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2013/02/22

Lumpenburguesía


"El capitalismo, su modo de producción –ni de destrucción–, no resistiría ni toleraría una corrupción generalizada, no sobreviviría al no haber plusvalía y solo fraude. Su supervivencia reside y consiste en la explotación y el vampirismo sobre la vena del trabajador."

Jon Odriozola

Periodista

No forman una clase social y Marx no los veía con buenos ojos por su carácter medroso y medrador a la hora de posicionarse ante una situación crítica o límite como pudiera ser una transformación social: o revolucionarios o contrarrevolucionarios. Marx se inclinaba por lo segundo.


Pero ¿es posible que segmentos de la burguesía se degraden hasta degenerar en una especie de lumpenburguesía criminal y corrupta? Sí, por supuesto. Lo estamos viendo en este tiempo de canallas. Ya no es la burguesía que la prensa a su servicio llama «emprendedora» y creadora de riqueza –valiente sarcasmo–, dueña de los medios de producción para extraer la plusvalía de los trabajadores –verdaderos creadores de la riqueza–, sino que en este tiempo de granujas quienes parecen mandar son los asaltadores (o salteadores) de caminos... sin embozo. Son la lumpenburguesía, la hez y excrecencia de esa burguesía industriosa y eduardiana, manchesteriana, la especuladora, la que no crea ni un solo céntimo de riqueza para el PIB de un estado. Una lumpenburguesía parásita y canalla. Su lema es el del lumpen tabernario: «este mundo es de los vivos». Zaplana podría ser su líder. Incluso promocionarían, bajo cuerda, partidos políticos filofascistas que abominarían de una supuesta «democracia» que, en realidad, ya nació viciada en origen. Tiempos de canallas, de demagogos. Bastaría con cambiar el «modelo», el «proyecto», el «diseño» y, los más osados, el «sistema». Jamás la revolución. Estamos en manos de aparejadores.

«Lumpenburguesía» es vocablo que hizo fortuna en los años 70 de la mano de A. Gunder Frank. Se refería este analista a las clases dominantes de América Latina que, incapaces de implementar un proyecto nacional autónomo y de articular una conciencia de clase propia –como se supone que hicieron las burguesías de Europa y EEUU–, devenían meros sirvientes de los intereses de la potencias dominantes. A esto llamaba lumpenburguesía. No le daba el carácter cutre y vulgar que yo le doy.

En el Estado español de las autonomías, la lumpenburguesía es un síntoma, epitélico y epidérmico, sí, pero no el carácter ni diagnóstico de la enfermedad indeleble. El capitalismo, su modo de producción –ni de destrucción–, no resistiría ni toleraría una corrupción generalizada, no sobreviviría al no haber plusvalía y solo fraude. Su supervivencia reside y consiste en la explotación y el vampirismo sobre la vena del trabajador. La lumpenburguesía no explota directamente: sólo succiona una cuota de plusvalía –de beneficio– que otros (la burguesía no lumpen, la «honrada», para entendernos, la «contribuyente», como se dice en los telefilms gringos) han extraído a las clases trabajadores. A esta lumpenburguesía defiende un lumpengobierno que ha conseguido que hasta las capas mesocráticas –médicos, maestros, funcionarios– salgan a la calle.

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