"...el capitalismo no es ese régimen de libertad, justicia, igualdad,
derechos humanos que pregonan sus defensores sino su exacto reverso. "
Atilio Borón
Red Roja
En más de una ocasión el brillante
dramaturgo, poeta y ensayista alemán Bertolt Brecht dijo que “el
capitalismo es un caballero que no desea se lo llame por su nombre.”
Comunista hasta la médula, Brecht ironizaba sobre la flagrante anomalía
de un sistema que al paso que se vanagloria de ser la expresión más
elevada del desarrollo económico, moral e intelectual de su tiempo
curiosamente se esfuerza para no ser llamado por su nombre. ¿Cómo
explicar esta contradicción? Si es tan bueno y virtuoso como lo dicen
sus beneficiarios y publicistas, ¿por qué no quiere que se le reconozca?

Por
eso la legión de publicistas, ideólogos y académicos del capitalismo se
cuidan de usar este término. En su lugar hablan de “la economía”,
“sistema de libre competencia” (¡en la era de los megamonopolios!) o
“los mercados”. Al no llamar las cosas por su nombre, al no decir que
esto es capitalismo y que con él se instaura la dictadura del capital
-con sus previsibles ganadores, que se enriquecen escandalosamente, y
sus igualmente previsibles perdedores, que cada día son más- el
escamoteo del nombre permite engañar a las clases y capas subalternas
haciéndoles creer que este sistema es la única forma de organizar la
vida económica de manera racional, estigmatizando como irracional o
artificial (porque lo “natural” es el capitalismo) cualquier otro modo
de producción alternativo. Toda la industria cultural de la burguesía
tiene como objetivo presentarlo como un sistema justo, equitativo y
abierto, y en el cual cualquiera puede convertirse en millonario si
trabaja arduamente para conseguirlo.Fiel reflejo de esta actitud es el
antológico editorial del día de hoy del diario La Nación
(Buenos Aires) a propósito de las teorías del economista francés Thomas
Piketty. Dice textualmente en su enojosa crítica enfilada no sólo a las
tesis planteadas en El Capital en el Siglo XXI
sino también al título de su obra, que “la catalogación de este sistema
social como ‘capitalismo’ abre un espacio atractivo para su
impugnación”, lo cual por supuesto es altamente indeseable. ¿Por qué
sería susceptible de impugnación? Porque “la propiedad del capital
despierta sentimientos adversos.” ¿Y por qué habrían de despertarse
tales sentimientos? Respuesta: porque “se intuye que el capital se
alimenta de egoísmo y hasta de avaricia.” Por supuesto: según este
diario la crítica al capitalismo carece de fundamentos objetivos, es
demagógica y se basa en meros “sentimientos” e “intuiciones” que
estigmatizan el paciente esfuerzo del buen burgués que crea riqueza y
facilita su derrame hacia el conjunto de la sociedad. La pobreza de su
crítica a Piketty es conmovedora, y despierta más compasión que ira dada
la rusticidad de su argumentación. Un macarthismo trasnochado viene de
la mano de una indigesta mezcla de ignorancia y soberbia que le permite
al editorialista desacreditar un trabajo que es criticable desde el
punto de vista teórico por su lejanía con los análisis de Marx sobre el
capitalismo (cosa que La Nación comprueba con satisfacción), lo que le
inhibe al economista francés pensar en términos históricos-estructurales
las raíces y el curso futuro de las dos veces centenaria polarización
de ingresos y riqueza inapelablemente documentada en su libro. Más allá
de cualquier balance sobre su inigualable capacidad de creación de
riquezas, la evidencia de dos siglos confirma la infranqueable
dificultad del capitalismo para distribuir con un mínimo de equidad la
riqueza socialmente producida. El resultado fue la construcción de
sociedades más desiguales e injustas. Acorralado por el diluvio de datos
empíricos irrebatibles, el editorialista se limita a bramar con furia
que se trata de “mediciones cuantitativas de distribución del ingreso
groseramente estimadas por los ayudantes de Piketty”. Esto pone de
manifiesto que ni siquiera sabe como se construyeron esos datos y los
notables antecedentes académicos de los “ayudantes” del francés. En fin,
una comprobación más de la deplorable metamorfosis del periodismo,
devenido en burdo dispositivo de propaganda al servicio de los
inconfesables intereses de un caballero que por muchas razones no quiere
ser llamado por su nombre.
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