
Jon Kortazar Billelabeitia (*) historiador
GARA
Ucrania ha saltado a las primeras páginas de los periódicos de
medio mundo debido a las protestas bautizadas como «Euromaidan» (Europlaza). La
imagen que la prensa convencional nos ha transmitido es la de un protesta
«democrática» frente a un Gobierno «autoritario» que emplea la violencia para
aplastar esas protestas; unas protestas para «acercar Ucrania a Europa» (parece
que está en otro continente), contra un Gobierno «subordinado a Rusia». Por
tanto, la foto está ya sacada: Ucrania debe «liberarse del patronazgo ruso» para
emprender su camino en la democratización de la mano de la UE, que le ayudará en
las «reformas democráticas». Por si queda alguna duda, los jóvenes en las calles
de Kiev ayudan a «clarificar» la foto: jóvenes montan barricadas en la calle
contra la policía, ergo debe ser una lucha justa.
Las razones del Gobierno ucraniano para no firmar el Acuerdo
de Adhesión de la UE apenas han sido comentadas. Básicamente y al contrario de
lo que se ha repetido, la UE no ofrecía la membresía a Ucrania, sino un tratado
Asociación y Libre Comercio que ha ofrecido ya a diversos países, entre los
cuales hay países no europeos como Sudáfrica o Egipto. Ese tratado establecía
que Ucrania debía de facilitar el libre comercio con los países de la UE, con lo
cual los productos de la UE debían tener abiertas las fronteras económicas de
Ucrania. Esto significa que además de dejar a Ucrania inerte frente a una
posible invasión de productos-dumping europeos, Ucrania debía de romper la
armonización comercial con Rusia, con grave perjuicio para las industrias que
dependen de inputs rusos o para empresas que venden en Rusia (el comercio con
Rusia y Bielorrusia significa el 40% del comercio ucraniano). Y es que el
mercado ucraniano con 46 millones de habitantes es muy apetecible, sobre todo
para Alemania y Polonia, países que han liderado la ofensiva diplomática.
Y por si esto fuera poco, el Acuerdo de Adhesión exigía que
Ucrania tomase unas duras medidas que afec- taban a las clases populares, como
la subida de los precios del gas, limitación del papel del Estado en este sector
(privatización), «reducción del déficit presupuestario» (recortes) y
congelaciones salariales. Esto es algo a quien cualquier persona de ideas
progresistas se hubiera opuesto; pero hay un sector en la «izquierda» que
critica las «imposiciones de la troika» en Madrid o Atenas e incluso exige a sus
Gobierno que se planten, pero ve criticable que esa decisión la tome un país
soberano periférico al sistema de valores occidental. Basados en concepciones
eurocentristas, «Bruselas» o la UE pasan de ser «mercados y troika» a ser
«agente de la democracia».
Y respecto a la «democracia» nos topamos con el atrezzo, las manifestaciones «masivas» a favor de la UE y contrarias al Gobierno, cuya dimisión exigen. Estas manifestaciones y la supues- ta «violencia policial» empleada contra ellas han dado otra oportunidad a los políticos occidentales para entrometerse en la política ucraniana: el Ministro de Exteriores alemán, Guido Westerwelle, y la Subsecretaria de Estado de EEUU para Asuntos Europeos, Victoria Nuland, han participado en alguna movilización; Catherine Ashton se ha reunido y fotografiado con los líderes de la oposición (incluido el ultraderechista Oleh Tyahnybok), diversas cancillerías occidentales han instado el Gobierno democrático ucraniano que «escuche y/o ceda a las protestas populares» (petición dirigida desde países muy remisos a hacer caso a protestas en sus propios países), incluso una misión de la UE no solicitada por Ucrania se ha desplazado a Kiev para «estudiar las posibles violaciones de Derechos Humanos». Por tanto, estas movilizaciones se nos presentan como un complemento de la ofensiva diplomática de la UE.
