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2015/10/12

ENTREVISTA A MANOLO GIRALDEZ, INMIGRANTE Y ACTIVISTA GALLEGO EN VENEZUELA

"...hay mucha gente que dice que salimos de turismo, pero no, la emigración gallega siempre estuvo ligada a la necesidad, al hambre y a las barbaries políticas que hubo y sigue habiendo."

Xurxo Martiz Crespo."
Terra Liberada

Manolo Giráldez nació en Candeán, parroquia de Vigo (Galiza) en 1932. A la edad de 25 años, como gran parte de su generación, emigró a Venezuela. Lejos de la férrea y cruel dictadura franquista, en su país de acogida se formó como galleguista de izquierda influenciado por los exiliados y exiliadas políticas.


Manolo conoció la injusta realidad social venezolana de los gobiernos burgueses de la Cuarta República (1959-1998), que excluían a través de la pobreza a la gran mayoría del pueblo para el privilegio de unos pocos.


En solidaridad con sus compatriotas que llegaban a una dura realidad que no era la esperada, fue uno de los fundadores del Centro Gallego de Puerto La Cruz (1960) y la Hermandad Gallega de Guayana en Puerto Ordaz (1963). En tres oportunidades, fue secretario de Cultura de la Irmandade Galega de Caracas (1966, 1985 y 1995), donde impulsó iniciativas que pusieron en práctica sus ideales patrióticos: la defensa de la cultura popular, la historia y la lengua gallegas.
En estos últimos veinte años, Manolo Giráldez ha sido testigo de la desgalleguización de la Irmandade Galega y su transformación en un club para una élite de descendientes de galegos y galegas con fuertes complicidades con la extrema derecha venezolana.


Contra el discurso mayoritario de la comunidad gallega en Venezuela que rechaza la Revolución Bolivariana, Giráldez defiende los logros de justicia social e independencia que impulsó el Comandante Chávez junto con el pueblo organizado, y que ahora continúa el presidente Nicolás Maduro.

¿En qué año emigraste a Venezuela y cuál era la imagen de Venezuela en Galiza en aquella época?

Te voy a contestar cómo la veía yo. Yo venía contratado para trabajar en el interior del país. En aquella época, en 1957, se decía que «de Petare para allá ‒es decir, de las fronteras de Caracas para allá‒ era todo monte y culebra». Y resulta que como yo tuve que viajar para abrir sucursales de Sudantex de Venezuela [empresa textil], estábamos tres o cuatro meses en cada sitio. A mí me tocó vivir en Maracay, Valencia, Mérida, Maracaibo, Cumaná, Puerto La Cruz, Puerto Ordaz, y puedo decir que de Petare para allá comienza Venezuela.

El primer lugar que me tocó fue Maracay; ahí me quedé sorprendido porque me encontré con una gran ciudad con gente maravillosa. En Maracay pasé muy poco tiempo, dos meses y pico. De ahí me fui a Valencia, una gran ciudad también, pero donde conseguí más afecto y sinceridad fue en Valera, en el estado Trujillo. Cuando iba a Valera la gente que se quedaba en Caracas me decía: «No te preocupes que vas a estar poco tiempo. Ten cuidado con los indios, con la culebras, que se pueden meter en los zapatos por la noche». Y resulta que nunca vi una culebra ni vi un indio por Valera. También estuvimos tres meses haciendo un programa de radio. En cada sitio me quedaron buenas amistades.
 
En una carta de Xoán Noia, autor de Fuxidos, desde Vigo, 1961, a Gonzalo Gómez Caridad residente en Caracas, le decía de lo conveniente que sería hacer un folleto para los gallegos que deseasen emigrar. La idea de Noia surgía de la cantidad de frustraciones que veía entre emigrantes y retornadas/os. ¿Qué nos puedes contar del «éxito» o del «fracaso» en la emigración gallega a Venezuela?
 
Yo creo que lo que se llaman fracasos hay pocos, aunque hubo gente que tuvo mala suerte, pero cada historia tiene su explicación. Era un país donde había muy poca gente que fuese especialista, por eso a los que vinieron no les fue muy difícil, sobre todo en la construcción, conseguir trabajo. En esa época Pérez Jiménez había decretado un llamamiento a la emigración porque necesitaban trabajadores, y vinimos mucha gente.

 

Muchos gallegos en el país fueron corruptos, hicieron mucho dinero gracias a la corrupción, porque era fácil ser corrupto en esa época. Yo creo que los que nos salvamos de ese desastre de la corrupción teníamos que venir preparados moralmente para no caer, porque era muy fácil.
 

