"En los términos utilizados actualmente por los llamados «Grupos de
resolución de conflictos», de tanta fama artificial ahora mismo en
Euskal Herria, podríamos denominar a la vieja táctica persa como
«educación para la paz», cuando en la realidad es el proceso de
incapacitación psicofísica para el ejercicio del derecho y de la
necesidad a la autodefensa contra la opresión y la injusticia."
Petri Rekabarren
Boltxe.info

El conjunto de la población del que podían reclutarse estos
mercenarios no era muy grande. La mayoría de las naciones del imperio
hacía tiempo que habían dejado de proporcionar instrucción militar a sus
jóvenes, de acuerdo con la política persa. Tras la conquista de Lidia,
por ejemplo, se anuló cualquier tipo de instrucción militar a sus
jóvenes, y en muy poco tiempo los lidios perdieron todo espíritu de
revuelta. Incluso en el caso de querer resistirse al imperio no hubieran
sabido cómo hacerlo. Así pues, la mayoría de los mercenarios tendían a
reclutarse de naciones que todavía permanecían «libres». En la
antigüedad esta palabra se podía usar casi como sinónimo de cualquier
sociedad que proporcionara alguna forma de instrucción militar
organizada a su juventud.
En los términos utilizados actualmente por los llamados «Grupos de
resolución de conflictos», de tanta fama artificial ahora mismo en
Euskal Herria, podríamos denominar a la vieja táctica persa como
«educación para la paz», cuando en la realidad es el proceso de
incapacitación psicofísica para el ejercicio del derecho y de la
necesidad a la autodefensa contra la opresión y la injusticia. El
imperio persa no descubrió ninguna nueva forma de «pacificación» sino
que se limitó a aplicar a la juventud masculina de los pueblos que
explotaba las muy eficaces formas de «educación para la paz» empleadas
desde tiempos remotos por el sistema patriarcal contra las mujeres:
prohibirles no solo el aprendizaje de las armas sino inculcarles, en
especial, «la humildad y la paciencia». La historia de la liberación de
la mujer muestra, primero, que su capacidad de resistencia no ha sido
nunca extinguida y, segundo, que se refuerza con el desarrollo de armas
más ligeras y mortales, sobre todo cuando rompe los barrotes de la
cárcel familiar integrándose plenamente en la llamada «vida pública».
Para cuando Maquiavelo escribió su obra cumbre, El Príncipe,
en 1513, las lecciones de las resistencias de los pueblos y de su
capacidad para superar las sucesivas «educaciones para la paz» eran
tales que pudo afirmar con total certidumbre histórica aquello de que
«los suizos son muy libres porque disponen de armas propias». El pueblo
suizo más empobrecido y explotado había demostrado su amor por la
libertad cantonal y su negativa a pagar impuestos a la nobleza austríaca
con la insurrección de 1240, aplastada en sangre: aún así nunca
renunciaron al aprendizaje y uso de las armas hasta lograr la libertad
medio siglo más tarde, manteniéndola desde entonces hasta ahora. Sin
embargo, lo peor, lo más dañino para la libertad de los pueblos, no
radica en la prohibición de poseer armas sino en la anulación de la
conciencia de su derecho para hacerlo, para practicar la autodefensa
cuando lo estime necesario; conciencia del derecho que es la base sobre
la que puede levantarse luego la resistencia activa en cualquiera de sus
formas, si se viera necesario hacerlo.
Los Estados y poderes establecidos siempre han prestado sumo interés
en desarrollar los mejores métodos de «pacificación mental» de las
naciones oprimidas y de sus clases trabajadoras. Todavía siguen vigentes
en Hego Euskal Herria tácticas diseñadas en el famoso Plan ZEN del PSOE
de comienzos de 1983, aunque más tarde se aplicaron también otras. Pero
aquí no vamos a detenernos en las medidas aplicadas por el Estado
español en el último tercio de siglo sino en los incuestionables efectos
negativos que tienen para la conciencia popular los rechazos del
derecho a la resistencia reiteradamente realizados por fuerzas
sociopolíticas que tienen la confianza de amplios sectores de la nación
oprimida. Es incuestionable que la decisión del PNV y del Gobierno Vasco
de rendirse a los invasores italianos en 1937, de desmantelar una
década después su pequeña pero muy simbólica fuerza armada acantonada en
el Pirineo Occidental, de oponerse sistemáticamente a ETA, de aceptar
las imposiciones españolas una tras otras, etcétera, ha debilitado
mental y psicológicamente a decenas de miles de vascos y vascas que en
cada una de esas coyunturas sí asumían el derecho a la resistencia,
aunque dudasen de la posibilidad y/o necesidad de practicarla con todas
sus consecuencias en esos momentos.
