"La república que querría establecer para mis compatriotas debería ser
aquella cuya mera mención fuera en todo momento como un rayo de luz para
los oprimidos de todos los países"
Este artículo del republicano socialista irlandés James Connolly se publicó originalmente en la revista Shan Van Vocht en enero de 1897. Aparece publicado en La
causa obrera es la causa de Irlanda, la causa de Irlanda es la causa
obrera. James Connolly, antología (1896-1916). Textos sobre socialismo y
liberación nacional, publicado por la editorial Txalaparta. Sus traductores, Daniel Escribano y Àngel Ferrero, lo han cedido amablemente a Sin Permiso para su reproducción.
En Irlanda actualmente varios organismos trabajan por la preservación del sentimiento nacional en los corazones del pueblo.

Sin embargo, existe el riesgo de que una adhesión demasiado estricta
a sus actuales métodos de propaganda y la consiguiente negligencia de
temas cotidianos pueda acabar malogrando nuestros estudios históricos,
estereotipándolos y convirtiéndolos en una adoración del pasado o
cristalizando el nacionalismo en una tradición sin duda heroica y
gloriosa, con todo una tradición tan sólo.
Las tradiciones pueden proporcionar, y con frecuencia ése es el
caso, el material para un martirio glorioso, pero nunca pueden ser lo
suficientemente fuertes como para cabalgar sobre la tormenta de una
revolución exitosa.
Si el movimiento nacional de nuestros días no busca solamente volver
a protagonizar las viejas tragedias de nuestro pasado, debe ser capaz
de alzarse al nivel de las exigencias del momento presente.
Ha de demostrar al pueblo de Irlanda que nuestro nacionalismo no es
exclusivamente una idealización mórbida del pasado, sino que es capaz
de formular una respuesta diferente y sin ambages a los problemas del
presente y un programa político y económico capaz de ajustarse a las
necesidades del futuro.
Creo que la franca aceptación de la república como objetivo por
parte de los más sufridos nacionalistas proporcionará del mejor modo
este ideal político y social concreto.
No una república como la de Francia, donde una monarquía capitalista
con un presidente electo parodia los abortos constitucionales de
Inglaterra y, en alianza abierta con el despotismo moscovita, alardea
descaradamente de su apostasía de las tradiciones revolucionarias.
No una república como la de Estados Unidos, donde el poder de la
billetera ha establecido una nueva tiranía bajo las formas de libertad;
donde, cien años después de que los pies del último casaca roja
británico ensuciasen las calles de Boston, los terratenientes y hombres
de finanzas han impuesto a los ciudadanos norteamericanos una
servidumbre en comparación con la cual el impuesto de los días
anteriores a la revolución era una mera bagatela.
¡No! La república que querría establecer para mis compatriotas
debería ser aquella cuya mera mención fuera en todo momento como un
rayo de luz para los oprimidos de todos los países, que mantuviera en
todo momento la promesa de libertad y riqueza como recompensa por los
esfuerzos en su nombre.
Al agricultor arrendatario, que se encuentra atrapado entre los
terratenientes por una parte y la competición estadounidense por la
otra, atrapado entre ambas muelas de este molino; a los trabajadores
asalariados de las ciudades, que sufren las exacciones del impulso
esclavista capitalista; a los jornaleros, que trabajan duramente toda su
vida por un salario apenas suficiente para sustentar el cuerpo y el
alma; de hecho, para todos y cada uno de los millones de esforzados
trabajadores, sobre cuya miseria se sostiene el tejido aparentemente
brillante de la civilización moderna, la República irlandesa puede ser
una palabra que conjure su sufrimiento, un punto de encuentro para los
desafectos, un refugio para los oprimidos, un punto de partida para los
socialistas, entusiastas de la causa de la libertad humana.