Yo trabajé en varias empresas antes de montar mi negocio y en todas me encontré con lo mismo. Yo, sin duda ninguna, era un idealista más que pensaba que la gente era como me habían enseñado. La única verdad es que hay gallegos que hicieron dinero fácil a costa de la corrupción.
 
¿Cómo era la vida en la Venezuela de los años 60 si la comparamos con la de Galiza?
 
Ahí hay que decir que un país está en América y tiene quinientos y pico de años; y el otro está en Europa, y tiene miles de años. Yo siempre estuve en contra de las comparaciones que a veces hacíamos: «No, es que en Galiza tal cosa…», queriendo poner defectos y fallos a las cosas de Venezuela. Éramos injustos porque en Galiza tuvimos que salir, hay mucha gente que dice que salimos de turismo, pero no, la emigración gallega siempre estuvo ligada a la necesidad, al hambre y a las barbaries políticas que hubo y sigue habiendo. Venezuela es un país que nos recibió con mucho cariño y mucho amor. En mi caso, y en el de todos los que llevamos aquí cincuenta años, Venezuela para nosotros es un país maravilloso, de amor, de nobleza.

La apertura de la inmigración en Venezuela por el dictador Marcos Pérez Jiménez, y su política de legitimación por medio de la obra pública, significó el comienzo de la gran emigración gallega (española e italiana y más tarde portuguesa) a Venezuela. ¿Cómo era esa emigración económica? ¿Estaba despolitizada?
 
La generación que llega con Pérez Jiménez no estaba politizada, porque aquí pasaba lo mismo que pasaba allí con Franco, no se podía hablar de política. Hay mucha gente que dice que es apolítica, pero cualquier opinión a favor o en contra de algo o alguien es política, expresar una forma de pensar a favor o en contra de un gobierno también es política. Lo que pasaba en la época de Franco allá es que el que hablaba bien de Franco no era política, ahora el que hablaba mal, eso sí era política. De ahí vienen los fanatismos políticos, porque no hay un análisis de por qué yo defiendo esto y tú defiendes aquello. ¿Y por qué tú que defiendes esto y yo aquello no podemos hablar? Porque estoy seguro de que si habláramos, ambos sacaríamos algo de la conversación.

¿Se politizaron algunas/os emigrantes en Venezuela? ¿La generación de exiliadas/os anteriores hicieron trabajo político entre las/os nuevas/os emigrantes? ¿Pudieron transmitir algo?
 
Como te decía al principio, yo cuando llegué aquí era un tonto más, un gallego tonto más que consideraba: «¿Para qué aprender a hablar gallego? ¿Para qué aprender la historia gallega?». Porque era lo que nos inculcaban desde niños. Yo tuve mucha suerte. Yo de gallego, de galleguismo, no tenía nada cuando llegué, era un tonto más, de los muchos que uno se encuentra aún, que no pudieron superarse. Yo estudié en los Salesianos hasta que acabé el bachiller, empecé a trabajar y ahí no estudié más, lo que estudié fue de forma autodidacta, leyendo y haciendo cosas.

 

Cuando la Sudantex estaba abriendo el negocio en Puerto La Cruz, nosotros teníamos que venir aquí a la empresa todos los viernes, todos los fines de semana. Ese día no me fui el lunes porque nos llamaron para tener una reunión extra, y salimos el miércoles. Resulta que mi compañero de asiento en el avión era también gallego, Xosé Pestana, que había tenido que escapar de Galiza porque lo encontraron enseñando gallego y lo iban a raspar. De hecho, sus amigos de la Universidade de Santiago lo salvaron y le ayudaron a salir.
 

Comenzamos a hablar. Yo le diría cada barbaridad, le respondería: «¿Para qué el gallego?». Él, con mucha nobleza y paciencia, no se puso bravo conmigo sino que me dijo: «Manolo, tú pareces un hombre inteligente. Es tu personalidad, es tu yo. Si tú desconoces eso, no puedes decir que eres gallego, naciste en Galiza, pero no tienes el sentimiento. Tienes la sensibilidad ‒porque yo le había contado lo que habíamos hecho en Puerto La Cruz‒, pero te falta lo más importante».
 

Ese hombre vino desde Cumaná hasta Puerto La Cruz todos los sábados durante casi un año con los libros debajo del brazo a enseñarme gallego, a explicarme por qué el gallego es valioso, a hablarme de nuestra gente gallega, de nuestros valores gallegos. Yo ni de niño ni de joven pude aprender nuestro idioma porque en nuestra tierra estaba prohibido. Entonces hizo de mí un galleguista casi extremista. A él le debo todo lo que soy. Sin él, sin duda alguna, sería un tonto más.

