"El PNV de hoy no se parece demasiado al del nacionalismo que fundaron
los hermanos Arana, en 1894, ni al patriotismo independentista y social
de la refundación Gallastegi (1921). Y es que, desde que en 1898
entraron por la puerta de atrás los poderosos y sigilosos miembros de la
fracción fuerista, (los euskalerriacos) agrupados alrededor del nombre y
el talonario del multimillonario Sota, los intereses fenicios han
abducido a la militancia, convirtiéndola en una caldera interclasista
repleta de tensiones."
Josemari Lorenzo Espinosa
http://www.euskolurra.eu/

El partido siempre ha tenido un apreciable arrastre sociológico y se
ha identificado con buena parte de las emociones, pasiones y razones del
pueblo vasco. Al menos en los aspectos formales. Hoy, y gracias a eso,
tiene también un indiscutible poder autonómico (no confundir con
autónomo) que, no por ser delegado, obediente y sumiso con el Estado, es
menos poder. Este poder se resume coloquialmente en las transferencias
emblemáticas: palo y zanahoria (porra e impuestos) de la Policía y las
haciendas forales.
Pero el principal problema que tiene el partido, desde hace tiempo,
es un asunto de identidad. El PNV de hoy no se parece demasiado al del
nacionalismo que fundaron los hermanos Arana, en 1894, ni al patriotismo
independentista y social de la refundación Gallastegi (1921). Y es que,
desde que en 1898 entraron por la puerta de atrás los poderosos y
sigilosos miembros de la fracción fuerista, (los euskalerriacos)
agrupados alrededor del nombre y el talonario del multimillonario Sota,
los intereses fenicios han abducido a la militancia, convirtiéndola en
una caldera interclasista repleta de tensiones. Cada cierto tiempo, esta
caldera explota provocando giros, escisiones, rupturas, enfados,
desengaños y nuevas fundaciones.
Desde que murió Sabino Arana (1903), apartaron a Kondaño (1906) y
expulsaron a Luis Arana (1915), pueden contarse al menos las siguientes
desavenencias en la familia nacionalista: Comunión Nacionalista (1916),
Aberri-PNV (1921), ANV (1930), Jagi-Jagi (1934), Luis Arana, otra vez
(1936), ETA (1958), EGI (1972), EA (1982), Iniciativa Ciudadana (años
90)…etc. Una determinada historia del PNV no es mas que la de sus
divisiones, adobadas con otros tantos intentos fallidos de regenerar el
nacionalismo, consolidar un frente nacional y aglutinar en torno a unos
puntos mínimos, diferentes intereses sociales.
Larrazabal: una cena indigesta
La tragedia política de los seguidores del PNV es que no son
nacionalistas. Son sotistas y no lo saben. Sus dirigentes realizan en la
práctica política el ideario del millonario Sota y, al mismo tiempo,
hacen creer a sus militantes, votantes y simpatizantes que siguen a
Arana, del que nunca hablan. O sea, que son nacionalistas, pero sin
exagerar: modernos, sin tanta religión, sin tanta política, sin tanta
independencia.
El PNV ha ritualizado el culto a Arana con varias estatuas, algunas
calles con su nombre, una fundación para desgravar impuestos y
conciencias, varios premios amañados, un pseudo centenario, un homenaje
funerario anual en Sukarrieta…Y poco más. Ninguna lectura, ningún
debate, ningún seminario, ninguna cátedra en las universidades que
controla el partido, ninguna pregunta…Quién era Arana?.. Qué era?..
Hubiera aconsejado ayudar a España, en una guerra civil?…Y en una
transición?… Hubiera dado la mano, y algo mas, al rey de España?…
Aprobaría el Estatuto?…Se hubiera negado, como Aguirre, a proclamar la
independencia vasca en 1936?… Hubiera sido un laborioso parlamentario
español, tipo Anasagasti, para estar donde “se cuece cualquier cosa que
interesa a los vascos”.
A Sota, en cambio, en el PNV, le conocen o reconocen todavía menos.