Este vínculo de nuestras aspiraciones nacionales con las esperanzas
de hombres y mujeres que han izado el estandarte de la revuelta contra
el sistema capitalista y latifundista, del cual el Imperio británico es
el más agresivo y resuelto defensor, en ningún caso debería suponer un
elemento de discordia entre las filas de los nacionalistas más serios,
sino que debería servirnos para ponernos en contacto con los frescos
depósitos de fuerza física y moral suficientes para elevar la causa de
Irlanda a una posición más avanzada de la que ha ocupado desde el día de
Benburb.[2]
Podrá alegarse que el ideal de una república socialista, implicando,
como implica, una revolución política y económica, alienará
seguramente a nuestros partidarios de clase media y aristócratas, que
temerán la pérdida de sus propiedades y privilegios.
¿Qué significa esta objeción? ¡Que debemos conciliar con las clases privilegiadas de Irlanda!
Pero sólo puede desarmarse su hostilidad asegurándoles que en una
Irlanda libre sus “privilegios” no se verán afectados, es decir, debe
garantizárseles que, cuando Irlanda sea libre de todo dominio
extranjero, los soldados irlandeses, vestidos de verde, protegerán las
ganancias fraudulentas de los capitalistas y terratenientes de las
“huesudas manos de los pobres” del mismo modo que, sin remordimientos,
hacen los emisarios de Inglaterra hoy con sus uniformes escarlata.
Esas clases no se os unirán sobre ninguna otra base. ¿Y esperáis que las masas luchen por este ideal?
Cuando habláis de liberar Irlanda, ¿os referís a los elementos
químicos que componen el suelo de Irlanda? ¿U os referís al pueblo
irlandés? Si os referís a este último, ¿de qué proponéis liberarlo?
¿Del dominio de Inglaterra?
Todos los sistemas de administración política y la maquinaria
gubernamental no son sino un reflejo de las formas económicas
subyacentes.
El dominio inglés en Inglaterra no es sino símbolo del hecho de que
los conquistadores ingleses en el pasado forzaron en este país un
sistema de propiedad basado en el expolio, el fraude y el asesinato;
que, actualmente, el ejercicio de los “derechos de propiedad” así
originados implica la práctica continua del expolio legal y el fraude.
El dominio inglés se descubrió como la forma más apropiada de gobierno
para la protección del expolio, y el ejército inglés es la herramienta
más flexible con la que ejecutar el asesinato judicial cuando los
temores de las clases propietarias así lo demandan.
El socialista que quiera destruir de raíz la totalidad del sistema
brutalmente materialista de civilización, que, exactamente como el
idioma inglés, hemos adoptado como si fuera nuestro, es, sostengo, un
enemigo mucho más mortífero para el dominio y tutela inglesas que el
superficial pensador que imagina que es posible reconciliar la libertad
de Irlanda con aquellas formas insidiosas pero desastrosas de
sometimiento económico: la tiranía de los terratenientes, el fraude
capitalista y la usura inmunda; funestos frutos de la conquista
normanda, la trinidad impía de la cual Strongbow y Diarmuid MacMurchadha
–el ladrón normando y el traidor irlandés– fueron convenientes
precursores y apóstoles.[3]
Si mañana expulsáis al Ejército inglés e izáis la bandera verde sobre el Castillo de Dublín,[4] a menos que construyáis una República socialista todos vuestros esfuerzos habrán sido en vano.
Inglaterra os seguirá dominando. Os dominará a través de sus
capitalistas, a través de sus terratenientes, a través de sus
financieros, a través de su colección de instituciones individualistas y
comerciales que ha sembrado en este país y regado con las lágrimas de
nuestras madres y la sangre de nuestros mártires.
Inglaterra os seguirá dominando hasta vuestra ruina, incluso si
vuestros labios ofrecen un homenaje hipócrita al altar de la libertad
cuya causa habéis traicionado.
El nacionalismo, sin el socialismo, sin la reorganización de la
sociedad sobre la base de una forma más amplia y desarrollada que la de
la propiedad común que descansa en la estructura social de la antigua
Erin, no es más que cobardía nacional.