Mucho antes de esa inmigración económica había llegado la inmigración política, en la década de los cuarenta. ¿Cómo cambió para la primera generación la situación con la llegada de miles de emigrantes económicos?
 
La generación anterior que sí estaba politizada hizo por las nuevas generaciones. Yo vine aquí a los 25 años, otros vinieron a los 10 o a los 15 con sus familias. Pero no dejaron mucha huella, al contrario, lamentablemente en nuestra Irmandade Galega hubo mucha gente muy buena que murió y ni siquiera las directivas de turno se preocuparon de decir que murieron o contar algo de su vida.

 

La gente política que vino antes que nosotros normalmente fue gente capaz y muy noble, yo conocí a una cantidad de gente que era extraordinariamente sensata y de extrema izquierda. Yo conocí gente comunista que me enseñó que con la violencia no se consigue nada, que me aconsejaban: «Manolo, violentando así no vas a conseguir nada, hay que convencer para seguir adelante».

El asociacionismo está en la médula de los gallegos en la emigración. O Lar Galego, nacionalista y republicano, originó por escisiones dos centros gallegos más (Centro Gallego y Casa de Galicia) con la llegada de la emigración económica, hasta llegar al cuarto y definitivo centro que es la fusión de los tres anteriores y que hoy conocemos como Irmandade Galega de Venezuela. ¿Puedes resumirnos la escisión progresiva del Lar Galego y los orígenes de la Irmandade?
 
Yo admiro la capacidad de los hombres que en aquel tiempo gobernaban esas tres casas, porque superaron las diferencias políticas y sociales para conseguir una sociedad que de verdad representase a Galiza. La Irmandade se fundó con miras a que fuese un orgullo para Galiza. Eso sí se perdió porque entramos en una pelea muy bárbara, sin sentido de solidaridad, entre una plancha [candidatura] de izquierdas y otra de derechas, ahí es donde las cosas chocaban demasiado. Había gente interesada en que nos lleváramos mal, aunque tengo que decir que la Irmandade Galega, a pesar de todos los problemas, hizo una labor social muy bonita, se preocupó de los gallegos que no tenían capacidad de comer bien o vivir decentemente, y se hizo mucho por eso. Eso fueron los primeros treinta años, de ahí para acá, todo cayó en barrena.

Hasta comienzos de los ochenta, Venezuela fue el único país de América en acoger emigración gallega cuando mayormente emigraba a Europa. Su bonanza económica repercutió positiva y negativamente en la inmigración gallega. ¿Realmente podemos definir la emigración económica gallega a Venezuela como una emigración de espaldas a los problemas de su país?
 
Hubo de todo, hubo muchas formas de actuar, de pensar de hacer. Normalmente la mayoría tratábamos de integrarnos al país, porque creíamos que era la manera más honrada de agradecerle la forma en que nos recibió.

A pesar de las acusaciones de «pesetera» e insensible de cara a los problemas de Galiza, por parte de algunos, la Irmandade Galega y sus socios estuvieron izados de patriotismo. El colegio Castelao, el club de ajedrez Alexandre Bóveda, la biblioteca Curros Enríquez, el teatro Rosalía de Castro o el apoyo económico desde Caracas a instituciones como la Real Academia Galega son una buena muestra de esto. ¿Cómo era la vida cultural y política de la Irmandade durante la dictadura franquista, tiempo en el que germinan todos estos proyectos?

Hubo muchos problemas, había mucha gente en ese momento y había mucha persecución desde la Embajada española. Yo recuerdo a un colaborador nuestro que nos hacía los dibujos para las elecciones. Había hecho una escalera: en una iba una persona subiendo y se llamaba Galaica y decía «en subida», y otra que iba bajando y se llamaba «en bajada», para tratar de disimular la parte política con ingenio.

 

Hubo mucha gente sacrificada de verdad, que sacrificó dinero y tiempo y mucho amor por la Irmandade Galega en sus primeros treinta años. Después ya vinieron directivas que quisieron darle un cambio hacia un club cualquiera y hoy sigue así… Te voy a decir algo, la actual directiva ‒yo hablé con varios de los chicos que están ahí‒ tiene ideas, y yo les dije: «Si no os dejáis dominar por el caciquismo y la política de derechas, podéis hacer un gran trabajo, pero para hacer un gran trabajo hay que revivir la cultura».