Con ciertas variantes, otro tanto tenemos que decir de la política
del Partido Comunista de Euskadi y de España con su política de
«reconciliación nacional» desde los años 50, con el abandono de toda
defensa teórica y ética de la memoria de lucha y del heroísmo de la
guerrilla, y sobre todo con su política sobre el ejército franquista y
las fuerzas represivas desde los 70, política unida a las purgas de la
militancia de izquierda de los sindicatos, movimientos populares,
sociales y vecinales y del interior del partido. La aceptación de la
monarquía franquista por otras izquierdas verbalmente más radicales que
el PC, como la ORT y el PT, por ejemplo, y el ostentoso giro al centro
derecha del PSOE, todo esto se sumó al mazazo político-moral dado por el
PC precipitando en la segunda mitad de los años 80 el llamado
«desencanto», que poco más tarde tendría una expresión propia en
Hegoalde a raíz del estallido de EIA-EE y de la integración de algunos
de sus grupos en el aparato estatal español e indirectamente mediante el
rodeo de la burocracia del PNV.
Para la izquierda revolucionaria siempre ha sido un punto decisivo de
debate calibrar de la forma más fiable posible los efectos negativos de
esas claudicaciones sobre la conciencia popular. Se sabe que por lo
general han sido desastrosos, dependiendo su gravedad de varios factores
entre los que destaca la existencia en esos momentos de una sólida
fuerza organizada capaz de aguantar el temporal, explicar al pueblo lo
que está sucediendo y proponer alternativas coherentes para salir del
atolladero. Tras la rendición de Santoña en 1937 el independentismo
popular vasco dispuso de la fuerza organizada suficiente para seguir con
la lucha contra el invasor franquista.
Después del desmantelamiento de finales de los años 40 y en medio de la pasividad acobardada en Hegoalde, surgió el embrión de otra fuerza que llegaría a ser decisiva con el tiempo: ETA. En los años 60 no se hizo esperar la reacción al reformismo del PC de Euskadi y de España con la lucha de ETA y con la proliferación de otras organizaciones revolucionarias, muchas de ellas escindidas de ETA pero también del mismo PC: sin esta amplia movilización clandestina difícilmente hubiera podido darse la oleada de lucha nacional de clase que vivificó Euskal Herria capacitándola para resistir los tremendos mazazos represivos que se multiplicaron desde entonces. El «desencanto» fue superado por la acción del MLNV y el Estado respondió con el endurecimiento represivo total desde la segunda mitad de los años 90 hasta ahora. De nuevo, el pueblo trabajador dispuso del instrumento político y teórico organizado centralizador del grueso de sus luchas en el plano estratégico.
Después del desmantelamiento de finales de los años 40 y en medio de la pasividad acobardada en Hegoalde, surgió el embrión de otra fuerza que llegaría a ser decisiva con el tiempo: ETA. En los años 60 no se hizo esperar la reacción al reformismo del PC de Euskadi y de España con la lucha de ETA y con la proliferación de otras organizaciones revolucionarias, muchas de ellas escindidas de ETA pero también del mismo PC: sin esta amplia movilización clandestina difícilmente hubiera podido darse la oleada de lucha nacional de clase que vivificó Euskal Herria capacitándola para resistir los tremendos mazazos represivos que se multiplicaron desde entonces. El «desencanto» fue superado por la acción del MLNV y el Estado respondió con el endurecimiento represivo total desde la segunda mitad de los años 90 hasta ahora. De nuevo, el pueblo trabajador dispuso del instrumento político y teórico organizado centralizador del grueso de sus luchas en el plano estratégico.
A lo largo de esta prolongada experiencia a la que, con matices,
podemos añadir la anterior habida en la Euskal Herria del Régimen Foral
que garantizaba formalmente la defensa de las libertades vascas, lo
menos importante ahora es el ejercicio popular de la violencia defensiva
tácticamente en cada período porque lo que estamos exponiendo es una
condición previa imprescindible: si por las razones que fueran el pueblo
puede estar siendo «educacionalmente pacificado» en el sentido profundo
dado por N. Sekunda, si esto puede estar ocurriendo, entonces hay que
replantearse toda la política que facilita esa «normalización». Más aún,
dada la importancia del problema, es necesario repasar cada determinado
tiempo si por errores de la izquierda o porque esta o una parte de ella
haya optado abiertamente por una línea política que, al margen de su
voluntad, desborde las intenciones primeras y facilite la «pacificación
mental» del pueblo.
