"Se ha demonizado al independentismo vasco mediante un periodismo de guerra alineado con las tesis españolistas."
Rafael Narbona, escritor y critico literario
http://rafaelnarbona.es/
ETA declaró un alto el fuego unilateral,
incondicional e irreversible el 20 de octubre de 2011, pero el Estado
español mantiene su política de represión y hostigamiento. Sin celebrar
una consulta popular, no se puede determinar el porcentaje de vascos que
anhelan la independencia, pero las dos fuerzas mayoritarias en el
Parlamento autonómico (PNV y EH-Bildu) son soberanistas. El lehendakari
Iñigo Urkullu ha manifestado que “el PNV busca la independencia, pero
somos conscientes del momento”. Al margen del matiz coyuntural, PNV y
EH-Bildu suman 48 escaños. Los partidos españolistas (PSOE, PP y UPyD)
sólo llegan a 27. Se puede hablar, por tanto, de una mayoría que se
identifica con la reivindicación de una Euskal Herria independiente y
soberana. En 2012, una encuesta del CIS arrojaba un escrutinio que
reflejaba un empate virtual, con un 41’5% a favor de la independencia y
un 42’6% conforme con la situación actual. Por el contrario, el
Euskobarometro obtenía unos resultados diferentes: un 53’3% votaría a
favor de la independencia y un 46’5% no. Es evidente que Brian Currin,
abogado sudafricano y mediador internacional, no se equivocaba al
afirmar que ETA no es problema. Organizador con Lokarri (un movimiento
social pacifista) de la Conferencia Internacional de Paz de San
Sebastián celebrada en octubre de 2011, que contó –entre otros- con la
presencia de Kofi Annan, Gerry Adams y Bertie Ahren, Currin afirmó en
una entrevista realizada por John Carlin para el diario El País:
“ETA no es el tema. El tema central es que hay mucha gente en el País
Vasco cuyas aspiraciones están en conflicto con la Constitución
española. De hecho, muchos creen que les fue impuesta. No se puede
simplificar hablando de buenos y malos. Estamos hablando de sentimientos
que tienen un peso político real. Esto es lo que hay que tratar de
resolver a través de un proceso de paz, o de negociación o de diálogo, o
llámelo lo que uno quiera” (25-IX-2011).
“Los suyos son crímenes, los nuestros
son errores”, afirmó Rodolfo Martín Villa, Ministro del Interior con la
UCD. Sin embargo, la justicia argentina ha admitido a trámite la
querella presentada contra él por su responsabilidad en la masacre de
Vitoria-Gasteiz el 3 de marzo de 1976, cuando la Policía Armada disparó
contra un grupo de trabajadores en huelga que se habían refugiado en una
iglesia. Las balas acabaron con la vida de 5 huelguistas e hirieron a
otros 150. Martín Villa ocupó el cargo de Ministro del Interior entre
1976 y 1979, un período en el que las Fuerzas de Seguridad del Estado
mataron a 54 personas. En un alarde de cinismo, Martín Villa ha
declarado que la querella presentada contra él “no le ha quitado ni un
minuto de sueño”. Si algún dirigente de ETA manifestara algo semejante,
se produciría un verdadero linchamiento mediático. No voy a negar que la
“Guerra del Norte” produjo mucho sufrimiento, pero las ofensivas de ETA
no fueron más cruentas que las del IRA Provisional, que mató entre 1969
y 1997 a 1.100 efectivos de las diferentes fuerzas militares y
policiales británicas y a 700 civiles (la mayoría paramilitares
lealistas), o las de Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación),
brazo armado del Congreso Nacional Africano, que utilizó el coche bomba
para realizar sabotajes y atentados mortales. Se desconoce el número
exacto de víctimas del brazo armado del ANC, pero algunos de los
atentados fueron particularmente mortíferos y causaron bajas civiles. En
1983, la sede de la Fuerza Aérea voló por los aires, provocando la
muerte de 19 civiles e hiriendo a 217 personas. En 1985, perdieron la
vida cinco civiles y 40 resultaron heridos al explotar una bomba en un
centro comercial de la costa sur de Natal. Tres de las víctimas mortales
