural, en la medida en que cada sociedad define de acuerdo con sus necesidades y su visión del mundo lo que constituye una familia.

Además de la familia, son sociedades naturales los linajes, originados por mecanismos de reclutamiento 
socialmente aceptables, como la adopción. Sin embargo, la mera consanguinidad no garantiza el establecimiento de lazos solidarios de linaje.

Igualmente son sociedades naturales las naciones o agrupaciones de familias o de individuos que se aúnan por razón de vínculos sanguíneos, culturales, lingüísticos y de afinidad para el desarrollo y culminación de los intereses propiamente grupales.

Todas estas reflexiones se me suscitaron el otro día leyendo el artículo de Tomás Pérez Vejo «El nudo gordiano del laberinto catalán» en el periódico «El País», donde me encontré con afirmaciones que filosóficamente son difíciles de defender, como las que ahora transcribo:

«Para los nacionalistas, las naciones son sujetos colectivos con derecho e intereses propios al margen y hasta en contra de los de quienes las constituyen. Esta es la pulsión antidemocrática de todo nacionalismo».
«El problema surge porque a pesar de su proclamado origen natural, las naciones no son sino que se imaginan, cuestión de fe más que de razón».

«Se cree en una nación y no en otra lo mismo que en este dios y no en aquel».

«Tanto los creyentes religiosos como los nacionalistas están convencidos de que el suyo/suya son verdaderos y los de los demás invenciones más o menos espurias».

«La nación se ha convertido en el sujeto político por excelencia de la modernidad sin que pueda concluirse que a cada nación le corresponde su Estado y a cada Estado, su nación».

Al socaire de estas afirmaciones hay que decir que las naciones se sitúan entre las familias y las asociaciones políticas. Los individuos aislados no sobreviven. Las sociedades políticas de nuestro entorno y que se agrupan en la Sociedad Internacional de Naciones, ciertamente, no son las primigenias. Para entender las actuales Sociedades Políticas debemos, previamente, analizar el tipo de organización de la que parten, que son las «sociedades naturales». Estas sociedades naturales son prepolíticas. Aunque las sociedades naturales humanas no excluyen ciertas funciones parcial y rudimentariamente políticas.

Los animales superiores ejercitan espontáneamente una racionalidad y una articulación social que solo el hombre culmina en una sociedad natural como la familia, el linaje o la nación. La racionalidad demostrada en el dominio de la técnica y el lenguaje son los elementos indispensables de estas sociedades naturales que pretenden la adquisición del bien común.

Cada sociedad natural nace y está inmersa en un paisaje que sirve de espacio antropológico, que favorece la estructuración de un lenguaje propio y que se articula en formas rudimentarias prepolíticas. De este modo brotan sociedades naturales como la familia, la tribu, la nación como sujetos colectivos, con derechos e intereses propios que implementan y culminan los derechos de los individuos que las constituyen, sabiendo que los derechos individuales solo son concebibles dentro de la propia sociedad natural y que fuera de ella son sujetos jurídicamente amorfos.

El ser miembro de una sociedad natural como la familia, el linaje o la nación no se hereda, sino que se elige asumiendo el paisaje, la lengua, la idiosincrasia y el complejo caldo de cultivo en el que brotó dicha sociedad natural.

Las sociedades naturales son sociedades preestatales en las que el control social se ejerce a través de mecanismos internos y multilaterales de los miembros de la propia sociedad natural. Las sociedades naturales no son igualitarias ni tampoco ingenua e infantilmente democráticas, ya que existen en ellas funciones de mando ejercidas por líderes brotados de la propia sociedad y asumidos por los integrantes de la misma.

Las sociedades naturales no deben indefectiblemente terminar en estados. Existen naciones sin estado. Igualmente los miembros de una nación han elegido y creen en el valor de su nación como verdadero, pero no piensan que las restantes naciones son invenciones más o menos espurias. Al igual que el creyente en un Dios piensa que el suyo es verdadero pero, a no ser que sea antiecuménico rabioso, no piensa que otros dioses son invenciones más o menos espurias.

Las naciones tienen el objetivo final de la adquisición de un nivel específico y propio del bien común. Según el filósofo Jacques Maritain, «Ese bien común es la conveniente vida humana de la multitud». «El bien común comprende sin duda algo más profundo, más concreto y más humano; porque encierra en sí, y sobre todo, la suma (que no es simple colección de unidades yuxtapuestas, ya que hasta en el orden matemático nos advierte Aristóteles que 6 no es lo mismo que 3+3), la suma digo o la integración sociológica de todo lo que supone conciencia cívica, de las virtudes políticas y del sentido del derecho y de la libertad, y de todo lo que hay de actividad, de prosperidad material y de tesoros espirituales, de sabiduría tradicional inconscientemente vivida, de rectitud moral, de justicia, de amistad, de felicidad, de virtud y de heroísmo, en la vida individual de los miembros de la comunidad, en cuanto todo esto es comunicable, y se distribuye y es participado, en cierta medida, por cada uno de los individuos, ayudándoles así a perfeccionar su vida y su libertad de persona».

La persona humana es también miembro de la sociedad política no como parte, sino como un todo. La persona humana se integra en esa sociedad como parte de un todo más grande y de mejor condición que sus partes y cuyo bien común es muy superior al bien de cada uno. Porque es parte de la Sociedad Política en razón de ciertas relaciones con la vida común que interesan a todo el ser. Sin embargo, la persona no se difumina en la sociedad política, porque en razón de otras relaciones, que también interesan al ser total referentes a cosas más importantes que la vida común, hay en la persona socialmente política bienes y valores que no son por el estado ni para el estado y que están fuera del estado.

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