"En el capitalismo actual, las fuerzas productivas ya no son solamente
los medios de producción industrial. Son todos los medios que
reproducen la vida, material y simbólicamente. La revolución es
reapropiarse de ellos colectivamente, es decir, por medio de esta
capacidad de asociación y de cooperación que nos hace libres. Me
pregunto: ¿no es esto, precisamente, algo que está pasando?"
Marina Garcés es filósofa.

Uno de ellos es Byul Chul-Han, ensayista de éxito, porque con sus
críticas mordaces contribuye a dejar aún más impotentes a quienes se
lamentan pero no quieren incomodarse intentando cambiar nada. Hace poco
tiempo, concretamente el 3 de octubre de este mismo año, publicó en este
periódico un artículo titulado ¿Por qué hoy no es posible la revolución?
En él partía literalmente de una escena, la del Berliner Schaubühne, en
la que él y Antonio Negri se habían dado cita para hablar de la
vigencia de la idea de revolución. Frente a la ingenuidad del comunista
revolucionario que aún es Negri, Chul-Han se había propuesto la tarea
iluminadora de intentar hacerle y hacernos entender por qué hoy no es
posible la revolución. Los precintadores del cambio radical siempre se
presentan con las credenciales de la lucidez frente ingenuos, inmaduros y
románticos.
Los argumentos de Chul-Han se reducían básicamente a uno solo: el
régimen de poder neoliberal es incontestable porque seduce, estabiliza y
lo mercantiliza todo, incluso el comunismo. Me pregunto desde dónde
escribe alguien que habla del poder de seducción y de estabilización de
un régimen de dominación que precariza y destruye la vida natural,
social, cultural y personal al nivel que lo ha hecho y lo sigue
haciendo, cada vez con más intensidad, el capitalismo. ¿Es que los
niños-esclavos indios, o los hombres y mujeres que cada día trepan la
valla de Ceuta o Melilla son seres libremente seducidos por el discurso
de la emprendiduría? ¿Es que las multitudes que madrugan para ir a
trabajar cada mañana o que llenan las listas del paro de este país y de
tantos otros son usuarios complacidos de un sistema en el que desean
libremente ingresar?
Me pregunto, también, qué experiencia social tiene alguien que ve en
toda respuesta colectiva o cooperativa a la precariedad actual un nuevo
producto del mercado capitalista. Pero contestar uno por uno los
diferentes aspectos de su argumentación desbordaría el espacio de este
artículo. Analizaré solamente la tesis que se recoge en el título de su
artículo, no porque la sostenga Chul-Han, sino porque es un lugar común
de la actual ideología con la que el poder mantiene su propia
legitimidad.
Que “la revolución ya no es posible” es una tesis que sólo puede
sostenerse desde la mirada del poder. Tener poder es precisamente
pretender dominar un determinado espacio de lo posible: de lo que puede
ser o no ser, de lo que puede pasar o no pasar. En este caso, el “ya no”
de la sentencia encierra la revolución entre una posibilidad pasada y
una imposibilidad futura. La neutraliza presentándola como una
experiencia histórica caducada. Pero para los sin-poder, lo posible
siempre es una cárcel, un espacio de dominación. La revolución, por
tanto, nunca ha sido posible ni imposible. Revolucionaria es,
precisamente, esa acción colectiva que hace emerger una posibilidad
imprevista, una novedad radical que no estaba contenida en el abanico de
lo que podía pasar.
¿En qué consiste esa posibilidad con la que el poder, ya sea
neoliberal o disciplinario, nunca cuenta como realmente posible? El
mismo Marx la describe en La ideología alemana con unas
palabras muy claras: la revolución consiste en “la apropiación de la
totalidad de las fuerzas productivas por parte de los individuos
asociados (…) que adquieren, al mismo tiempo su libertad asociándose y
por medio de la asociación”.
En el capitalismo actual, las fuerzas productivas ya no son solamente
los medios de producción industrial. Son todos los medios que
reproducen la vida, material y simbólicamente. La revolución es
reapropiarse de ellos colectivamente, es decir, por medio de esta
capacidad de asociación y de cooperación que nos hace libres. Me
pregunto: ¿no es esto, precisamente, algo que está pasando? Los
movimientos sociales y los emprendimientos cooperativos que, en tantas
partes del mundo hoy, autonomizan su capacidad de gestión y de creación
de formas de vida, ¿qué hacen sino proponer y plantear concretamente
formas de reapropiación colectiva de la vida?
¿Y si la revolución, más que “no ser ya posible”, es algo que está
continuamente pasando? La revolución sería entonces la posibilidad más
permanente, más insistente y más inminente del sistema capitalista. No
es que ya no sea posible, sino que está siempre ahí, teniendo lugar y
siendo combatida, reconducida, neutralizada. Lo que ha cambiado no es la
posibilidad de la revolución sino su forma y concepción histórica. En
un mundo posthistórico, la revolución ya no será un acontecimiento
histórico, único, que cambiará para siempre el curso de la historia. Y
en un mundo postpolítico, la revolución ya no será una mera toma del
poder político. Más allá de la historia política de las revoluciones,
hoy se impone la intempestividad de las revoluciones que ya están
teniendo lugar. Si el poder no quiere verlas, nosotros sí.
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