""El sistema manicomial era lo más
parecido a una condena de por vida por no hablar de una muerte en vida",
afirma Juan Sánchez, precisando que "era peor que la cárcel, ya que de
esta se acaba saliendo y no se pierden los derechos"."
RAFAEL GUERRERO
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La asistencia psiquiátrica durante el franquismo era
"pervertida y deshumanizada" y estuvo marcada por una "sordidez
extrema", en palabras de Juan Sánchez Vallejo, médico psiquiatra que ha
escrito el libro ‘La locura y su memoria histórica' (Ediciones
Atlantis), en el que analiza la evolución de la especialidad en España
desde el franquismo hasta hoy, al tiempo que recuerda a los enfermos
mentales a quienes la dictadura arrinconó en manicomios como desechos
humanos desprovistos de derechos. El autor se formó como médico y
psiquiatra en los años 60 y 70 en la Universidad de Sevilla y en el
manicomio de Miraflores, donde comprobó cómo el régimen utilizó también
estos hospitales para encerrar de por vida a muchos republicanos que
podían causarle molestias.

La psiquiatría evolucionó poco en
España por culpa del franquismo, que impidió a través de su estructura
de poder universitario que penetraran las modernas corrientes
internacionales que entroncaban la enfermedad mental con el contexto
social, frente al biologismo imperante que se apoyaba en los hospitales
psiquiátricos para aparcar a los enfermos, tranquilizarlos y
desactivarlos como personas a base de cruentos tratamientos -lobotomía,
electroshock, coma insulínico, abscesos de trementina, etc.- y de
atiborrarlos con potentes fármacos.
"El
sistema manicomial era lo más parecido a una condena de por vida por no
hablar de una muerte en vida", afirma Juan Sánchez, precisando que "era
peor que la cárcel, ya que de esta se acaba saliendo y no se pierden
los derechos". En ese contexto, no resulta extraño que el régimen
se aprovechara de ese oscuro túnel del sistema manicomial como
instrumento complementario de represión política. Otro más, pero con la
ventaja de dejar a los elementos molestos desactivados para siempre
hasta su muerte, convirtiendo a opositores marginales en locos
irrecuperables.
No estaban locos, eran sencillamente republicanos, pero los encerraban en el manicomio
Durante
su dura experiencia como médico alumno en prácticas de psiquiatría en
el manicomio sevillano de Miraflores -un inmenso edificio donde en los
años sesenta vegetaban entre 1.200 y 1.500 enfermos mentales-, Juan
Sánchez Vallejo pudo comprobar no sólo que muchos internos carecían de
ficha, "como si no existieran", sino que había un "nada despreciable
porcentaje nunca inferior al 10 por ciento" de fichas con la casilla del
diagnóstico en blanco.
"Mosqueado por este hecho -escribe
textualmente en el libro-, le pregunté a uno de nuestros profesores
adjuntos de cátedra por aquel detalle aparentemente menor y que,
inicialmente, achaqué ingenuamente a algún descuido en la transcripción
de la historia clínica. Pero la respuesta que me dio, me dejó helado. El
profesor me vino a decir queno tenían diagnóstico porque no entraron al
manicomio como enfermos, sino como medio delincuentes y medio
vagabundos del otro banco de la guerra civil y que les habían metido
allí por no saber a dónde llevarles".
No estaban locos, eran sencillamente republicanos, pero los encerraban en el manicomio.
"Te lo decían ellos", dice Sánchez Vallejo que recuerda a uno que le
comentó: "Mire usted, yo estaba vagabundeando porque no tenía donde
caerme muerto. Un día la Guardia Civil me recogió, se enteró de quien
era, de cuál era mi ideología y me trajo aquí. Y aquí llevo veintitantos
años".
La paradoja es que la dictadura se sirvió de la
legislación republicana para encerrar de por vida a esos opositores en
situación personal marginal y para desactivarlos como personas.
Concretamente, del decreto sobre asistencia a enfermos mentales de 1931
-"que permitía internamientos manicomiales involuntarios de personas
locas o cuerdas, mediante una simple orden judicial o gubernativa, un
mandato de un alcalde o comisario, o simplemente por indicación médica o
familiar"- y de la tristemente famosa ley de vagos y maleantes de 1933.
Es decir, normas que fomentaron la discrecionalidad y el abuso,
arruinando la vida a miles y miles de españoles.
Muchos de ellos
acabaron sus días en el manicomio tras décadas de internamiento,
adaptados a la fuerza a aquella sórdida vida, colaborando en labores de
limpieza y otros menesteres. "Diríase que habían conseguido galones y un
extraño estatus al que ya no querían renunciar".
El autor de ‘La
locura y su memoria histórica', Juan Sánchez Vallejo, se vio forzado a
emigrar y tuvo que buscarse trabajo fuera de Andalucía hasta que se
estableció a comienzos de los años setenta en el País Vasco. ¿El motivo?
Porque fue represaliado - junto a otros
compañeros- por las autoridades académicas de la Universidad de Sevilla
tras haberse atrevido a fotografiar -con la discreta complicidad de
algunas monjas enfermeras- y a denunciar públicamente el trato inhumano y
vejatorio que padecían los enfermos mentales del manicomio de Miraflores.
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