Tal vez la crítica más terrible a la emigración gallega provenga de Celso Emilio Ferreiro y su poemario Viaxe ao país dos ananos. Emigrante tardío, Celso Emilio buscó en la emigración el idealismo patriótico que los emigrantes económicos buscaban en los billetes que «colgaban de las ramas de los árboles». La realidad era distinta a la imaginada por Celso Emilio, pero tampoco era la que plasmó en su libro. Criticado por Seoane, recibió el silencio por respuesta a sus cartas, por parte de su ex compañero de las Mocedades Galeguistas, Xosé Velo, no Brasil.¿Podrías hablarnos de la llegada, trabajo y actividades de Celso Emilio en la Irmandade Galega y darnos tú opinión de por qué el Viaxe ao país dos ananos?
 

Empezaría respondiendo con otra pregunta: ¿Por qué a Curros le pasó lo mismo en Cuba?
 

Yo estuve muy cerca de Celso Emilio, porque Oscar Noia fue el mayor responsable de que viniera para aquí. En ese momento, yo estaba en la Secretaría de Cultura.
 

Voy a hablar sinceramente, del hombre, no del escritor o poeta, que para mí fue fabuloso en todo, salvo en eso, «el país de los enanos». Lo primero que yo le critico es que él, en vez de poner «el país de los enanos», que involucraba a todos, incluso a quienes lo ayudaron cuando vino, debió hacer una aclaratoria: «Fui a un país donde encontré, por ejemplo, muchos enanos, incluso muchísimos, si quieres», pero no puede involucrar a todos, porque hubo mucha gente, y sobre todo la familia Noia, que se preocupó de que a Celso Emilio no le faltara de nada, y estuvieron siempre pendientes de él. Entonces, ese título no cabe, ni cabía en una persona como Celso Emilio.
 

Otra cosa que pienso es que Celso Emilio no asimiló bien lo que había en la Irmandade Galega; entonces, es lógico, había una derecha muy rancia, pero en vez de ponerse a pelear con ellos, nombrar ciertas cosas, como hizo posteriormente, en principio metía a todos en el mismo saco. Ahí fue donde yo creo que se equivocó. Pero eso no le quita a Celso Emilio ni un granito de valor como gran poeta gallego que todos los gallegos debemos admirar, homenajear y querer.

Tu actividad en la Irmandade Galega de Caracas es importante y meritoria. Como secretario de Cultura fomentaste la cultura nacional llegando a inaugurar una cátedra de Cultura Galega en el colegio Castelao que hoy dirige otro histórico y ex presidente de la Irmandade, Eduardo Meilán. ¿A qué realidad se enfrenta un secretario de Cultura en la Irmandade Galega mayormente conformada por descendientes de emigrantes?
 

Te voy a contar una anécdota. Yo estuve tres veces en la Secretaría de Cultura: en el año 66, que fue la primera vez que fui directivo, que pasó sin pena ni gloria, y, después más formado, en el año 85 y en el 95, cuando se abrió la cátedra de Galego, cuando el colegio empezó a andar. En el teatro que habíamos hecho las primeras directivas, llevando las maderas al hombro, se presentó lo mejor de la cultura venezolana y lo mejor que teníamos nosotros. Y desde ahí comenzó algo que para mí tenía mucha importancia, las relaciones humanas, no sólo las relaciones públicas, que nuestros chavales y los que venían de fuera tuvieran oportunidad de conversar, de hacerse amigos y continuar con esa amistad después.
 

En el colegio, por ejemplo, yo me quejé muchas veces, pero nunca las directivas de los últimos veinte años me hicieron caso alguno, porque yo pensaba que después de comenzar el bachillerato había que hacer un seguimiento a los chavales y después de que salieran del bachillerato a la universidad, seguirlos para mirar el ejemplo y los valores que tenían. Yo recuerdo una de las satisfacciones más grandes que tuve cuando fui la última vez directivo: fui a la Universidad Simón Bolívar a ver cómo iban nuestros chicos, y el rector me agarró y me dijo: «Ahí hay diez nombres, de los diez tres son del Colegio Castelao». Esto no lo pudimos seguir haciendo.

Fuiste fundador y presidente del Centro Galego de Puerto La Cruz y de la Hermandad Gallega de Puerto Ordaz. Cuéntanos tu experiencia entre la colectividad gallega de Oriente y la realidad de la Venezuela de aquellos años en esa zona del país.
 

Lo primero que quiero decir es que el Centro Galego de Puerto La Cruz me invita mucho porque resulta que de los primeros treinta presidentes que hubo el único ex presidente vivo soy yo. Y por eso yo me afeito mucho para no dejar las barbas a remojar.
 

