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2013/08/02

España es un estado en descomposición

Editorial Gara

Había expectación respecto a lo que Mariano Rajoy pudiera decir sobre el «caso Bárcenas», aunque el interés era más mediático que social y más cercano al morbo que a la búsqueda de respuestas. Era improbable que el presidente español sorprendiera con su discurso, y lo cierto es que se ciñó al guión y sostuvo que el extesorero es el único responsable de una intriga en la que su confianza habría sido traicionada. Se trata de una afirmación increíble por parte de quien lleva casi una década al frente de su partido y que de ser cierta dejaría al mandatario como un inepto, cosa que no es, aunque prefiera pasar por tal antes que admitir su participación en una trama corrupta.

La sesión fue un intercambio de monólogos en el que el presidente del PP no respondió a ninguna de las preguntas que le hicieron. Esto tampoco es sorpresivo, pues hace tiempo que los parlamentos dejaron de hacer honor a su nombre para convertirse en meras tribunas de oradores, en las que cada interviniente cosecha el aplauso entusiasta de su bancada y el abucheo o el desprecio de la contraria. De hecho, la falta de respeto que mostraron ayer muchos diputados y diputadas, que aprovecharon que sus líderes ya habían intervenido para armar barullo o directamente ausentarse de la Cámara, resume perfectamente el ánimo con el que los dos grupos mayoritarios afrontaban la jornada.

Porque si para algo sirvió el remedo de debate prevacacional no fue para conocer algo más sobre la financiación irregular del PP o los sobresueldos de sus dirigentes, sino para constatar que el envilecimiento es algo inherente a las estructuras del Estado. El esperpéntico «y tú más» entre Rajoy y Rubalcaba es indicativo de hasta qué punto el sistema alumbrado por la transición posfranquista nació corrupto, y que es ahora cuando supura por los cuatro costados. España es un estado en constante descomposición y no hay democracia que «regenerar»; solo queda cortar y marcharse.

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