"La debilidad del movimiento comunista europeo, ha contribuido de manera
decisiva a que, el proceso de reajuste neoliberal y el progresivo
deslizamiento de las democracias burguesas formales, hacia formas
autoritarias y de represión cada vez más abiertas, no hayan gestado un
marco abierto a la transformación social y a la ruptura democrática."
Jon Ibaia
militante de Herri Gorri
La crisis del capitalismo en 2008 y la posterior
ofensiva desarrollada por la clase dominante y el bloque en el poder,
generaron una ruptura en las bases sobre las que reposaba la legitimidad
y la estabilidad del sistema. Todas las crisis del capitalismo, a lo
largo de su historia, han sido superadas con la misma estrategia por
parte de la clase dominante. Las caídas de las tasas de ganancia, se
concretan en procesos de reestructuración, en los que el ciclo de
valorización del capital, reinicia nuevas formas de desvalorizar la
fuerza de trabajo, intensificando la explotación, la precariedad, la
depauperización y el desempleo, como mecanismo de ajuste salarial.

La debilidad del movimiento comunista europeo, ha
contribuido de manera decisiva a que, el proceso de reajuste neoliberal y
el progresivo deslizamiento de las democracias burguesas formales,
hacia formas autoritarias y de represión cada vez más abiertas, no hayan
gestado un marco abierto a la transformación social y a la ruptura
democrática.
El caso de SYRIZA en Grecia, el de PODEMOS en el
Estado español y, salvando ciertas distancias, la Izquierda soberanista
en Euskal Herria, constituyen expresiones de la reconstrucción de formas
de socialdemocracia de izquierdas, en algunos casos avanzadas que,
desde un reformismo, una denuncia de los excesos del neoliberalismo y
promesas de democratización, objetivamente contribuyen a la propia
estabilización del sistema. Esta nueva izquierda sistémica se ha fundado
de manera exitosa en su capacidad para interpelar a la clase
trabajadora y a los sectores populares, con un discurso defensista, de
recuperación del Estado del Bienestar, de derechos sociales, políticos y
laborales, que en el pasado fueron arrebatados a las clases dominantes.
Los sectores pequeñoburgueses y de la aristocracia obrera, se han
convertido en la punta de lanza de esta “nueva izquierda”, cuya línea
política estratégica, se resume en salvar lo que se pueda del Estado de
Bienestar, aún a costa de que importantes fracciones de la clase
trabajadora, no podrán acceder ni a un anhelado trabajo en condiciones
de precariedad.
Los sectores más golpeados por los recortes, la
precariedad y el desempleo, responden a la interpelación de un discurso
“nuevo”, crítico con la corrupción, abierto a recuperar derechos
perdidos y a la “democratización”, porque no hay una alternativa real
organizada, estratégica y con credibilidad suficiente, que pueda
confrontar con él. El caso de SYRIZA en Grecia y el del Partido
Comunista, son representativos de lo que hablamos. El Partido Comunista
Griego, frente a la capacidad “ilusionante”, de reformas posibles -que
ya veremos donde quedan- de SYRIZA, su posición, su línea
anticapitalista, fundada sobre la denuncia de la Unión Europea como
marco de explotación, de opresión de la clase trabajadora, era
denunciada como dogmática, sectaria y maximalista. Sin embargo, esa es
la línea a seguir por los comunistas.
Nuestro análisis y línea política, nos conducen a
considerar esta fase de expansión de la izquierda sistémica, del
reformismo y el oportunismo, desde la certeza de su agotamiento y desde
la necesidad de que los comunistas nos reconstruyamos como alternativa.
Una de las características fundamentales de la fase abierta tras la
crisis del capitalismo en 2008, es que los mecanismos de valorización
del capital, incluso en un marco de crecimiento macroeconómico, no va a
poder asumir el sostenimiento de un Estado de Bienestar, ni tan siquiera
empleo en condiciones precarias para el conjunto de las clases
trabajadoras de Europa. La tendencia general a la caída de las tasas de
ganancia, derivadas de la creciente proporción de capital constante
sobre capital variable y agudizada por la tendencia inherente a la
sobreproducción-subconsumo, como dos caras de una misma moneda, generan
un marco en el que el reformismo, la socialdemocracia, hacen inviable un
modelo keynesiano abierto al conjunto de los pueblos trabajadores. Las
opciones a las que el reformismo estará sometido, serán las de una
“izquierda” que gestionando subvenciones, ayudas sociales y alentando un
empleo cada vez más precario como mal menor, aún desde sus mejores
planteamientos filantrópicos y oportunistas, no podrán lograr una
estabilidad del sistema.
Los límites del reformismo, se encuentran en su
incapacidad de gestionar las crecientes demandas sociales, estabilizando
pactos sociales similares a los que fomentaron en los años 50 y 60 bajo
el paraguas de las políticas keynesianas, aún a costa de amparar el
imperialismo, no lo olvidemos.
Su gestión, indudablemente significará una mejora
real de las condiciones sociales, siempre dentro del marco de “lo
posible”, claro está, incluso racionalizarán el funcionamiento del
sistema, denunciando la corrupción e incluso atajándola, pero no será
previsible que puedan estabilizar el crecimiento macroeconómico, siempre
bajo la espada de Damocles de los mercados financieros y la deuda
externa.
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