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2015/09/27

GUDARI EGUNA

"Entre las familias políticas vascas, el recuerdo de los suyos, de quienes militaron en sus filas y su compromiso les trasladó al exilio, la cárcel y la muerte, ha sido exiguo. El carlismo hizo tradición con las marchas anuales a Jurramendi, hasta que los poderes fácticos españoles la reventaron. Socialistas y comunistas aparcaron el pasado para ser incluidos en el presente."

Iñaki Egaña
Naiz.info

Cuando Emmanuel Carrere comenzó a gestar la biografía de Limónov, anunciaba que tenía dificultades para ubicar al protagonista entre dos versiones, la del terrorista y la del resistente. Y ponía dos ejemplos equidistantes, el de Ilich Ramírez, Carlos, el maligno por excelencia, antiguo miembro del FPLP palestino y luego secuestrado en Sudán y encarcelado por Francia, y Jean Moulin, el héroe del maquis francés.

Carrere escribió, razonablemente, que las historias de Carlos y Moulin se parecían mientras no «hubiera terminado la partida», a lo que añadía sin asperezas, hasta no llegar la versión oficial de la «historia decretada». Moulin transmite su nombre y leyenda en colegios y escuelas en Francia, incluido el de una universidad en Lyon. De villano a héroe nacional.


Relatos similares, vidas paralelas que terminaron trasquiladas, hombres y mujeres que dependieron de impulsos ajenos a su compromiso, los tenemos a cientos. En la lejanía y también en la cercanía. Nelson Mandela fue acusado de promover los coches bomba, de envolver la violencia indiscriminada. Mariano Rajoy asistió «emocionado» a su funeral.

La historia decretada del Che Guevara es análoga. Escribió en sus diarios decenas de pasajes que le llevaron a Mario Vargas Llosa a trazar un artículo que tituló «Che Guevara, la máquina de matar». Vargas Llosa se lamentaba que en fiestas FIFA, en Hollywood, en Líbano, en Hong Kong, la efigie del Che encandilara a las nuevas generaciones, como símbolo de rebeldía. No sabía, en cambio, que en las redadas de la Policía española, las camisetas del Che son incautadas como pruebas de terrorismo.

Como en tantas y tantas facetas de la vida, hay una gran dosis de hipocresía, de futilidad sobre el origen de las cosas, de utilización de los mensajes para beneficio de una determinada opción, sin objetividad. A Bertrand Russelll le gustaba decir que hay que optar siempre por la explicación más sencilla, la que tenga menor número de factores y variables. Y, en esta cuestión, es notorio que la explicación más sencilla tiene que ver con la conquista de la hegemonía política. Que se lo pregunten a Menahem Begin, que llegó de terrorista del Irgun a Primer Ministro.

En 2008, y para ello recupero la línea argumental de Carrere, Markel Olano, entonces como ahora diputado general de Gipuzkoa, tomó la palabra en el ayuntamiento de Hondarribia durante el homenaje al comandante Cándido Saseta, cuyos restos habían sido repatriados recientemente desde Areces (Asturias). Saseta había sido el jefe supremo del Eusko Gudarostea, las milicias del PNV, después de la sublevación militar que provocó la guerra civil de 1936.

Ante un salón repleto, Olano envió un mensaje contundente: los gudaris eran los de antes, en referencia a los de la guerra y la resistencia antifranquista, y no los de ahora, aludiendo sin duda a los militantes de ETA, entonces ya en el proceso de reflexión que les llevaría al cese definitivo de su actividad armada. Olano adelantaba la «historia decretada».

Al hilo de la discriminación de la violencia según épocas, hace un par de años tuvimos la oportunidad de presenciar a Aitor Esteban, portavoz del PNV en el Congreso español, con una pistola en su mano derecha y una ikurriña en la izquierda, en la recreación de una batalla en la que había tomado parte precisamente Cándido Saseta. Entre los asistentes, animando a gritos a Esteban según el periodista Xuan Cándano, se encontraba también Juan Mari Atutxa.

Hace unas semanas, el Gobierno de Gasteiz ha dado publicidad a sus “Retratos municipales de vulneraciones del derecho a la vida, 1960-2010”. El hilo conductor es el mismo de Olano. No existe alguien que se parezca a Moulin.

