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2014/01/30

Un mundo sin tortura

"En Euskal Herria, se estima que cerca de 10.000 personas han sido torturadas en los últimos cincuenta años."

Rafael Narbona
La Haine
El objetivo de la tortura no es obtener información, sino humillar, intimidar, desmoralizar. La tortura deshumaniza a sus víctimas, convirtiéndolas en objetos que pueden ser mutilados, troceados o electrocutados. Al despersonalizar a la víctima, desaparecen los reparos morales. Cuando una mujer o un hombre se retuercen de dolor sobre un potro de tortura, su identidad se desintegra, convirtiéndose en simple carne martirizada, que gimotea implorando clemencia. A veces, las víctimas son niños, ancianos o mujeres embarazadas. En la Escuela de Mecánica de la Armada, los militares argentinos propinaban descargas eléctricas a los fetos, atando una cuchara a la picana con un alambre e introduciendo el diabólico mecanismo por la vagina. La perversión de la tortura no conoce límites, pues su propósito es manifestar el poder del Estado y reducir a la impotencia a sus adversarios, enviando un mensaje sobrecogedor al resto de los ciudadanos: nadie es inocente, nadie está a salvo, cualquier forma de vida puede ser destruida. Hannah Arendt sostenía que Adolf Eichmann no era antisemita. De hecho, estimaba que la Shoah no debía interpretarse como una manifestación de odio a los judíos, sino como la máxima expresión de un Estado que presupone la culpabilidad de todos y no excluye a nadie de la rueda del verdugo. El mal es banal, pues es un impulso primario, atávico, que se enreda con la burocracia para despojar a los seres humanos de su dignidad.
 
Hace unos días, leía el testimonio de una mujer que había sobrevivido a la tortura en una dictadura del Cono Sur. Cuando el ejército asaltó su casa, sólo tenía diecinueve años. Durante tres días, la picana se ensañó con su cuerpo adolescente. Las descargas eléctricas sólo se interrumpían para ser violada una y otra vez por soldados y policías que se mofaban de su indefensión. El testimonio elude los aspectos más vejatorios de una experiencia literalmente inhumana, pues la deshumanización de la víctima también afecta al verdugo. La mirada del otro –afirma Emmanuel Levinas- impone un mandato inequívoco: no me matarás, no utilizarás la violencia contra mí porque tu Yo no existiría sin el Tú que te nombra y te reconoce como un Igual. El escritor Jean Améry, superviviente de Auschwitz, sufrió un horrible suplicio en la fortaleza de Breendonk, donde los nazis le suspendieron en el aire con unas poleas y le dejaron caer al vacío, rompiéndole ambos brazos. Al escuchar cómo crujían sus huesos, Améry sintió que algo irreparable se hacía añicos en su interior. “Quien ha sufrido la tortura, ya no puede sentir el mundo como su hogar”, escribiría años más tarde. Incapaz de coexistir con sus recuerdos, se suicidó en Salzburgo en 1978. Afortunadamente, no es el caso de la mujer torturada por un régimen militar del Cono Sur, cuyo testimonio he leído con una mezcla de rabia, solidaridad y espanto. Al igual que otras víctimas, ha necesitado mucho tiempo para superar lo vivido, pero aún persiste el pesar de haber facilitado nombres durante las sesiones de picana. Se reprocha a sí misma el no haber soportado hasta el final, sin abrir la boca. Entiendo su aflicción, pero opino que en su caso –y otros similares- no se puede hablar de culpa o responsabilidad. He escuchado o leído algunos testimonios más explícitos, detallando cómo la picana se aplicaba en los ojos, el pecho, las sienes o los genitales. Las víctimas perdían el control de los esfínteres, aullaban como animales o invocaban la protección de sus madres, gimiendo como niños. Durante la ocupación nazi de Polonia, Jan Karski, miembro del Estado clandestino en el exilio, regresó a Varsovia. Detenido por la Gestapo, le golpearon con porras hasta desfigurarle la cara. Después de la primera sesión de torturas, intentó suicidarse con una cuchilla de afeitar. Sabía que la próxima vez hablaría y delataría a sus compañeros. No murió desangrado porque la Gestapo le necesitaba con vida para continuar los interrogatorios. Internado en un hospital, Karski logró fugarse con la ayuda de la Resistencia, que sobornó a unos celadores.

La mujer de la que hablo era casi una niña. Karski, en cambio, tenía 26 años, había servido en el ejército y se movía en la clandestinidad. Fue una de las primeras voces que denunció los campos de exterminio nazis, pero Churchill no quiso recibirle y el Presidente Roosevelt le escuchó sin mucho interés, no adoptando ninguna medida para frenar el exterminio de judíos, eslavos, gitanos, comunistas y otros prisioneros. El porcentaje de personas que aguantan la tortura sin hablar es ínfimo, estadísticamente irrelevante. El Estado recurre a ella porque conoce su eficacia como instrumento de dominación y represión. Nadie que haya hablado en esas circunstancias, puede considerarse culpable, pues desde el punto de vista moral sólo son responsables los torturadores. Y no me refiero sólo a los esbirros que apalean, violan y matan, sino también a sus superiores y, particularmente, a los que organizan la represión desde un despacho, amparados en su poder político. Desgraciadamente, la tortura no ha desaparecido. Estados Unidos mantiene abiertas dos escuelas de tortura: Fort Benning en Columbus (Georgia) y la Political Warfare Cadres Academy en Taiwan, donde se instruye sobre técnicas de contrainsurgencia y métodos de interrogatorio. Se sigue torturando en Guantánamo, la base aérea de Bagram y en numerosas cárceles secretas de la CIA y la Marina de Guerra. Rusia, Israel o China no muestran más respeto con los derechos humanos. Y en la UE siguen apareciendo casos, especialmente en el Estado español, cuya legislación antiterrorista permite una incomunicación de 13 días, sin posibilidad de contar con un abogado o un médico de confianza. En Euskal Herria, se estima que cerca de 10.000 personas han sido torturadas en los últimos cincuenta años. En los 80, la Inglaterra de Margaret Thatcher también promovía la tortura y los asesinatos extrajudiciales contra los republicanos del Ulster.

¿Es posible superar la tortura? No lo sé. No he pasado por esa terrible experiencia. André Malraux afirmaba que la muerte no es nada frente a la tortura. Para el torturado, “fuera del sufrimiento físico no hay nada real”, escribe en La condición humana. No concibo nada peor que convivir con esos recuerdos y con la congoja de haber facilitado información por la humanísima y perfectamente comprensible incapacidad de soportar el dolor. Los Estados seguirán torturando mientras no exista una democracia real, donde el pueblo pueda ejercer su soberanía y sus derechos. Estamos muy lejos de ese escenario, pero creo que reducir el tamaño del Estado sería el primer paso para frenar sus abusos. Los Estados-nación o los imperios como Estados Unidos son gigantes que pisotean a sus ciudadanos. La autodeterminación de los pueblos no balcanizaría Europa, sino que la humanizaría y tal vez permitiría acabar con los abusos de las instituciones. Sueño con un mundo sin torturas. Es un sueño utópico, difícilmente realizable, pero es un horizonte ético al que no podemos renunciar.

En marzo de 2011 la Guardia Civil practicó una redada en Bizkaia contra las estructuras militares de ETA en Bizkaia que concluyó con gravísimas denuncias de torturas. Sobresalía la de Beatriz Etxebarria, que incluía otra nueva violación en los calabozos españoles a militantes vascas y vascos. Segun el testimonio de Beatriz, el Comité Europeo establece que fue violada en calabozos policiales 

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