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2009/05/24

Lo étnico y el racismo

"Hay que hacer, no obstante, distingo entre el racismo antropológicamente puro y el racismo circunstancial de origen económico, que constituye una deriva muy coyuntural."
Antonio Álvarez-Solís (gara)
En una discusión con buenos amigos acerca del derecho del pueblo vasco a su soberanía política surge la cuestión del etnicismo como base radical e identificante de la nación, como su más característico significante. Arguyo en una primera aproximación que el etnicismo abarca los perfiles más definitorios del ser nacional, tales como las singularidades físicas, la lengua, los datos culturales que determinan el estilo de vida, las emociones profundas, el modo de afrontar la existencia, los hábitos, las preferencias y tradiciones tecnológicas, la estructura social, las creencias religiosas y muchas otras expresiones vitales que singularizan a un pueblo. Mi postura de profundo respeto a lo étnico como base de la realización humana es condenada enérgicamente por algunos contertulios como una manifestación racista. Aclaro, por tanto, mi postura.

Ante todo la diferencia primera entre etnicismo y racismo es el contenido vital positivo de lo étnico y el contenido negativo del racismo. El etnicismo es un dato antropológico descriptivo y el racismo es una violencia política, una postura perversa que plantea la diferencia de razas como base de una ordenación de la humanidad. El racismo es excluyente de modo categorial, piramidaliza la sociedad según el color o sus mezclas poco apropiadas de acuerdo con el criterio de la raza dominadora. Se atribuye al color una capacidad diferenciadora que alcanza a lo más profundo del individuo portador. Hay que hacer, no obstante, distingo entre el racismo antropológicamente puro y el racismo circunstancial de origen económico, que constituye una deriva muy coyuntural.
Contrariamente al racismo el etnicismo es movido por el puro propósito de considerar a cada pueblo según sus componentes sociales y sus tradiciones políticas y morales, pero con idéntica dignidad humana ante la existencia. Considerar así a los pueblos equivale a respetarles. Parece razonable pensar que el actual estado de confusión y de desasosiego en que se encuentra el mundo está originado por la retórica globalización que en todas sus manifestaciones, desde las económicas a las genuinamente culturales, ha desposeído de su identidad a un sinnúmero de naciones y pueblos que se han visto destructivamente penetrados por la cultura dominante, presentada como paradigma de la culminación humana. Pueblos dramáticamente huérfanos de sí mismos. Hablar de transculturalidad o de la multiculturalidad como hoy se concibe constituye una falacia que persigue la destrucción de las seguridades étnicas, asentadas siempre en la posesión de la propia cultura. Más aún, con la reducción a la cultura dominante el poder, potencia o potencias que la poseen, persigue el asentamiento íntimo del imperialismo mediante la fórmula inglesa que, durante el tiempo que duró, incorporó incluso a la práctica del racismo metropolitano a las clases socialmente dominantes en los países sometidos a la corona inglesa. España es un ejemplo escarneciente, aunque sin la cultura y la inteligencia británicas, de ese racismo metropolitano, reducido aquí, claro es, a una irrisoria calidad. Realmente la concordia entre pueblos étnicamente distintos sólo se puede conseguir mediante un contacto mutuo de la propia personalidad en condiciones de igualdad y de respeto. Deberíamos considerar esta fórmula de concordia como una suerte de universalismo que estuvo a punto de consolidarse en el siglo XVIII europeo. Curiosamente este universalismo fue predicado por teólogos españoles del siglo XVI que persiguieron una contrarreforma que huyese también de la inhumanidad política de los reformistas luteranos, que sostuvieron la teoría cruel de una sociedad verticalista. Estos teólogos españoles, de los que habló con lucidez el Sr. Barcia Trelles, fueron arrinconados por la Corona y en no pocos casos reducidos al silencio cuando no condenados por herejía. Aquel liberalismo ideológico español sufrió el mismo infortunio que todos los liberalismos que se iniciaron en España y de cuya nómina en lo espiritual habla con adversa preocupación la «Historia de los heterodoxos españoles» del Sr. Menéndez Pelayo.
Este confuso debate en que tantos simples mezclan atropellada o maliciosamente etnicidad y racismo debiera profundizarse en Euskadi por radicar en la clarificación del asunto nada menos que el remedio de la llamada cuestión vasca, a la que se suele dar cuarenta vueltas desde la formal óptica histórica, entreteniéndose con frecuencia el análisis en las circunstancialidades de la historia, que obvian casi siempre el planteamiento en profundidad que demanda lo étnico en el pueblo euskaldun. La permanencia de lo étnico en Euskadi se oscurece en no pocas ocasiones por poner el acento decisivo de la lucha por la libertad vasca en relatos de legalidades y sucesos con un valor hasta cierto punto epidérmico, aunque en su momento tengan estas legalidades y estos sucesos una significación viva en la cotidianeidad. No niego, aclaro, el valor de estos sucesos, ya que los pueblos sufren dolorosamente en su epidermis los agravios que reciben y que son los que les movilizan para mantener vivo el fuego de su libertad, pero sería bueno que en un plano vigorosamente ideológico se incidiese sobre el papel de la etnicidad, que es la invariante que forma la musculatura y el sistema cardiovascular de toda nación, en este caso de la nación euskaldun; esa profundidad que no puede ser desvirtuada por la capacidad legal de su adversario. Euskal Herria es una nación étnicamente indiscutible y viva.

La salida del imperialismo, que ha culminado la fase superior del capitalismo, convertido ya en una dictadura desnuda, ha de plantearse a través del fortalecimiento de las naciones como depositarias de los valores y dimensiones que las hacen plenamente existentes y vigorosas. Cualquier otro internacionalismo que no transite hoy el camino de las naciones étnicamente definibles está destinado inevitablemente a ser engullido por el internacionalismo autocrático. Las relaciones de poder han de establecerse ahora en la distancia corta de las naciones reales, repletas de vigor étnico, si se quiere que la internacional financiera y su artillería de acompañamiento no lamine a la ciudadanía trabajadora, crecientemente proletarizada al menos en lo que se refiere a libertad, democracia y posibilidades de creación. En el seno de esos pueblos robustecidos por su etnicidad está la fuerza adecuada que permita con éxito la acción popular. Saber de sí mismo, utilizar el vigor que de ello dimana y establecer los marcos legales correspondientes equivale a edificar una sociedad incitante y con pleno sentido de su responsabilidad. Hay que superar ciertas retóricas sobre la racionalidad de las economías de escala, manejadas por un internacionalismo opulento, y del beneficio que produce la desmedulación étnica de poblaciones bajo un poder repleto de ajenidad y, por tanto, carente de compromiso con la ciudadanía. El mundo no puede continuar siendo un repertorio de cifras desprovistas de calor vital y de una racionalidad en cuyo marco los individuos no son los verdaderos valores a conservar. Habrá que recurrir nuevamente a Joseph Stiglitz, nada sospechoso de socialismo real, cuando se refiere a los grandes y lejanos poderes sin humanidad dentro -es decir, sordos a lo étnico y próximo- y escribe: «Es revelador el hecho mismo de que el Fondo Monetario Internacional se centre en las variables financieras y no en los salarios reales, el paro, el PIB o medidas más amplias de bienestar». Esta es la cuestión: ¿étnicamente a quién pertenece el FMI?

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