Nos encontramos, además, ante un trabajo que da por buenas las versiones oficiales, aquellas emanadas de la prensa mediatizada por fondos reservados, las que convierten en hechos aislados del contexto del último medio siglo en nuestra tierra. Txabi Etxebarrieta, por citar el primero, brilla por su ausencia. El resto, a pesar de ejecuciones extrajudiciales, de versiones camufladas, con alguna excepción y como era de esperar, ausente del relato municipal oficial.

Entre las familias políticas vascas, el recuerdo de los suyos, de quienes militaron en sus filas y su compromiso les trasladó al exilio, la cárcel y la muerte, ha sido exiguo. El carlismo hizo tradición con las marchas anuales a Jurramendi, hasta que los poderes fácticos españoles la reventaron. Socialistas y comunistas aparcaron el pasado para ser incluidos en el presente.

Siempre me ha llamado la atención, por ejemplo, esta poca delicadeza. Hace ya varios años que me puse en contacto con la Fundación Pablo Iglesias para hacerles constar que uno de los suyos, el maestro Cándido Urquijo Jauregi, militante de la agrupación clandestina del PSOE en Gordexola y cuya biografía colgaba en su página web, adolecía de lo más importante: había muerto debido a las torturas policiales en Bilbo. «En breve nos pondremos en contacto con usted para confirmar los datos aportados en su colaboración», me escribieron. Hasta hoy. La tortura, al parecer, sigue quemando.

El PNV, en cambio, comenzó a celebrar el Gudari Eguna a raíz de los fusilamientos por los franquistas en Santoña de dos dirigentes de cada formación política que no apoyaron a Franco. Lo hicieron y lo hacen, en el aniversario de las ejecuciones. El histórico Gudari Eguna, durante décadas, en la clandestinidad. Hoy, sin trabas.

Este año, como otros anteriores, la localidad encartada de Gueñes ha vuelto a celebrar el Gudari Eguna. “Deia”, el diario jeltzale, titulaba al respecto: «El Gudari Eguna de Güeñes, décadas de recuerdo y resistencia». Incluso hace ya casi treinta años, cuando Xabier Arzallus y Carlos Garaikoetxea estaban a la greña, poco antes de la escisión entre PNV y EA, el Gudari Eguna era un escenario común, pactado por ambas tendencias.

Hay, sin embargo, otro Gudari Eguna perseguido en los tribunales, cercenado y denostado. Aquel lugar entre la muga de Gipuzkoa y Nafarroa Garaia, Aritxulegi, que servía de recuerdo simbólico a generaciones que comenzaban en 1936, se sentará próximamente en el banquillo de la Audiencia Nacional. Los presuntos jardineros de los retoños serán incluso juzgados.

Una actitud lógica por parte de quienes siguen reivindicando a Mola, Sanjurjo, Billy el Niño y toda una lista interminable. Únicamente se puede llorar a unos. Pero ¿esa apropiación y separación de Markel Olano, de Aitor Esteban, de Juan María Atutxa? Es la que sigo sin comprender. Indaguen en los descendientes de Saseta, de Lauaxeta, de Letamendi, de Suberviola, de Yarza, de cientos y cientos de resistentes. Las letras de Gabriel Aresti, «otsoen kontra», ¿son palabras de un fabulista?

Y les ofrezco algunas pistas para desmemoriados. Josu Mujika, de Legazpi, muerto en Madrid tras la infiltración de El Lobo. ¿Escucharon las penurias de sus abuelos? Alejandro Auzmendi, muerto por la Guardia Civil en Pasaia. ¿Saben en cuántos campos de concentración estuvo su padre? Joseba Asensio, que murió de tuberculosis en la cárcel de Herrera de la Mancha. ¿Alguien ha relatado el drama del exilo que vivió su padre? Juan Carlos Gallardo a quien explotó una bomba que portaba en Iruñea y cuya familia, sin el cabeza de la misma, fusilado en un pequeño pueblo de Castilla, recaló en Beasain, en la ruta del hambre.

O Martín de la Vega, de Etxarri-Aranatz, colega de Pello Mariñelarena muerto en la cárcel francesa de La Santé. Martín falleció en 1987, semanas antes de que detuvieran a su comando. ¿Sabían que la historia de su padre es una de las más excepcionales en los libros de historia reciente de Nafarroa? Detenido y llevado a fusilar en Urbasa, como a otros tantos, se abalanzó contra el verdugo y logró huir. ¿Es el padre un héroe y el hijo un desleal?

No me gusta la «historia decretada». Ni los saltos. Porque no creo que los hilos, los lazos familiares se 
rompan por «decreto». Nuestros vínculos están por encima de esos anacronismos.

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