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2015/12/29

EL ESTADO PROFUNDO por Iñaki Egaña

"No se trata del poder paralelo, como ingenuamente alguien podría pensar. Es el Estado profundo, el que tiene las riendas de nuestro presente. El CNI, la Guardia Civil, o el Ejercito en su versión ampliada, los grupos energéticos, los farmacéuticos, la Iglesia, los cárteles…"

                        La ilusión democrática frente al realismo de la política, una falsa ecuación en la que los dos conceptos parten del mismo estado de cosas. Vivimos en sociedades pretendidamente democráticas, donde las decisiones que nos afectan profundamente a nuestra vida y al futuro propio y de nuestros hijos, apenas pasan por los escenarios puestos de relieve en la vida política cotidiana.
La negociación entre Alemania y Grecia a cuenta de su tercer rescate ha sido un buen ejemplo de la aseveración anterior. El mandato de Syriza, avalado por su éxito electoral y su victoria en el referéndum de hace unos meses, se convirtió en papel mojado frente a las imposiciones del poder europeo, el verdadero poder, que hizo valer su posición para imputar sus intereses.
Simultáneamente, el Parlamento europeo ultima la aplicación del TTIP, con el apoyo de lobbys, los eufemísticamente llamados grupos de presión. Una negociación secreta, a puerta cerrada, a la que grupos alternativos incluso han puesto precio a quien pueda desvelarla. ¿No vivimos al amparo de regímenes democráticos?
Acabo de concluir la lectura del libro “Ekarri armak” del periodista Imanol Murua, un repaso a los previos de la decisión histórica de ETA, el abandono de la lucha armada como acción política. Y uno que ya está acostumbrado a la hipocresía de gestores del poder, cuando no a la mentira sistémica, no ha dejado de sorprenderse a la hora de recordar o recibir mensajes de quienes en la teoría controlan los hilos del poder.
Me resulta curioso, cuando menos, encontrar en las letras de Rodolfo Ares, Ramón Jáuregui, Pérez Rubalcaba o Jaime Mayor Oreja, loas al desconocimiento de los acontecimientos desarrollados o por suceder. Al margen de su actitud simulada, grande como la esfinge de Gizeh, existe un punto de realidad en sus apreciaciones. A pesar de su poder, otras instancias, las que suponemos, tenían todas las cartas encima de la mesa.
Esta afirmación queda refrendada en varias ocasiones a lo largo de las páginas del trabajo de Murua. Una paradigmática, la razia contra jóvenes militantes independentistas justo después de la declaración, también histórica de Altsasu-Venecia, cuando se visualizó el giro histórico y estratégico de la izquierda abertzale. Es el autor el que incide en el desconcierto de Zapatero, presidente español entonces, que apostaba por la distensión. ¿Quién dio la orden a Grande-Marlaska si no fue el Ejecutivo?
Siguiendo las líneas siguientes del trabajo citado, llama la atención la aportación de Jesús Egiguren. Ante el cese de ETA, Egiguren traslada a Pérez Rubalcaba, ministro del Interior, la noticia inminente. Sus fuentes eran fiables al cien por cien, según sus propias palabras. Rubalcaba, en cambio, no tiene otro interés que conocer «quién se lo ha dicho». Una y otra vez. Tan machaconamente que Egiguren lo cita como la única reseña de su conversación con el ministro.
Traigo a colación esta última anécdota porque el lector ya habrá apercibido que, en su conjunto, me estoy refiriendo a lo que los politólogos anglosajones llaman “Estado profundo”. Ha tenido recorrido mediático en EEUU a cuenta de varias intervenciones del presidente Obama, en las que reconocía su impotencia, a pesar de su cargo, en el devenir político de su imperio. Los grupos a los que ha hecho referencia, con más poder que el presidente, han sido los farmacéuticos y los armamentísticos. Hay más, sin duda. Obama los ha señalado, pónganme todas las comillas que quieran y adjetiven al presidente norteamericano de la manera que deseen. En cambio, en España, y la anécdota de un Pérez Rubalcaba histérico solicitando el nombre del mensajero y obviando el hecho más importante de su legislatura, revela la sumisión del ministro, en este caso, al Estado profundo. Rubalcaba, como tantos otros, era un correveidile. Nada más. Por encima del supuesto patrón, había y hay numerosos y poderosos patrones.