No saben ni su nombre completo. O lo saben de otras cosas. Les
avergüenza su capitalismo excesivo, su ambición, sus maniobras políticas
y financieras, en la oscuridad. Lo esconden mas todavía, que al
fundador. Sota tampoco existe en el batzoki. Ni siquiera tiene una foto
protocolaria, en las paredes, como Sabino.
Y sin embargo, su espíritu se pasea cómodo por la contabilidad
interna del partido, sin que nadie lo advierta.
Ni sepa muy bien de
dónde procede. Su fantasma merodea gozoso entre transferencias
autonómicas y debates presupuestarios, en los Conciertos Económicos y la
negociación del Cupo. Entre amistades reales y cartitas con el
gobierno. En los parlamentos de España. En ese “depender, pero pagando
lo menos posible”, que guía el GPS de Ajuria Enea y que tanto odiaba
Arana.
Es una historia nunca escrita, pero la contraposición de estas dos
personalidades del nacionalismo sería clave para entender toda la
Historia del PNV sus problemas, ambigüedades e incluso su comportamiento
colaboracionista actual. Los dos fueron coetáneos: Arana (1865-1903) y
Sota (1857-1936), coinciden en los años claves del desarrollo económico y
político de Euskadi. Sus presencias se unen y se separan, en el mismo
punto de inicio del nacionalismo. Arana publicó “Bizkaya por su
independencia” en 1893. Sota se interesó por el autor y convocó una
cena-política en el caserío Larrazabal, para conocer a los hermanos
Arana, y saber qué querían en realidad. Y sobre todo qué podía sacar de
ellos.
Los Arana, en su ingenuidad política, creían que la invitación era un
homenaje a Sabino por el libro. Pero en realidad, la invitación era un
casting político, organizado por Sota. El naviero y minero, luego
banquero, marqués, sir del Imperio Británico, amigo de reyes y fuerista
convencido, trataba de abrirse camino social y político, a codazos con
la oligarquía de Neguri, que dominaban el españolista Chávarri y su piña
monárquica. Entonces Sota gustaba rodearse de jóvenes fueristas, con
ideas prometedoras. Y creyó haber encontrado, en Arana, un proyecto
“fresco” y manejable, para dar cuerpo político-social a sus intereses
económicos.
Pero aquella noche, Sabino lee su Manifiesto de ideas e intenciones
independentistas (el Manifiesto de Larrazabal) y el banquero se queda
perplejo. Aquello iba en serio y sobrepasaba peligrosamente sus
expectativas, de permanecer cómodo en España. Sota que ya tenía minas y
terrenos, en Cantabría, que acababa de comprar otro coto en Almería, mas
una concesión de ferrocarril, que empezaba a amasar una fortuna
naviera, proyectaba sus propios Bancos y pensaba en España como un
mercado propicio para sus negocios, no iba a renunciar a todo por la
independencia vasca. Se revolvió incómodo en su silla cuando Arana dijo
con la solemnidad y vehemencia que le caracterizaban, que estaba
dispuesto a morir y sacrificarlo todo, incluso su “hacienda”, por la
libertad vasca.
La reunión no resultó como esperaba ninguna de las partes. Sota y los
suyos, pagaron la cena, pero se marcharon casi sin despedirse,
convencidos de que no podían contar con los exaltados hermanos. No, por
el momento. Estos se quedaron solos, poco menos que abandonados a su
suerte. Solo les acompañó una frase de apoyo del pintor Guiard, que dijo
a los hermanos, antes de salir: “Vosotros tenéis razón y todos esos son unos insustanciales“.
Un yanqui del norte
Arana era joven, idealista, romántico, impetuoso, sin doblez y
dispuesto a dar lo que tenía, incluso la vida, por sus ideas. Un
temperamento contracorriente, en aquel Bilbao de Bancos y negocios, que
pensaba en español y calculaba en dividendos. Sota era algo mayor,
manipulador, un hombre de negocios, hábil y ambicioso. Un “yanqui del norte”,
como llamaba Alzola a los magnates vizcaínos de su tiempo. Sota tenía
ideas fueristas. Pocas, pero muy serias. Cuentan que llegó a decir,
cuando la compra de votos era legal y se anunciaba en prensa: “Si es necesario dar un barco por un voto…se da“. Era una boutade,
una bilbaínada…Y por tanto no era cierta. Pero también era un síntoma
de la enfermedad de un país donde todo tenía un precio, en metálico.