Sería el equivalente a una declaración pública de que nuestros
opresores han tenido éxito a la hora de inocularnos sus pervertidas
concepciones de justicia y moral y que finalmente decidimos aceptarlas
como si fueran las nuestras, al punto de no necesitar ya un ejército
extranjero que nos las imponga.
Como socialista, estoy dispuesto a hacer todo lo que un hombre puede
hacer para conseguir para nuestra patria su justa herencia: la
independencia. Pero si me conmináis a rebajar, siquiera una pizca, las
reivindicaciones de justicia social con el objetivo de conciliarnos con
las clases privilegiadas, entonces me habré de negar.
Una acción así no sería honorable ni factible. No olvidemos que
quien marcha en compañía del diablo nunca alcanza el cielo. Así que
proclamemos abiertamente nuestra fe. La lógica de los acontecimientos
nos acompaña.
Notas de los traductores:
[1] Durante el siglo xix y las primeras décadas del xx, raza y
sus derivados eran términos de uso común carentes de definición
precisa, utilizados para designar a grupos humanos diferenciados por sus
especificidades étnicas o culturales. A pesar de su imprecisión e
incorrección desde el punto de vista biológico, estos términos carecían
de las actuales connotaciones jerarquizantes y deterministas.
[2] La Batalla de Benburb se libró el 5 de junio de
1646. En ella se enfrentaron las fuerzas de la Irlanda confederada,
comandadas por Owen Roe O’Neil, y un ejército anglo-irlandés de covenants
escoceses que, liderados por Robert Monro, pretendía conquistar
Irlanda, acabar con el catolicismo e imponer el presbiterianismo como
religión de estado. La derrota de la armada de Monro fue decisiva en el
abandono de sus aspiraciones de conquistar el país.
[3] Richard de Clare, conde de Pembroke, llamado ‘Strongbow’ (1130-1176):
señor cambro-normando. Lideró los ejércitos normandos que invadieron
Irlanda bajo el mando de Enrique II de Inglaterra a petición de Diarmuid
MacMurchadha. Tras la invasión se convirtió en Señor de Leinster y
Justiciar de Irlanda. Sus restos se encuentran enterrados en la Catedral
de Ferns, en el condado de Wexford.
Diarmuid MacMurchadha (1110-1171): rey de Leinster. El Gran
Rey de Irlanda, Ruaidrí Ua Conchobair, expulsó a MacMurchadha de su
trono en 1167 como castigo por haber secuestrado a Dearbhfhorghaill, la
esposa del rey de Breifne Tighearnán Ua Ruairc. MacMurchadha solicitó
ayuda al rey Enrique II de Inglaterra para recuperar su reino, a cambio
hubo de jurarle lealtad. La invasión normanda convirtió a Enrique II
en Señor de Irlanda y dio comienzo a un período de dominación inglesa
que llegaría hasta el siglo XX. Conocido como “Diarmuid, el de los
extranjeros”, su hija llegó a contraer matrimonio con Strongbow. Por
todo ello Diarmuid MacMurchadha ha pasado a la historia como el mayor
traidor de la isla.
[4] El Castillo de Dublín fue la sede del gobierno británico hasta 1922 y, como tal, símbolo del dominio británico en la isla.
James Connolly fue un destacado dirigente político y
sindical del republicanismo socialista irlandés. Participó al frente
del Ejército Ciudadano Irlandés –la milicia obrera que ayudó a fundar–
en la insurrección de Pascua de 1916 que pretendía proclamar la
República de Irlanda como Estado independiente del Reino Unido.
Condenado a muerte por un tribunal militar, fue ejecutado por un
pelotón de fusilamiento en la prisión de Kilmanhaim el 12 de mayo de
1916.
Traducción: Daniel Escribano y Àngel Ferrero
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