El Centro Galego de Puerto La Cruz fue fundado más por sentimiento que por conocimiento, porque cuando vine para aquí era un gallego tonto más, de los muchos que vinieron aquí y aún existen, del gallego que no quiso darse cuenta de muchas cosas que estábamos viviendo allá. El Centro Gallego de Puerto La Cruz se fundó exactamente el mismo día que la Irmandade Galega de Caracas, exactamente el 12 de octubre del año 1960. ¿Y qué pasaba? Aquí hay dos anécdotas que quiero contar:
 

Había ya bastantes gallegos en Puerto La Cruz, pero había un centro español del que éramos socios todos nosotros. Una vez reuní a varios gallegos y les conté que yo cada vez que iba a trabajar pasaba por el Paseo Colón y allí veía durmiendo sobre los bancos de la plaza a mucha gente y muchos de ellos eran gallegos. Una vez pasé y me encontré con un matrimonio joven, con un chaval que tenía seis años, durmiendo allí. Yo me molesté con el hombre: «¿Cómo haces eso, venir con la mujer y el hijo sin saber lo que vas encontrar aquí?». Entonces de ahí surgió la idea de que había que hacer el centro gallego para ayudar a estos paisanos nuestros que llegaban, y nosotros fundamos el centro gallego e inmediatamente la quinta de al lado sirvió de pensión. Nosotros siete estábamos pagando la pensión, pero no podíamos extendernos mucho más.
 

Lo fundamos siete aunque éramos como cincuenta o más. La mayoría eran españolistas y no querían que se fundase el centro gallego porque ya existía el centro español, entonces yo les decía: «El centro español no va ayudar a nuestra gente que llega aquí». Incluso teníamos un equipo de fútbol que era el enemigo número uno de la Polar, al que siempre ganábamos. Uno de los más reacios a que fundásemos nuestro centro gallego era nuestro defensa central, y yo le decía: «Monchiño, ¿cómo tú estás en contra? Cuando queremos hacer nuestras fiestas o escuchar nuestra música en el centro español, no podemos». El respondió: «¿Quién dijo que no? Cuando queramos poner discos nuestros, los ponemos». Yo le dije: «Bueno, vamos a hacer una cosa, tú y yo, el domingo, vamos allí por la mañana y llevamos un disco gallego ‒las fiestas eran con un pick up−. Si tú consigues que pongan el disco en el pick up para todos y ese disco termina antes de que nadie proteste, no fundamos el centro gallego y vemos cómo hacemos para ayudar a esos paisanos».
 

Entonces, el domingo, él va allí, lleva su disco y habla con quien manejaba. Comenzó a sonar, no me acuerdo qué, pero era una muñeira. Aún no llevaba unas cuantas notas, cuando sale el presidente del centro español y dice: «¿Quién ordenó poner esto aquí?». Fue corriendo allí y tiró el disco por encima de las paredes del centro. Tuvimos que agarrar a Monchiño porque le quería romper la cabeza al hombre. «Ves ‒le dije‒, aprendiste un cosa que todos nosotros deberíamos aprender». Inmediatamente se fundó el centro gallego.
 

Cuando nosotros decidimos fundar el centro, tuvimos esas dificultades que al mismo tiempo sirvieron, como pasa con todas las contradicciones, para tener más fuerza cuando sales adelante. El centro salió con mucha fuerza, se fundó la pensión.
 

Recién fundado, el locutor de la emisora a la que iba siempre estuvo trabajando y poniendo dinero como nosotros, como un gallego más, era un entusiasta. Un día estábamos reunidos y llega él para decirnos: «Mirad, en el hospital de Barcelona hay unos gallegos marineros que se les reventó la lancha y están totalmente quemados, están sin piel». Había un médico entre nosotros, el primer presidente del centro gallego, fuimos yo y dos más con él corriendo para el hospital: los mosquiteros estaban perforados y las moscas les andaban por encima. El médico firmó por la vida de los dos marineros y nos los llevamos. Lo que iba a ser nuestra secretaría se convirtió en su enfermería, durante dos meses y pico estuvieron allí tratándose. Otra de las anécdotas de los principios de la Irmandade. Por eso digo que la Irmandade Galega de Puerto La Cruz se fundó más por sentimiento que por conocimiento y hubo mucha nobleza en los principios de esa casa.
 

Yo aún voy allí y las fiestas son gallegas de verdad. Aquí todo eso se acabó, allí tú ves al presidente, al secretario y al otro haciendo pulpo, cocido… Yo disfruto con esas fiestas.