Este hombre necesitaba un partido para dar cuerpo político a sus
expectativas económicas. Y el talonario no iba a ser un impedimento para
ello.
En 1898, cuando el PNV, fundado cuatro años antes, atravesaba una
coyuntura adversa y su escaso centenar de afiliados estaban siendo
acosados por la furibunda exaltación españolista, por la guerra de Cuba,
los hermanos Arana cedieron a la presión fenicia. Permitieron la
entrada de Sota y la ayuda propagandística de sus periódicos. Se
equivocaron, sin duda, pero los actuales militantes no lo saben. Y Sota
se quedaría para siempre.
En los años siguientes, Arana estaba en la cárcel y moría
prematuramente. Sota, con el camino despejado, seguía navegando en su
yate (con ikurriña, eso si) y se convertía en el multimillonario e
influyente marqués de Llano y caballero del imperio británico, gracias
entre otras cosas a sus negocios durante la gran guerra del 14. Manejaba
el partido entre los bastidores políticos que tejían sus empresas y sus
hombres se colocaban en los cargos políticos y sindicales claves. Uno
de sus hijos llegó a ser presidente de la Diputación de Bizkaia y los
empleados sotistas empezaron a marcar la vida del partido, dándole el
carácter que hoy tiene. Los mas conocidos sotistas del PNV, de antes y
de ahora que siguen en sus puestos y en la historia. ni siquieran lo han
sabido: Eleizalde, Kizkitza, Aguirre, Leizaola, Landaburu,
Ajuriaguerra, Irujo, Arzalluz, Ardanza, Ibarretxe, Anasagasti, Esteban,
Imaz, Urkullu, Erkoreka….Y un largo etcétera que no cesa, y se extiende a
los blogeros mas conservadores y activos.
Los militantes les conocen, les oyen, les aplauden…Pero tampoco saben
bien lo que dicen y lo que son. Los sotistas del partido han
desarrollado, desde principio del siglo pasado, un lenguaje político y
social, tan engañoso y acomodado a las perspectivas de lo posible, que
ni el mismo Sabino hubiera podido reconocerlo como suyo. Y es que, en
realidad, tiene muy poco que ver con él y mucho mas, en cambio, con el
injustamente olvidado don Ramón, sus empresas, negocios y empleados.
Los militantes del partido saben hoy que Sabino Arana es una calle de
Bilbao. Y que la gran casa de Albia, donde se reúnen los jefes, se
llama Sabin Etxea…Le conocen de vista, por las fotos del batzoki… Les da
cierto respeto. Pero poco mas. De Sota, ni eso. Y así da gusto. Con una
militancia como esta se puede llegar a cualquier parte… De España,
claro.
No deja de ser un sarcasmo. Un hombre como Sabino Arana, que tuvo
una idea y se entregò a ella. Fundó un partido, escribió miles de
páginas, promoviò asociaciones, recuperó el euskera y dedicó su vida, y
dicen que su dinero, a defender la independencia vasca, ha dejado un
recuerdo ritual, fosilizado en calles y estatuas. Y apenas útil, para lo
que se proponía.
Otro hombre, Ramón de la Sota, que sólo pretendía afianzar y
acrecentar su riqueza, actuó en la sombra para entorpecer las
pretensiones de aquél. También financió periódicos y revistas, amarilleó
sindicatos y amasó su fortuna gracias a España, sus leyes y su mercado.
Y no tuvo que escribir mas que las cifras alargadas de su talonario,
para dejar, en cambio, toda una filosofía política y social. que todavía
es cuerpo y alma del partido vasco de la autonomía, el cupo y las
transferencias. Un PNV que no reconocería su fundador y del que correría
a darse de baja, si pudiera.
Josemari Lorenzo Espinosa
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