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2015/05/12

AUSCHWITZ Y LOS DERECHOS DE LOS ANIMALES

"Los animales experimentan miedo, angustia, vulnerabilidad, pero su cerebro limita su vida moral. No se les puede exigir una racionalización de sus impulsos que regule sus actos de acuerdo con preceptos éticos."
 
Rafael Narbona
 
Se ha dicho que los nazis trataron a los judíos, gitanos y otras minorías como a animales, aceptando implícitamente que es lícito matar o esclavizar a otras especies. En Amos de la muerte: Los SS Einsatzgruppen y el origen del Holocausto (2003), el historiador Richard Rhodes explica que los alemanes obligaban a los adultos a amontonarse unos sobre otros en las fosas para recibir un tiro en la nuca. Este método implicaba que –salvo los que morían en primer lugar- las víctimas se tumbaban sobre un cadáver o un cuerpo agonizante antes de ser asesinadas a sangre fría. Los SS llamaban a este procedimiento Sardinenpackung. Nos horroriza este procedimiento, pero no nos preocupa que a diario millones de animales sean electrocutados, decapitados o acuchillados. Albert Camus nunca olvidó el grito de una gallina degollada por su madre en el patio trasero de su casa. Ese día su conciencia se estremeció, pensando que el animal “habló”, invocando una improbable clemencia. Nuestra especie se ha acostumbrado a convivir con una “mancha moral” que algún día cuestionará los fundamentos de nuestro arbitrario sentido de la ética.
 
Después de emplear reiteradamente el Sardinenpackung, los nazis advirtieron que los niños más pequeños sobrevivían, pues el cuerpo de sus madres actuaba como parapeto. Por eso, en el hospital de maternidad de Vinnitsa, metieron a los recién nacidos en sacos y los arrojaron a la calle desde las ventanas. A veces, golpeaban violentamente el saco contra una pared antes de lanzarlo al vacío. Durante mucho tiempo, se ha utilizado este método para acabar con la vida de los perros y los gatos recién nacidos. La comparación puede parecer ofensiva, pero Richard Rhodes, que no es un animalista, emplea los argumentos de la antropóloga francesa Noëlie Vialles para explicar cómo los ejecutores de la Shoah pudieron inmunizarse al dolor de sus víctimas. En su ensayo Animal to Edible (1994), Vialles afirma que los mataderos industriales y los campos de exterminio nazi funcionan de manera similar, dividiendo el trabajo para diluir la responsabilidad y disipar cualquier objeción moral. El primer matadero industrial se inauguró en Chicago y los nazis lo visitaron para copiar sus innovaciones. El 15 de agosto de 1941, el Reichsführer Himmler contempló por primera vez en Minks (Bielorrusia) el fusilamiento de un centenar de partisanos y judíos. Según los testimonios del alto mando de las SS y de la Policía Erich von dem Bach-Zelewski, la experiencia le resultó traumática. Primero, detuvo la ejecución para comprobar si un joven alto, rubio y de ojos azules, era realmente judío. Cuando el infortunado le confirmó que era judío, al igual que sus padres y abuelos, Himmler dio una patada en el suelo y exclamó que en ese caso ni siquiera él podía evitar su muerte. El pelotón, compuesto por doce hombres, disparó a continuación, pero dos mujeres no murieron en el acto. Malheridas, gimoteaban en la fosa. Descompuesto, Himmler se dirigió al jefe del pelotón y gritó: “¡No torturéis a esas mujeres! ¡Disparad! ¡Daos prisa y matadlas!”. Otto Bradfisch, jefe del Einsatzkommando 8 del Einsatzgruppen B, contó durante su juicio por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad que Himmler reunió a los oficiales después de la matanza y les dijo que su trabajo era ciertamente repugnante, pero que se limitaban a limpiar el mundo de seres indeseables e inútiles. Cualquier cazador puede expresarse en los mismos términos, después de ahorcar a un galgo que ha envejecido o ha demostrado escasas aptitudes para acosar a un conejo o una liebre.
 