Después de tantos años en el país. ¿Cuál crees que es la imagen del venezolano respecto al gallego y la del gallego respecto al venezolano?
 

Son más nobles los venezolanos que los gallegos. La imagen de los gallegos es una imagen de gente trabajadora y honrada, y no tiene en cuenta a los que pudieran ser piratas. Para nosotros es más común no darle valor a los venezolanos. Ésa es una realidad, no sé si tiene justificación, pero es una realidad. La impresión que tienen los venezolanos de nosotros los gallegos es de gente noble, gente honrada, gente trabajadora, aunque no todo sea de color de rosa.
 

Por ejemplo, en Venezuela hay una psicosis anticomunista, nuestra gente está en contra del Gobierno porque es comunista. Hay que explicar bien qué significan las ideologías. Un comunista es una persona noble. Después de la Segunda Guerra Mundial hubo una desastrosa propaganda de los grandes capitalistas contra el comunismo, «que era salvaje, que mataban a cualquiera por cualquier cosa». Ésa es la impresión que tiene la mayoría de nuestra gente. Porque también se lo inculcaron en España, y los padres se lo inculcaron a los hijos. Yo conozco a personas de la Irmandade Galega que sé que son muy buena gente, personas buenas, nobles, trabajadoras, que no quieren el comunismo por nada y no hay forma de convencerlas.
 

"Después de la Segunda Guerra Mundial hubo una desastrosa propaganda de los grandes capitalistas contra el comunismo, «que era salvaje, que mataban a cualquiera por cualquier cosa». Ésa es la impresión que tiene la mayoría de nuestra gente. Porque también se lo inculcaron en España, y los padres se lo inculcaron a los hijos. Yo conozco a personas de la Irmandade Galega que sé que son muy buena gente, personas buenas, nobles, trabajadoras, que no quieren el comunismo por nada y no hay forma de convencerlas."
La vida interna política de la Irmandade fue, durante mucho tiempo, imagen de la herida, aún no cerrada, del golpe de Estado de 1936. Vencedores y vencidos también tuvieron que convivir en la emigración, divididos en Galaica (progresistas, galleguistas) y el grupo Unión (conservadores y algunos franquistas) y alternándose en la dirección de la Irmandade hasta el último gobierno de Manuel Ulloa de Galaica en la década de los noventa. ¿Acabó esa alternancia? ¿Representan hoy la Galaica y el Grupo Unión lo mismo que hace años?
 
De 1995 a 1997 fue el último gobierno de la Galaica. Y ahí no volvimos a ganar más nunca. La Galaica bajó mucho. Fíjate bien la contradicción tan tremenda que hay. Ellos nos llevan ganando veinte años bajando votos, ellos todos los años bajan votos, pero nosotros bajamos más.

 

La Galaica y el Grupo Unión no representan, hoy en día, lo mismo que hace años. Es un «no» que no me cabe en esta mesa para escribírtelo, hoy la Galaica no es la Galaica de antes, ni se le parece, y el Grupo Unión tampoco. En los primeros años la oposición era arrecha, dura, fuerte, pero con sensibilidad política. Hoy en día eso no existe. La política hoy se mueve por dinero no por ideologías.
 

Yo soy de los que pienso que aún hay gente buena que podemos salvar dentro de la Irmandade. El problema nuestro es que nosotros abandonamos a la juventud, no le dimos importancia. La juventud de la Galaica se fue porque no la tratamos bien y sin los jóvenes no se puede hacer nada, eso es imposible.
 
La Irmandade Galega de Venezuela es el centro gallego más grande en número de socios y rico económicamente del mundo. Parece que muchos de sus asociados no sabían que vivían en Venezuela hasta la llegada de Chávez al poder. ¿Cómo afectó a la colectividad gallega la Revolución Bolivariana? ¿No crees que hubo una mentalidad de gueto entre la comunidad gallega de cara al pueblo venezolano?
 

Físicamente también es el más grande del mundo, culturalmente está entre los últimos.
 

Yo creo que el 90% de los gallegos en Venezuela está en contra de la Revolución, pero resulta que están en contra de la Revolución sin saber por qué, porque la mayoría son católicos y no quieren saber nada de comunismo. Entonces la oposición saca formalmente la publicidad «No queremos comunismo», «No queremos castristas». Y esto convence más a la gente que un maestro. Prefieren el capitalismo porque lo que se busca es el dinero.