eran menores. En 1986, estalló un artefacto explosivo en un bar situado
en la primera línea de una playa de Durban. Murieron tres civiles y 69
personas sufrieron heridas de diversa consideración. El 21 de mayo de
1987 estallaron dos bombas en la fachada trasera del Tribunal de
Justicia de Johannesburgo, acabando con la vida de tres policías y
dejando malheridos a otros cuatro. Seis transeúntes resultaron heridos
de diversa consideración. Los artefactos habían sido colocados en un
coche azul y su explosión había sido programada para la hora del
mediodía, cuando los funcionarios del Tribunal de Justicia solían
abandonar el edificio para almorzar. El ANC reivindicó el atentado y no
escogió la fecha al azar. Se cumplía el cuarto aniversario de una
cruenta acción en Pretoria, cuando otro coche bomba mató a 19 personas e
hirió a 239. Sólo en 1987, el ANC realizó 25 atentados con el mismo
método. En los años posteriores, se mantuvo la misma dinámica. Nelson
Mandela fue uno de los fundadores de Umkhonto we Sizwe y
justificó su iniciativa, sin mostrar ninguna clase de pesar o
arrepentimiento: “Llegué a la conclusión de que la violencia era
inevitable. Era poco realista y autodestructivo predicar la paz y la no
violencia cuando el gobierno respondía a nuestras demandas con
represión. Adoptar la decisión no fue sencillo, pero el gobierno no nos
había dejado otra opción”. En el Manifiesto fundacional de Umkhonto we Sizwe,
se lee: “En la vida de las naciones a veces llega el momento en que es
necesario elegir entre luchar o someterse. Ese momento ha llegado para
Sudáfrica. No tenemos otro remedio que devolver golpe por golpe, con
todos los medios a nuestro alcance. Actuamos en defensa de nuestro
pueblo, nuestro futuro y nuestra libertad”.
Estas palabras tal vez explican que hace
unos días el arzobispo y premio Nobel Desmond Tutu haya pedido la
excarcelación de Arnaldo Otegi y haya calificado de “presos políticos” a
los activistas de ETA que cumplen condena en las prisiones españoles.
Tutu se ha pronunciado en contra de la política de dispersión
penitenciaria y ha deplorado que Otegi, “líder del proceso de paz” sufra
una reclusión inmerecida. “La decisión de ETA de dejar fuera de uso
todas sus armas es valiente –afirma Tutu- y una medida importante para
crear confianza. Abre la puerta a una paz duradera”. Duramente criticado
por los medios de comunicación españoles, Tutu ha formulado la clave
del problema. Al igual que los argelinos, los vascos son una nación y su
lucha por la independencia desembocó en la violencia por la
inexistencia de vías democráticas y pacíficas para negociar sus derechos
nacionales. Una situación que se hizo dramática con el franquismo, cuya
política de genocidio cultural incluyó la prohibición del euskara, y
que no se resolvió con una democracia encabezada por un Jefe de estado
impuesto por la dictadura. Negar al pueblo vasco su condición de pueblo
es el recurso del Estado español para descalificar a los
independentistas radicales y adjudicarles la condición de terroristas.
“No hay un pueblo palestino”, afirmo Golda Meier, ex primera ministra de
Israel. “No hay un pueblo vasco”, han repetido una y otra vez los
políticos, militares e intelectuales españolistas. Fernando Savater ha
exclamado con su zafiedad habitual: “Lo de Euskal Herria es una
chorrada”. Gustavo Bueno no se queda atrás en violencia verbal y
grosería: “La nación vasca es una invención de la Historia que ha
cuajado en la mente de unos fanáticos. […] Me gusta decirle a los vacos
que cuanto más antiguo es su idioma más cerca está del lenguaje de los
chimpancés”. Partidario de la pena de muerte, Gustavo Bueno ha
manifestado con orgullo que España es un imperio y ha abogado por enviar
los tanques a Euskal Herria. Esta agresividad está a la misma altura
que la de los generales Andrés Casinello, arquitecto y ejecutor del Plan
ZEN, y José Antonio Sáenz de Santamaría. Ambos han manifestaron que
preferían la guerra a la independencia de Euskal Herria.
