"El putsch de la plaza Maidan, preparada desde mucho antes –incluso con
el entrenamiento de fuerzas neonazis ucranianas– trajo a Europa un
regreso a una situación análoga a la de la guerra fría, provocando una
nueva confrontación con Rusia"
Manlio Dinucci
Red Voltaire

Para Washington y su alianza transatlántica, 2014
podía haber sido un año negro sobre todo en dos escenarios: en
una Europa sin guerra donde, a pesar de la ampliación de la OTAN hacia
el este, se fortalecían los lazos económicos y políticos entre la Unión
Europea y Rusia y en la que casi todos los aliados estaban reacios a
aumentar el gasto militar hasta el nivel que el Pentágono exigía; y en
un «Medio Oriente ampliado» donde se desarrollaba la guerra de
Estados Unidos y la OTAN contra Siria y donde Irak se distanciaba de
Estados Unidos y se acercaba a China y Rusia, países cuya alianza teme
cada vez más la Casa Blanca.
Washington sentía que se hacía cada vez más urgente encontrar una «nueva misión»
para la OTAN. Una misión que apareció de momento. El putsch de la plaza
Maidan, preparada desde mucho antes –incluso con el entrenamiento de
fuerzas neonazis ucranianas– trajo a Europa un regreso a una situación
análoga a la de la guerra fría, provocando una nueva confrontación con
Rusia. La ofensiva del Emirato Islámico, también preparada desde mucho
antes, financiando y armando grupos islamistas –algunos de ellos
anteriormente clasificados como terroristas– desde la guerra contra
Yugoslavia y la guerra contra Libia, permitió a las fuerzas
Estados Unidos-OTAN intervenir en Siria para destruir no el Emirato
Islámico sino el Estado sirio y para volver a ocupar Irak.
A la «nueva misión» de la OTAN se le dio carácter oficial durante la cumbre de septiembre, en Gales, con la presentación del Plan de Acción de «reactividad», cuyo objetivo oficial es «responder rápida y firmemente a los nuevos desafíos contra la seguridad» atribuidos a la «agresión militar de Rusia contra Ucrania» y al «aumento del extremismo y de los conflictos sectarios en el Medio Oriente y el norte de África». El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha calificado el Plan como «el mayor fortalecimiento de nuestra defensa colectiva desde el fin de la guerra fría».
Para empezar, en sólo 3 meses la OTAN multiplicó por 4 la cantidad de
cazabombarderos que pueden ser utilizados tanto en misiones de guerra
convencional como de guerra nuclear con bases en la región báltica –que
fue parte de la Unión Soviética–; envió aviones de guerra electrónica AWACS
al este de Europa y aumentó el número de navíos de guerra en el
Mar Báltico, el Mar Negro y el Mediterráneo; desplegó en Polonia,
Estonia, Letonia y Lituania fuerzas terrestres estadounidenses
–incluyendo unidades acorazadas pesadas–, británicas y alemanas;
intensificó las maniobras conjuntas en Polonia y en los países bálticos
hasta sobrepasar la cantidad de 200 maniobras en todo el año.
También en base al Plan de Acción y «reactividad» se inició el fortalecimiento de las capacidades de la «Fuerza de Respuesta de la OTAN» con la creación de «paquetes»
de unidades terrestres, aéreas y navales que pueden ser enviadas
rápidamente al este de Europa, el Medio Oriente, el Asia central
–incluyendo Afganistán, donde la OTAN aún mantiene sus fuerzas
especiales–, África u otras regiones. En ese contexto ha de crearse una
nueva «Fuerza de Intervención Conjunta de muy gran rapidez», capaz de ser «desplegada en pocos días, principalmente en la periferia del territorio de la OTAN».
Simultáneamente se abrió en Riga, Letonia, el «Centro de Excelencia de Comunicaciones Estratégicas de la OTAN», a cargo de la nueva guerra fría contra Rusia con el uso de instrumentos como «operaciones informativas y sicológicas».
Según el acuerdo firmado el 1º de julio ante el Comando Aliado para la
Transformación (en Norfolk, Virginia), Italia también forma parte del
Centro de Excelencia para la nueva guerra fría, junto con Gran Bretaña,
Alemania, Polonia y las tres repúblicas bálticas.
Así contribuyen Italia y la Unión Europea a abrir la «nueva área de diálogo con Moscú» anunciada por Federica Mogherini, Alta Representante para Asuntos Exteriores de la Unión Europea.
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