Por primera vez en la historia política de Venezuela, gallegos comparten y participan en el poder con venezolanos. A pesar de esto, esa honrosa participación no trajo ni simpatías ni adhesiones hacia la causa de la mayoría del pueblo venezolano por parte de la mayoría de las/os gallegas/os en Venezuela. ¿Qué pasó? ¿Es un problema de identidad, si cabe de clase? ¿Qué opinas al respecto?
 

Lamentablemente, nuestra gente no sabe de política. Más que un problema de clase es de conocimiento, simplemente porque el gallego no es torpe, el gallego es inteligente aunque tuviese poca escuela, pero dominado por una religión, un grupo político.
 
Existe un peligro real de desaparición de los centros gallegos en Latinoamérica. Aún no es cercano en Venezuela, por ser la comunidad migratoria más joven, pero eso no significa que una lógica de desgalleguización de la Irmandade no signifique su transformación en un simple centro de ocio. Sabemos que es difícil la solución, pero ¿cómo ves el futuro de los centros gallegos en Venezuela?
 

La culpa de que los centros gallegos estén en peligro de desaparecer la tenemos nosotros, los gallegos, que nos pasamos la vida peleando entre nosotros por la consecuencia de la guerra civil, en vez de hacer lo mismo que hicieron los fundadores de la Irmandade Galega, sentarse en una mesa y decir: «Tú tienes una ideología y te la voy a respetar, y yo tengo la mía, pero aquí estamos trabajando por la Irmandade Galega», así se puede hacer mucho más. Pero no, nos pasamos la vida peleando, haciéndonos trácalas y no reconociendo asambleas, haciendo cosas que no están dentro de la lógica, lo que demuestra falta de capacidad. Tenemos que reconocer que en estos últimos años la capacidad de la izquierda gallega en la emigración fue bajando enormemente. Nosotros tuvimos gente de verdad muy buena, podría nombrar a la familia Noia, una cantidad de gente que se sacrificó y sabían lo que querían.
 

Yo pienso que los centros gallegos en Latinoamérica se irán convirtiendo en clubs semielitescos, no sé si tendremos chance de evitar eso. Soy de los que pienso que hay que luchar y lucharé hasta que no pueda más contra eso. El primer problema que tenemos como gallegos y como personas de izquierda es la unidad. En el mundo entero la izquierda no aprendió sus lecciones. A las elecciones, va un grupo de derecha y cuarenta grupos de izquierda, que si se juntasen todos, arrasarían, pero no lo hacen porque creemos que nosotros somos los más inteligentes y no podemos adaptarnos a lo que la mayoría decide. Eso es lo que pienso.
 
Las políticas para las comunidades gallegas en el exterior de los distintos gobiernos del Partido Popular (PP) en la Xunta de Galiza aceleraron la desgalleguización y la pérdida de esencia de muchas actividades de los centros gallegos en el exterior. ¿Qué pedirías al gobierno gallego con respecto a los centros gallegos en Latinoamérica, pensando desde Venezuela?
 

La desgalleguización comenzó durante los años del dictador Francisco Franco Vaamonde, la gente de mi generación crecimos escuchando que lo nuestro no valía para nada. Eso es lo que aprendimos desde niños. Entonces, a la generación que podía defender los derechos de verdad la perdimos.
 

Al gobierno gallego le pediría que hablase más con las directivas de todos los centros gallegos, que tuvieran alguna conferencia cuando los van a visitar, para demostrarles que los centros nacieron para ser gallegos nada más ‒no para ser clubs‒, y no sólo para ayudar a los gallegos con necesidades, sino para difundir nuestra cultura, nuestra historia, nuestras bellezas naturales, nuestros barrios, nuestras aldeas, todo, viviríamos una vida hablando de eso y no terminaríamos de decirlo. Pero el gobierno gallego viene aquí, lo agarran los directivos y se los llevan a comer, y ya hablaron con todos. El problema comienza por nuestro gobierno gallego que no tiene amor a Galiza de verdad.
 
Sabemos que eres un gran defensor de las inclusiones sociales y de las políticas sociales. Fuiste testigo del maravilloso trato humano que daban los médicos y las médicas cubanas a pacientes llegados de toda Latinoamérica y echabas de menos ese trato en una sanidad mercantilizada como la venezolana. ¿En que cambió, o intentó cambiar, la Venezuela de Chávez? ¿Cómo le explicarías a un/a gallego/a que no sabe nada de Venezuela lo que está pasando aquí?
 

Pues yo les explicaría, usando palabras de Galeano, que el mundo anda al revés, que los que hacen las guerras, los que matan, los que asesinan, los que destruyen el planeta, los imperialistas tienen fama de buenos, son los mejores demócratas del mundo, son la mejor gente.
 