"...la experiencia de Vietnam dejó
muy claro que la opinión pública se rebela cuando aparecen niños huyendo
de aldeas calcinadas por el napalm. Formar parte de la OTAN nos ha
embarcado en guerras militares inmorales e ilegales (Irak, Afganistán,
Libia)."
Hace algo más de un año, visité Bilbao.
No conocía la ciudad y conseguí llegar a mi destino, preguntando a los
transeúntes. Casi siempre mencionaba que era de Madrid para explicar mi
desconocimiento del entorno. Nadie me respondió con hostilidad. Por el
contrario, todo el mundo se mostró muy amable. Me tomé unas cañas en la Herriko taberna
de Santutxu y hablé un poco con uno de los camareros, comentándole que
simpatizaba con la izquierda abertzale. “También puedes discrepar”, me
respondió con una sonrisa, “pero con respeto”. No sospechaba que la
Guardia Civil registraría la Herriko taberna un año más tarde,
después de detener a Asier González Soreasu, acusado de “colaborar con
ETA”. Los agentes entraron al local con Asier y salieron con varias
cajas. Medio centenar de vecinos se solidarizaron con Asier, mientras la
Guardia Civil se lo llevaba esposado. Esa es la respuesta de Madrid al
proceso de paz impulsado por Otegi. Una estrategia represiva que no
concede ninguna tregua ni esconde su sed de venganza. La reciente
disolución de Herrira y la de ocho miembros de la Koordinadora Taldea
–entre ellos, los abogados Arantza Zulueta y Jon Emparantza- corroboran
que el Estado español no busca la paz, sino la humillación del
adversario. Nos han dicho que la integración en la UE y en otros
organismos internacionales significaba apostar por el progreso, la paz,
la solidaridad, la libertad y los derechos humanos. Algunos
intelectuales mediáticos abogaban incluso por un Estado Mundial (José
Antonio Marina), pero ahora sabemos que los pueblos pierden sus derechos
y su identidad cuando se incorporan a grandes estructuras de poder.
Estados Unidos promueve la expansión de la OTAN, asegurando que su
intención es globalizar la democracia, pero no reconoce la jurisdicción
de la Corte Penal Internacional ni permite la libertad de prensa en los
países intervenidos militarmente. Sus crímenes de guerra y sus
constantes violaciones de los derechos humanos quedan impunes y ni
siquiera hay testimonios gráficos, pues la experiencia de Vietnam dejó
muy claro que la opinión pública se rebela cuando aparecen niños huyendo
de aldeas calcinadas por el napalm. Formar parte de la OTAN nos ha
embarcado en guerras militares inmorales e ilegales (Irak, Afganistán,
Libia). Pertenecer a la UE y adoptar el euro, nos ha hundido en la
pobreza, al igual que al resto de los pueblos del Sur de Europa. Es
imprescindible romper con esta nueva forma de expolio y colonización.
Los pueblos deben elegir libremente su destino, adoptando el modelo
político y social que deseen. Una Euskal Herria independiente y
socialista sería un motivo de esperanza. Catalanes y vascos votaron a
favor del no en el referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN
celebrado en 1986, pero su condición de regiones y no de pueblos
soberanos escarneció la voluntad popular, forzando una integración no
deseada. La Europa de los Pueblos es una alternativa que podría
reemplazar a la Europa de la Troika. Los Estados-nación están
controlados por la banca y la patronal. Su función real es pisotear,
explotar y someter a la ciudadanía. En el caso de Euskal Herria, debe
cesar la represión y abrirse paso el diálogo, pero la escalada de
detenciones y juicios revela el deseo de mantener una estrategia de
tensión. “El gobierno de España –ha declarado Arnaldo Otegi desde la
cárcel- no tiene interés en la paz, no la desea y añora el escenario en
donde la existencia de la violencia armada de ETA le permitía esgrimir
el enemigo interior necesario para ocultar su profunda naturaleza
antidemocrática, antisocial y autoritaria”. Desgraciadamente, tiene
razón. ETA era el enemigo interior. Ahora le toca el turno a los
movimientos sociales que piden “pan, trabajo y un techo para todos”. No
hay que perder la esperanza. La historia de la humanidad es la historia
de la lucha de clases y yo albergo la convicción de que el pueblo
trabajador tendrá la última palabra.
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