Estas situaciones, para nada excepcionales, generan lo que el investigador canadiense Peter Dale Scott ha llamado «acontecimientos profundos estructurales». Centrado en la política estadounidense, es profesor en la Universidad de California, Scott analiza algunos de ellos: el Irangate, el asesinato de Kennedy, en Watergate…
No hay que saltar al otro lado del océano, para al hilo de las reflexiones que plantea el trabajo de Imanol Murua, recordar esos acontecimientos profundos estructurales en la Piel de Toro. Acontecimientos recientes en relación con el llamado contencioso vasco, algunos. Otros con la propia naturaleza del Estado español.
Me ha llamado la atención, a la hora de repasarlos, la abdicación del ahora rey emérito Juan Carlos Borbón. ¿Dónde, quién, cómo se decide el relevo monárquico? Siendo la sangre azul un obvio anacronismo en las testamentarias recientes, no me refiero a otra obviedad, la antidemocrática pero constitucional instancia de que un recién nacido ya sea Jefe de Estado por su linaje. Me refiero a la decisión del recambio. Fue ese Estado profundo el que dictó el ritmo y la transmutación.
Ante la cita electoral de mañana, la fortaleza del bipartidismo había quedado en entredicho, después de las consultas europeas y municipales. Gran revuelo. Controlada la disidencia vasca a través de su invisibilidad, en estos cuatro años se han sucedido decenas de agresiones «democráticas» a Amaiur (negación grupo parlamentario, detención de militantes y dirigentes, exclusión en los debates públicos…), la cuestión estaba en rescatar el bipartidismo. Y llegaron las marcas blancas. Las financiaciones alegales, la explosión mediática. Para que todo siga igual.
¿Dónde se fraguaron estas decisiones? Lo desconozco aunque quizás lo intuyo. En centros nada democráticos, seguro. ¿Quién convirtió a la tortura en sí o sí, a pesar de la reforma política, a pesar del ingreso en la Unión Europea, a pesar de que Madrid firmara las declaraciones necesarias en materia de derechos humanos por eso de pertenecer al club económico europeo?
¿Quién marcó, y hago la diferencia del «gestionó», las reformas laborales? ¿Quién, también es válido el quiénes, desmontaron los sistemas de ahorro populares para traspasar esos fondos a los bancos especulativos? ¿Quién estampa la tarifa energética, el número de policías per capita en Euskal Herria, las nóminas de los sindicalitas constitucionalistas, el impuesto a la Iglesia católica, el currículo de las universidades, el copago farmacéutico, la obligatoriedad de la lengua, la altura de las vallas de Melilla o las maniobras en las Bardenas? Evidentemente no son instituciones democráticas las que lo hacen.
El Estado profundo, también en casa (Ahoztar Zelaieta hace una descripción demoledora en su último libro del poder real en Euskal Herria), apunta acontecimientos profundos estructurales. De gran calado cuando transgreden el filtro mediático. Pero no son únicamente esos acontecimientos los que nos espantan. Es la propia esencia del poder moderno, del neoliberalismo que utiliza la democracia como pantalla.
A estas alturas saben a qué, mejor a quiénes me refiero. No se trata del poder paralelo, como ingenuamente alguien podría pensar. Es el Estado profundo, el que tiene las riendas de nuestro presente. El CNI, la Guardia Civil, o el Ejercito en su versión ampliada, los grupos energéticos, sobre todo, los farmacéuticos, la Iglesia, los cárteles (droga, prostitución, tráfico de humanos, de armas, de petróleo)… y los consejos de administración de la banca, dueños y señores de medios de comunicación (quebrados en su totalidad), parlamentos, instituciones y demás señuelos.
Profundamente antidemocráticos, ellos son los auténticos enemigos de la democracia, de la condición humana a la que tanto esfuerzo llevamos siglos por dignificar.

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