En Venezuela, en aquel tiempo, cuando llegamos a La Guaira y vimos tantos ranchitos, tantas cosas, lo primero que nos preguntamos fue cómo era posible que tanta gente tuviera que vivir así en un país que nosotros teníamos conocimiento de que había muchas riquezas.
 

Desde que llegó Chávez comenzó a preocuparse de esa mayoría que vivía por todo el interior del país y en Caracas, Petare, Catia y otros barrios más.
 

La primera vez que subí al barrio más alto de Petare fue por otra anécdota que me pasó en el trabajo. Un día llegó un niño, tenía 12 años, bien limpio con ropa muy pobre, se acercó a mí para pedirme trabajo. Le pregunté por qué y me contó todo lo que le pasaba: que iban a operar a su madre, a amputarle una pierna, y sus dos hermanas podían colaborar y él no podía colaborar con los gastos. Me pareció que si yo le daba dinero, sería una limosna, y él no me había pedido limosna sino trabajo. Entonces, le hice una propuesta: durante el mes que iba a durar allí trabajando, él trabajaría conmigo, no con la empresa, y yo le pagaría un salario para que se lo llevase a su madre. Resultó ser un chico que después se ganó la simpatía de todos los trabajadores que había. Cobró y se fue.
 

Yo ya lo había olvidado cuando a los seis meses entra por mi negocio y se acerca a mí para pedirme un favor. Yo, mal pensado, como somos siempre nosotros, pensé que me venía a pedir dinero, y me dice: «Le prometí a mi mamá que yo lo iba a llevar a nuestro rancho, porque mi mamá la operaron ya, pero no puede caminar y quiere agradecerle lo que hizo conmigo. Pero a lo mejor usted no quiere ir porque es en un barrio». Yo le respondí sin saber dónde era todavía: «El domingo en la mañana vienes y me llevas allá». Y fuimos allí. Al entrar subiendo por esas escaleras de Petare, los ranchos eran paupérrimos, algo horrible.
 

Entramos en el rancho, que no tenía habitaciones, era redondo y había cuatro camas, muy pobre. Cuando estoy hablando con la señora, le digo: «No puedo entender que en un país tan rico como éste tengáis que vivir así». Esto fue hace años, antes de que llegase Chávez, y cuando me estoy despidiendo me responde: «Ay, señor Manolo, y si no fuera por el petróleo, el hierro y el oro, ¿qué sería de nosotros?». Y no supe qué contestar.
 
Para acabar, la emigración a Venezuela marcó tu vida. ¿Alguna vez pensaste en cómo pudo ser tu vida sin haber emigrado?
 
Seguiría trabajando en Almacenes Romero veinte años más, porque yo estaba bien allí, estaba bien tratado.

 

Mi profesor de francés, cuando yo estudiaba en los Salesianos, escribía novelas policiacas y me permitía andar a su lado criticando sus novelas. Era cura. Una vez que le estaba reclamando, me dio un golpe en la cabeza y me dijo: «Mira, Melón ‒yo era rapado y me llamaba Melón‒, a medida que vayas creciendo te darás cuenta que las mejores cosas de tu vida te van a pasar por coincidencia, no porque tú las buscaste».
Hay dos anécdotas que marcaron mi vida en Venezuela: la primera que conté de cómo me hice gallego, y la otra fue cómo encontré a mi mujer, a Zaira. Las coincidencias no pudieron ser mayores.

 

Cuando vine para aquí traía una carta de un amigo mío portugués que vivía en Vigo, para ver si yo se la podía entregar a su familia que vivía en Caracas. La oficina de la Sudantex estaba en la avenida Urdaneta, en el edificio Cara. Yo fui ahí, entregué la carta, hablé con la gente y me fui rápido porque me estaba esperando el carro para irme al interior del país. Hice mi primer recorrido, dos años y medio, y cuando regresé fui derecho a la Candelaria donde estaba el edificio en el que iba a alquilar una habitación. Antes de entrar, fui a un bar a tomar una cerveza y me encontré con otro hombre de los cuatro con los que vine a Venezuela y me comentó que había una habitación vacía, en la casa de una viuda, que era maravillosa. Fuimos allí y allí me quedé. Resulta que después me enteré que era el mismo edificio donde yo había entrado, por primera vez, a entregar la carta de mi amigo. En Caracas, una capital como Caracas, que era más pequeña que hoy, pero ya era grande. Y ahí vivía la que fue mi mujer durante tantos años, Zaira.

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