Las cámaras de gas comenzaron a utilizarse en la primavera de 1941 para liberar a los ejecutores de la Shoah de la ingrata experiencia de abatir a balazos a mujeres, niños y ancianos. En Chelmno, Sobibor y Treblinka se empleó monóxido de carbono y sólo en Auschwitz se recurrió al Zyklon B, acido cianhídrico que al contacto con el agua produce cianuro de hidrógeno gaseoso. Fabricado como insecticida por IG Farben (un complejo de empresas farmacéuticas que incluye a la famosa Bayer), se consideró idóneo para el exterminio de seres humanos por su poder altamente tóxico. Una tonelada del producto puede matar a 25.000 personas. El 17 y 18 de julio de 1942, Himmler visitó Auschwitz. Durante la mañana del primer día, observó por la mirilla de una cámara de gas el asesinato de varios centenares de deportados, sin mostrar ninguna clase de repugnancia o espanto moral. Esa misma tarde, se marchó a una taberna con Rudolf Höss, comandante del campo y el Gauleiter local, acompañados de sus respectivas esposas. Bebieron vino y celebraron los éxitos de Alemania en su guerra contra los judíos y los bolcheviques. Aún se hallaba relativamente lejos el 2 de febrero de 1943, cuando el mariscal de campo Friedrich Paulus se rindió ante los soviéticos en Stalingrado, después de una cruenta batalla que costó más de cuatro millones de vidas, sumando las bajas de ambos bandos.
 
Las cámaras de gas fue la “solución humanitaria” al exterminio mediante pelotones de fusilamiento. “Nunca seremos duros o despiadados cuando no sea necesario”, afirmó Himmler el 4 de octubre de 1943 en la conferencia anual de altos mandos de las SS. “Muchos de vosotros sabéis qué significa contemplar montañas de cadáveres y no perder la decencia. Es una página gloriosa de nuestra historia, nunca escrita, y que no debe escribirse […]. Hemos cumplido esta pesada tarea por amor a nuestro pueblo. Y no hemos dañado nuestro ser interior, nuestra alma, ni, en consecuencia, nuestro carácter”. Las palabras altisonantes de Himmler mencionando la decencia resultan particularmente grotescas, pues todas las fuentes históricas señalan que las matanzas estuvieron acompañadas de corrupción a todos los niveles. Incluido el propio Himmler, todos los miembros de las SS robaron sistemáticamente los bienes de las familias judías asesinadas: oro, joyas, obras de arte. La mentalidad perversa de Himmler se refleja en su colección privada de muebles realizados con restos humanos. De hecho, poseía varios ejemplares del Mein Kampf con cubiertas de piel procedentes de la espalda de judíos asesinados en Dachau. Al final de la guerra, Himmler pensó que los aliados aprovecharían su experiencia policial y le encargarían velar por la seguridad en la Alemania de la posguerra. Una de sus preocupaciones era averiguar si sería más oportuno saludar al general Eisenhower con un apretón de manos o el saludo nazi. Hitler le destituyó de todos sus cargos cuando descubrió que negociaba su salvación personal con las fuerzas aliadas. Aunque se afeitó el bigote y se colocó un parche sobre el ojo izquierdo, fue reconocido en un control británico entre Hamburgo y Bremen. Mientras un médico le examinaba, se suicidó, mordiendo la capsula de cianuro que había escondido en sus dientes. Sus restos fueron enterrados en una tumba anónima.
 
