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2011/05/01

Némesis - Iñaki Egaña, historiador




GARA


Hace ya algún tiempo que me tropecé con los informes de un policía español infiltrado en los medios de la oposición al franquismo, tanto en París como en Baiona y otras localidades vascas continentales. Los datos del agente no eran imparciales, llenos de calificaciones, adjetivos e impresiones que no deberían corresponder a un intermediario, sino más bien a quien los analizara. Tal y como los «peritos» policiales actuales.


En las cartas a sus superiores, el citado policía aconsejaba cómo proceder con los que espiaba, a los que trataba de forma despectiva, casi racista. En cierta ocasión llegó a señalar que el perseguido tenía «una total falta de sentido patriótico y que manifestaba profusamente sentimientos subversivos». Para ser patriota no se puede ser subversivo, por lo visto. Y viceversa. El subversivo jamás será español.


Olvidé a Némesis, abundantes por otro lado en la historia de ese país que llaman España, hasta que hace unas pocas semanas tropecé con una novela del mismo título. Del noruego Jo Nesbo. Una historia policíaca, bien escrita, con un final intrigante. Lo interesante de la fábula de Nesbo era precisamente que recogía una flamante composición coral, con personajes de todo tipo, cuya última reflexión era la venganza. Némesis, en la mitología griega.


Y entonces caí en la cuenta, inocente de mí y años más tarde, que aquel policía español infiltrado entre los refugiados y que ocultaba su identidad con un apodo, al modo de los espías clásicos, estaba citando su razón de ser, de existir, como ese estado de cosas que protegía. Némesis, la venganza. Por ella merecía la pena construir un país, una sociedad, un estado, un nombre. España.


Por ella, por la venganza, perseguía a huidos, detenía a disidentes, torturaba a inconformistas, machacaba a irreverentes. Por venganza completaba su vida como el mayor de los destinos, como si una vez hubiera sido ungido con un perfume especial. Con mayor trascendencia que cualquier otra virtud, porque tratándose de un español, la venganza era una virtud.


No soy muy aficionado a las generalizaciones, pero más de uno habrá caído en la cuenta que la historia española, desde hace tanto que perdí la cuenta, es la de la imposición de varias de sus señales a medio mundo. Gonzalo Puente Ojea nos diría que la cruz y la corona entre las más importantes. Europa y América, sobre todo, han sido avasalladas por españoles de pro. Sus habitantes, que no deseaban ni reyes, ni dioses ibéricos, ni sistemas corruptos, ni fronteras rojigualdas, lo han tenido crudo. No quieres taza. Pues taza y media. La disidencia al proyecto mesiánico ha sido, sistemáticamente, castigada. Con venganza.


Gipuzkoa y Bizkaia pagaron su osadía por no adherirse al fascismo y fueron llamadas traidoras, retirados sus conciertos. Gernika, hace ahora 74 años, fue arrasada por ser símbolo. Némesis. En 1961, los adultos lo recordarán, quemaron una bandera monárquica española en Donostia el 18 de julio, aniversario de la sublevación fascista. La venganza fue terrible: más de dos centenares de detenidos. Torturados. Una bandera la queman dos personas, tres a los sumo. La respuesta al estilo nazi: sembrar el terror, cuanto más mejor.


Sabemos que jamás se interrumpieron las matanzas oficiales y oficiosas. Así, cuando en 1975 los policías y mercenarios españoles comenzaron a cruzar la muga hacia el norte para balear y poner bombas bajo los coches de los refugiados (bastante antes de que el GAL hiciera acto de presencia), la venganza fue el principal argumento. No fui el único que lo intuí. No soy tan pedante. Después de cerca de 20 atentados, el diario inglés «The Guardian» señalaría al respecto ese mismo año: «Desde que Mussolini envió asesinos a sueldo a Marsella para asesinar a los hermanos Roselli, ningún otro dictador (en referencia a Franco) había mostrado tal espíritu de venganza».