Sin embargo, ¿cuál ha sido la realidad de las movilizaciones? Los manifestantes se han empleado con extrema violencia, asaltando o bloqueando edificios oficiales (como el Ayuntamiento de Kiev o el despacho de la presidencia) y atacando a la policía con gases lacrimógenos, bengalas, incluso con una excavadora. La respuesta de la policía ucraniana ha sido muy comedida: en cualquier país de la Unión Europea la policía está acostumbrada a disparar por mucho menos. De hecho, según un organismo como Amnistía Internacional (organización no sospechosa de simpatías hacia Yanukovich) ha habido más heridos entre los policías que entre los manifestantes. Pero esto no es óbice para que la «violencia policial» o el «autoritarismo del Gobierno» se hayan convertido casi en verdades en nuestros subconscientes.
¿Quiénes son estos manifestantes que tan vehementemente protestan por la caída de Yanukovich? Sobre todo provienen de dos sectores: el primero son jóvenes organizados según el esquema de las «revoluciones de colores» que tuvieron éxito en diver- sos países del Este de Europa (incluida Ucrania, donde impusieron al presidente Yuschenko en la «Revolución Naranja» de 2004). En este caso se trata de organizaciones fuertemente vinculadas a redes de ONGs de propaganda de EEUU resueltas a «ex- tender la democracia por el mundo» en sintonía con la ideología neoconservadora de supremacía del mundo occidental. Suelen ser organizaciones que basan su lucha en la «no-violencia» según el manual del teórico Gene Sharp. El mismo Sharp admite que este tipo de lucha es más eficaz y «vendible» que el tradicional golpe de Estado militar (es más atractivo ver a jóvenes agitando banderas que a militares sacando tanques a la calle), y remacha que «nuestra función es hacer abiertamente lo que la CIA hacía encubiertamente». En efecto, la misión de estas «organizaciones de colores» es pretender cambiar por medios no-convencionales el Gobierno o la política de países soberanos e incómodos a EEUU.
En el caso de estas organizaciones que protagonizaron las
«revoluciones de colores», son sobre todo organizaciones sin una aparente
propuesta ideológica clara; se limitan a repetir consignas mínimas: «contra la
corrupción», «por la libertad y la democracia» y etc. Sin embargo, apenas vemos
críticas hacia el capitalismo como modo de producción, la pobreza o el injusto
reparto de la pobreza. La realidad es que el anticapitalismo (a pesar que puede
ser utilizado como marketing icónico) no forma parte de estas organizaciones,
que por cierto, siempre que han triunfado han establecido Gobiernos
neoliberales. Como se ha comentado, en Ucrania en 2004 se dio la «Revolución
Naranja» capitaneada por la organización Pora! (¡Ahora!). Este año parece que el
testigo ha sido tomado por FEMEN, supuesto grupo «sextremista» conocido por sus
campañas agresivas y provocativas, pero perfectamente encuadrables en una lógica
occidental: sus protestas políticas se han dirigido contra Putin o Yanukovich,
pero nunca contra Merkel, Hollande u Obama.
El segundo sector juvenil es la extrema derecha, envalentonada por unas protestas en cuales se apunta contra Rusia, enemigo de la extrema derecha ucraniana (que luchó contra la URSS y a favor de los nazis). Las banderas rojinegras del ejército colaboracionista ucraniano de la segunda guerra mundial o del partido fascista Svoboda (con representación en el parlamento ucraniano) han sido muy visibles en las movilizaciones, así como su líder Oleh Tyahnybok. El vandalismo contra la estatua de Lenin es una prueba del gran papel que ha tenido Svoboda en el Euromaidan.
Hoy, en Ucrania está en juego la soberanía nacional económica o el colonialismo mercantil con una supremacía ideológica de la ultraderecha. Nosotros ya hemos elegido.
*Firman también: Asier Blas; Axier Lopez; Beatriz Esteban; Ibai Trebiño;
Joseba Agudo; Marikarmen Albizu; Nerea Garro; Ruben Sánchez Bakaikoa y Xabier De
Miguel (militantes internacionalistas).
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