"Después de la rendición nazi, el experimentado militar Albert Schnez colaboraba
estrechamente con los servicios de Inteligencia estadounidenses en
Italia. Documentos lo vinculan con la
creación de una estructura militar clandestina que en el caso de una
invasión soviética del territorio italiano debería apoyar una guerra de
guerrillas."
INGO NIEBEL COLONIA
Pintxogorria
Un Ejército clandestino, formado
por las divisiones de élite de Adolf Hitler, incluidas las de las SS,
debía reconquistar la Alemania Occidental en el caso de una invasión
soviética. Vuelve el recuerdo de la red Gladio de la OTAN.
En caso de una invasión soviética, ¿qué hacer? Es la pregunta que no
solo se planteaba el canciller demócrata cristiano Konrad Adenauer (CDU)
en 1950. Un lustro después de la capitulación incondicional de la
Alemania nazi, el país estaba dividido en dos estados y ocupado por las
tropas victoriosas de la Segunda Guerra Mundial. Aunque en 1949
Washington, Londres y París impulsaron la creación de la República
Federal de Alemania (RFA), Adenauer gozaba como mucho de una soberanía
parcial y no disponía de un Ejército propio porque el Estado francés no
lo quería.
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La Guerra de Corea fue considerada por los alemanes occidentales como
una muestra de que EEUU no era capaz de evitar una invasión comunista.
Konrad Adenauer y su entorno, todos ellos anticomunistas ya desde antes
de la dictadura nazi (1933-1945), temían que en el caso de una agresión
por parte de la socialista República Democrática Alemana (RDA),
respaldada por la Unión Soviética, Bonn se encontrara sola ante el
peligro porque Washington, Londres y París no lucharían por una Alemania
desarmada.
En este escenario, caldo de cultivo de miedos, surgió la idea de
crear una estructura militar clandestina. Su objetivo era organizar a
soldados de las divisiones de élite del Ejército hitleriano para poder
trasladarlos, en caso de emergencia, a territorio francés para que
recibieran armas y uniformes con el objetivo de emprender su «lucha de
liberación» contra el invasor.
En aquel momento no estaba claro bajo qué bandera los experimentados
veteranos entrarían en combate, si como alemanes o como legionarios del
Ejército estadounidense. Para esa eventualidad, Washington ya había
cambiado su legislación con el fin de permitir que ciudadanos de otras
nacionalidades pudiesen ingresar en sus Fuerzas Armadas. Eso invita a
reflexionar sobre si EEUU podría haber estado pensando también en esa
posibilidad aunque faltan aún más datos que los acrediten.
Según diversos documento a los que ha tenido acceso el historiador
Agilolf Kesselring, quien por encargo oficial investiga la historia del
servicio secreto exterior, el BND, un papel importante a la hora de
poner en práctica esta peculiar especie de milicia fue jugado por el
excoronel Albert Schnez. Después de la rendición nazi, este
experimentado militar colaboraba estrechamente con los servicios de
Inteligencia estadounidenses en Italia. Los documentos que cita
Kesselring vinculan a Schnez con la creación de una estructura militar
clandestina que en el caso de una invasión soviética del territorio
italiano debería apoyar una guerra de guerrillas.
Por el contrario, en Alemania, Schnez contactó con altos mandos
militares del disuelto Ejército nazi que habían comandado divisiones de
élite. Con cierta naturalidad incluyó en sus planes también a los altos
mandos de las Waffen-SS (brazo armado de las SS). Era una época en la
que, por un lado, la Alemania de Adenauer hizo la vista gorda ante los
crímenes nazis y, por otro, hubo cierta dinámica de parte de los actores
del régimen hitleriano de «rehabilitarse», buscando su lugar en el
nuevo sistema político haciendo gala de su anticomunismo. De esa forma
se explica el masivo resurgimiento de las asociaciones de veteranos,
encuadrados en sus antiguas divisiones. Poco después, la Organización
Gehlen (por Reinhard Gehlen), el embrión del BND, que operaba bajo la
tutela de la CIA, se hizo cargo de ese Ejército clandestino que nunca
entró en acción.
Finalmente, la idea de Albert Schnez quedó obsoleta cuando tanto Bonn
como las potencias occidentales decidieron el rearme de Alemania. Así,
en 1955, la RFA se integró en la OTAN y un año más tarde presentó las
primeras unidades militares de la nueva Bundeswehr (actuales Fuerzas
Armadas), dirigidas por oficiales de la Wehrmacht (Ejército nazi).
Operación Gladio
En su investigación, Kesselring evita relacionar la estructura de
Schnez con el Ejército secreto clandestino de la OTAN que se llegó a
conocer hace veinte años con el nombre de Operación Gladio, una red
clandestina secreta anticomunista que operó en Italia bajo la dirección
de la Alianza y de la CIA. Esta red tenía como misión llevar a cabo
acciones de espionaje y sabotaje contra hipotéticos invasores soviéticos
de países occidentales. Su denominador común fue que la OTAN reclutó
ante todo elementos fascistas para tal tarea. En Alemania, el BND se
encargó de la organización de esta red, pero ya en 1984 la RDA había
identificado a cada uno de los «gladiadores» de la RFA, que servían de
enlace con este servicio secreto.
Sin embargo, sigue siendo un enigma quién y hasta qué punto organizó
al neonazismo dentro de la red alemana de Gladio. Ya en la época de
Schnez se descubrieron algunas organizaciones nazis que se preparaban
para atentar contra políticos socialdemócratas y comunistas en Alemania.
Por un lado, se desmanteló una red de exjerarcas nazis de tercera y
cuarta categoría que se preparaba para dar algún tipo de golpe de Estado
con el objetivo de hacer nacer el IV Reich. Por otro, se trataba de
jóvenes y no tan jóvenes que al estilo de la guerrilla hitleriana,
conocida como «Werwolf» (hombre lobo), se dotaron con armas y «zulos»
para actuar en el caso de una invasión soviético o de un auge de las
fuerzas de izquierdas en la Alemania occidental.
Con ocasión del atentado contra la Fiesta de Cerveza en Munich
(1980), en el que murieron trece personas, surgieron los primeros
indicios sobre una vinculación con grupos neonazis y las estructuras
ocultas del Estado de la RFA. Pero pronto el Gobierno del
socialdemócrata Helmut Schmidt construyó la versión de que la masacre
había sido obra de un solo hombre frustrado.
Y la historia no terminó ahí sino que continúa hasta hoy en día. En
2011, se descubrió la existencia del grupo violento neonazi NSU que a lo
largo de trece años acabó con la vida de diez personas, incluida una
agente de policía, robó a bancos y puso bombas a pesar de que el
servicio secreto interior tenía infiltrado su entorno. Han surgido otros
indicios que hablan de al menos otro grupo violento más. Pero los
documentos que podría acreditar o descartar este extremo fueron
destruidos en el momento en que sendas comisiones parlamentarias
empezaban a investigar el tema.
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