Himmler pertenecía a la clase media. Hijo de un maestro, se educó en un ambiente estricto, donde se aplicaba el castigo físico para corregir cualquier gesto de rebeldía o indisciplina. De hecho, el historiador alemán Götz Aly nos recuerda que a los maestros también se les llamaba “apaleadores”. Durante sus años de universidad, Himmler se apuntó a una asociación estudiantil y participó en un par de duelos con sable, que le ocasionaron heridas en la cabeza. Su trayectoria no es insólita, sino previsible en un alemán de su tiempo y su clase social. No era un hombre especialmente violento, pero sí un cobarde que se adaptó perfectamente a la rutina del “asesino de despacho”. Richard Rhodes menciona que recriminaba a sus compañeros de partido su afición por la caza, afirmando que matar a un ciervo era “un simple asesinato”. No se debe confundir esa observación con hipocresía o con una sensibilidad deformada, sino con el horror de la clase media hacia las formas más cruentas e inmediatas de violencia. En 1835, las leyes inglesas establecían nuevas formas de sacrificio de los animales para disminuir su sufrimiento y evitar la degradación moral de los matarifes, que hasta entonces trabajaban en el centro de los pueblos, ofreciendo un espectáculo que recordaba las ejecuciones medievales ante una chusma eufórica. Hitler intentó aplicar el mismo criterio en el exterminio de los presuntos enemigos del Reich. Noëlie Vialles describe el proceso psicológico que permite el funcionamiento de los mataderos industriales: “Los trabajadores afirman a menudo que ‘cuando te acostumbras, lo haces como harías cualquier otra cosa’. Ese vacío en el pensamiento y esa falta de identificación con la tarea que uno realiza, que en cualquier sitio se consideran características negativas del trabajo de la producción en cadena, constituyen aquí, por el contrario, un prerrequisito para ‘acostumbrarte a ello’”.
 
El Premio Nobel sudafricano John M. Coetzee opina que los mataderos industriales encierran el mismo espanto que Treblinka y que sólo nuestra perspectiva como especie superior y con derechos y privilegios exclusivos puede explicar nuestra indiferencia hacia el sufrimiento de otras especies, condenadas a la estabulación, la muerte violenta y el consumo. No pierdo la esperanza de que algún día rectifiquemos y olvidemos nuestras viejas excusas y pretextos. Los animales experimentan miedo, angustia, vulnerabilidad, pero su cerebro limita su vida moral. No se les puede exigir una racionalización de sus impulsos que regule sus actos de acuerdo con preceptos éticos. Le sucede lo mismo a los niños pequeños o a ciertas personas con la mente herida por culpa de una cruel enfermedad, pero no es menos cierto que esa impotencia suele convivir con la ternura y la demanda de afecto y protección. Sólo el que ha mirado a los ojos de un animal y no ha descubierto su profundo desamparo, puede ignorar que Auschwitz y un matadero industrial nacen del mismo desprecio hacia la vida y el dolor ajenos. Tal vez necesitemos una nueva época de Ilustración para comprender que cualquier utopía debe incluir los derechos de los animales, negados y escarnecidos por una humanidad obtusa y autocomplaciente.

1 comentario:

Loam dijo...

Quienes no respetan a los animales no se respetan a sí mismos ni a sus semejantes. El capitalismo ha envenenado no sólo las relaciones humanas, sino toda relación de los seres humanos con el mundo, convirtiéndolo en mercancía, en cosa.

"Es un principio fundamental: subordinar no es solamente modificar el elemento subordinado, sino ser uno mismo modificado. La herramienta cambia juntamente a la naturaleza y al hombre: somete la naturaleza al hombre que la fabrica y la utiliza, pero une al hombre a la naturaleza avasallada. La naturaleza se convierte en la propiedad del hombre, pero deja de serle inmanente. Es suya a condición de estarle cerrada. Si él pone al mundo en su poder, es en la medida en que olvida que él mismo es el mundo: niega al mundo, pero es él mismo quien resulta negado. Todo lo que está en mi poder anuncia que he reducido lo que me es semejante a no existir por su propio fin, sino por un fin que le es extraño." Georges Bataille

Excelente reflexión la de Rafael Narbona.

Salud!

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