Antton Troitiño, después de más de dos décadas en prisión, es crucificado, como si no hubiera pagado con creces su actividad. Y es que lo único que mueve a la «justicia», a los que tocan las teclas del piano español, es también la venganza. Némesis. Y quien parece no ser dirigido por semejante vehículo, es capaz de exigir su entrega, como símbolo de buena voluntad (Patxi Zabaleta). ¿Alguien ha repartido cigarros de marihuana a la puerta del colegio?


La detención, la entrega, el arresto tiene un nombre: tortura. Otro autor de novelas como el escocés Philip Kerr, que desliza su pluma entre ambientes berlineses, lo dejó plasmado hasta el escalofrío: «Escuchar la sistemática destrucción de otro espíritu humano tiene un efecto predeciblemente desmoralizador en tu propia fibra. La Gestapo no hace nada a la ligera. Te dejan que oigas la agonía del otro para ablandarte por dentro, y solo entonces empiezan a trabajarte por fuera».


Me vienen a la retina los nombres de Aitor e Igor Esnaola, detenidos recientemente en Legorreta. Toneladas de letras intencionadas. Igor no llegó a pasar siquiera delante del juez.


¿Cuál era el objetivo de la detención? Philip Kerr lo hubiera descrito con la maestría del escritor, aunque en estas cuestiones la lírica está de sobra. Nuevamente: «Te dejan que oigas la agonía del otro para ablandarte por dentro, y solo entonces empiezan a trabajarte por fuera».


He recogido tantos episodios de venganza en las cárceles, en el exilio, en la calle principal, en el mercado, en las escuelas... que mi fichero hace tiempo que se quedó corto. Exhausto. Necesito una extensión. Para seguir recogiendo episodios, macabros algunos, repetitivos la mayoría. Episodios interminables, como si jamás hubiera existido otro ingrediente que la antimateria.


Sufro un especial ahogo con el recuerdo de Luis Martínez Sainz, un joven de 19 años natural de Mendabia, localidad navarra cuyos chopos la protegen de la brisa estival que llega del Ebro. Con 19 años, apenas una franja estrecha de lo que debe de ser la vida. Lo detuvieron. Lo torturaron, hasta casi perder la noción de las cosas. No fue suficiente. Necesitaban venganza los torturadores. Y llamaron a su madre, a la madre de Luis, para que llorara al que había sido fruto de su vientre. Para que lo viera torturado.


Y cuando lo hizo, cuando aquella pobre mujer se arrepintió de haber concebido aquel hijo maltratado, se lo llevaron. Y en Acedo le pegaron dos tiros. Para enviarlo, torturado y con testigos para que no cupiese la menor duda, a la eternidad.


¿Qué recuerdo tendría aquella mujer el resto de sus días? ¿Qué pesadillas jalonarían sus sueños?


A José Mari Berrondo, de 18 años, se lo llevaron un día de verano porque su padre había ido al exilio. Huido. De Oiartzun, la muga está a un paso. ¿Recuerdan cómo en noviembre de 1985 aquel joven de Orbaizeta llamado Mikel Zabalza apreció muerto cerca de Endarlatsa, después de haber pasado por los calabozos de Intxaurrondo? En ese mismo lugar fue ejecutado ese chaval oiartzuarra que era José Mari, al que le habían abrasado a preguntas por su padre, que no dejaba de temblar en esa noche calurosa de verano. Venganza.


¿Qué padre es capaz de soportar la losa eterna de la responsabilidad en la detención, tortura y asesinato de su hijo? Maldijo la hora en que cruzó la línea.


Némesis. El origen de la actividad política. No quiero aburrir, pero no deseo marchar sin recordar a Joseph Abeberry, alcalde de Ziburu, y Léon Lannepouquet, alcalde de Hendaia, en la época de la ocupación nazi. Ambos habían ayudado a escapar a decenas de compatriotas. Un día fueron detenidos. Lo más terrible de estas capturas fue que ambos las conocían previamente, gracias a las confidencias del traductor de la Gestapo, pero decidieron no escapar para evitar las represalias sobre sus familias. Para evitar la venganza. Abeberry murió en el campo de exterminio de Mathausen y Lannepouquet en el de Dachau.


A veces siento como si el aire hubiera dejado de circular.

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