"La «identity politics» ha muerto. La mató el triunfo de Trump. Queda como cultura de grupo, como signo de pertenencia a un difuso «progresismo». Pero si la izquierda global quiere cambiar las cosas y darle forma a nuestra época, tiene que abandonarla definitivamente y volver a sus fundamentos."
Durante los años noventa la izquierda americana se transformó profundamente. No venía de la centralidad del trabajo y la producción como la europea sino del consumismo, o mejor dicho del «consumerismo» solapado a partir de los sesenta con las teorizaciones que surgieron a partir del movimiento de derechos civiles y que, siguiendo los textos de Fanon, equiparaban a las minorías raciales americanas y sus movimientos con los movimientos independentistas de las colonias inglesas y francesas.
Poco importaba que se levantaran voces, sobre todo en Europa y Africa, afirmando que ese discurso no era más que una nueva versión, hipócritamente aliñada con Marx, del esencialismo nacionalista anti-ilustrado, de Herder y de Meistre. Era funcional en una manera esencialmente nueva. Lo que el racismo de Fanon y Malcom X propone no deja de ser aplicar lo que hasta entonces el nacionalismo había aplicado al mundo (dividiéndolo en un puzzle de esencias nacionales) a la nación misma. Es decir crean un molde que permite la unificación en un solo marco de los principales movimientos que llaman la atención de los universitarios de los setenta: el feminismo y el nacionalismo negro. Una nueva generación de profesores se apoyará en los nuevos críticos europeos de los discursos de la Modernidad -en Foucault pero sobre todo en Derrida- para intentar darle un fondo intelectual más sólido, pero también para desbancar a la generación en el poder en los claustros.
Y esto fue fundamental, porque la nueva generación de intelectuales americanos entendió el conflicto social en el molde del conflicto por la hegemonía en los claustros. Los discursos sobre la producción, el trabajo, las clases, la organización de la economía… nada de eso estaba en el primer orden del debate. Eran las «identidades» las que lo estaban. La «diversidad», entendida como diversidad de sexo y raza, era la bandera de la nueva revolución universitaria.
El resultado fue una gran coalición que ofrecía hueco en el «asalto de los cielos» universitarios -y en general a todo lugar que permitiera una «acción afirmativa»- a todos los damnificados del sistema establecido a condición de que construyeran una identidad esencial propia, una ideología característica de grupo. Ser feminista dejó de significar batallar por la igualdad social de las mujeres respecto a los varones para implicar una concepción determinada de la mujer asociada a valores, a un «ser mujer» esencialmente diferente a «ser varón». Es decir, por debajo de la determinación cultural de roles, había algo irreductible, una «diferencia», que hacía a las mujeres diferentes en su «ser». Del mismo modo, un activista por los derechos de las minorías raciales dejó de significar alguien que batallaba por los derechos civiles y comenzó a implicar creer y ser parte de una comunidad imaginada de la raza que configuraba a cada individuo que hiciera parte de ella (un pensamiento «blindado» porque si el individuo lo negaba era por «auto-odio» impuesto por el sistema de identidades existente que negaba su «esencia»).
El espectro se abrió pronto pero no sin dificultades a las identidades basadas en la sexualidad y el ecologismo. Las operaciones necesarias fueron a veces difíciles e incluso, en el caso del ecologismo, ridículas. La teoría de género fractalizó el modelo una vez más, llevando la lógica de las identidades esencialistas a lo que no podía dejar de reconocer como un continuo difícil de acotar y por tanto casi imposible de reducir a átomos identitarios esenciales. Por su parte, el ecologismo tuvo que renunciar a la comunidad imaginada para tener un sujeto. En su lugar volvió al modelo últimos de los seres imaginados: la deidad. «Gaia», la personificación de la Naturaleza -la «madre» Naturaleza- se convirtió en un sujeto político más. En la era de la cultura de la adhesión ya no hacían falta siquiera miembros, bastaba con tener seguidores para tener una «identidad».
Curiosamente, no todas las «diversidades» quedaron incluidas en la definición de «diversidad» de la nueva ideología ascendente. Por ejemplo, la diversidad lingüística, que hubiera puesto en aprietos la estructura de departamentos de la universidad más allá de las cuotas étnicas, nunca entró siquiera en consideración a pesar de que eran lingüistas muchos de los pioneros del movimiento y de que la diversidad lingüística y la educación pública en otras lenguas distintas del inglés sea un campo de batalla social cotidiano desde siempre en EEUU (con las lenguas aborígenes, con el alemán hasta la guerra mundial, con el español al menos desde la conquista de Texas, etc.).
De ideología a cultura hegemónica en la izquierda
El conjunto de todo este fantástico, complejo y diverso movimiento intelectual es eso que se ha dado en llamar «identity politics». Su éxito fue indudable. La «identity politics» derivó de facto en un conjunto de prácticas y signos que redefinían la pertenencia a la izquierda.Y es que la «identity politics» ha sido la ideología más atenta a las formas y al lenguaje desde las revoluciones puritanas protestantes -a las que recuerda tantas veces. Un elemento clave fue la definición de un nuevo «political correct»,un registro lingüístico diseñado para «no ofender ninguna identidad» y que derivó el espíritu evangélico de los conversos hacia eso que John Carlin definió como el «fascismo lite de los campus anglosajones». No es de extrañar que la generación de Carlin quedara en shock ante las consecuencias de la nueva ideología: podían compartirla pero no eran parte de su cultura. Y era precisamente como cultura que se estaba extendiendo. La vieja feminista era de repente sospechosa si no usaba el «los/las» continuamente. El militante obrero, otrora idealizado, se convertía ahora en un «varón blanco sin estudios», arquetipo de la categoría social más reaccionaria.
La «diversidad», cual nuevo signo de la gracia, se convertía en el mandato de representar una realidad de «demographics» predefinidos más allá de lo razonable.
Esa dualidad de la «identity politics» como ideología y como cultura que quiere ser hegemónica en la izquierda, es lo que ha producido que sirva hoy con el mismo desparpajo para alimentar los guiones de las series americanas con arquetipos de conflicto que para planear estrategias electorales. Solo que mientras las series solo necesitan llegar a la verosimilitud, las elecciones, especialmente las presidenciales, solo tienen un criterio de verdad: ganar.