Desde hace algún tiempo, una parte de la izquierda abertzale lleva en
este sentido una línea política caracterizada por cinco cuestiones:
una, insistir en que sus objetivos pueden lograrse únicamente mediante
la acción política, democrática y pacífica; dos, abandonar toda
referencia práctica y teórica a las violencias estructurales, objetivas y
permanentes, sean visibles o invisibles, que a diario golpean al pueblo
trabajador; tres, una interpretación histórica neutralista y aséptica,
«equidistante», de los largos años de lucha armada defensiva y del
llamado «problema de las víctimas»; cuatro, condenar y rechazar toda
forma de resistencia y denuncia violenta practicada por cualquier
colectivo en protesta de la violencia estructural, ofensiva e injusta;
y, cinco, mantener un mutismo absoluto sobre el modelo de seguridad
civil democrática y popular inserto en un plan de autodefensa nacional.
Veámoslo uno por uno.
Uno, insistir en que sus objetivos pueden lograrse únicamente mediante la acción política, democrática y pacífica.
Desde la irrupción definitiva del capitalismo industrial y minero a
finales del siglo XIX, la vida sociopolítica, económica y cultural vasca
ha estado unida a una enrevesada interacción de las violencias
opresoras y oprimidas; la lucha armada practicada por ETA es solo una
pequeña porción de los múltiples conflictos habidos, que siguen habiendo
y que habrá sí o sí, aunque ETA haya abandonado la lucha armada. Desde
esta perspectiva, que es la única válida para comprender el problema en
su significado profundo y de futuro, la insistencia unilateral,
absoluta, sin matices ni excepciones, en el pacifismo, solo acarrea
desconcierto en una parte amplia de la militancia, malestar en otra y
euforia en el reformismo y en la burguesía. La identificación de la
«democracia» y de la «política» con el pacifismo institucionalista,
multiplica los efectos negativos de semejante simplismo idealista. Por
si fuera poco, las meras alusiones verbales a una «desobediencia civil» y
a una «acción no-violenta» que apenas se realizan en su contenido
radical, pese a las promesas realizadas en su momento, no hacen sino
aumentar el desconcierto y la frustración en una parte, y la euforia en
el sistema.
Dos, abandonar toda referencia práctica y teórica a las
violencias estructurales, objetivas y permanentes, sean visibles o
invisibles, que a diario golpean al pueblo trabajador. Las
denuncias de las violencias que se han hecho han sido muy contadas e
inmediatistas porque han respondido a agresiones represivas previas, a
detenciones generalmente. Han sido denuncias superficiales e
inmediatistas porque se limitan al hecho aislado y pasajero, sin estar
insertas de un programa sistemático de estudio de las violencias
estructurales y objetivas que padece nuestro pueblo a diario. Es cierto
que hay colectivos que luchan contra violencias específicas -patronal y
burguesa, patriarcal y adulta, racista, estatales, etcétera-, pero no
hay ningún proyecto de coordinarlas en una dinámica nacional de
respuesta aunque sea en el plano teórico-político. Debido a esta
ausencia, se debilita la percepción de la unicidad elemental de la
violencia opresora y se fortalece la creencia de que no existe una
coherencia de fondo opresor sino pequeñas micro-violencias y
micro-explotaciones separadas entre sí. Al debilitarse la visión teórica
unitaria se fortalecen las tesis de las múltiples micro-resistencias
aisladas entre sí, pero unidas por el dogma del pacifismo,
generalizándose la creencia de que puede acabarse con las
micro-opresiones aisladas mediante otras tantas micro-movilizaciones
aisladas: ha triunfado así la máxima político-militar romana de divide y vencerás.
Tres, una interpretación histórica neutralista y aséptica, «equidistante», de los largos años de lucha armada defensiva y del llamado «problema de las víctimas».
Tal vez esta sea una de las «novedades» que más daño está haciendo en
amplios sectores de las bases independentistas, no exclusivamente en su
militancia más consciente. Decimos «novedades» porque si bien era
perceptible un debilitamiento en los tres últimos lustros de la
explicación teórica y ética de la violencia defensiva como forma táctica
inserta en el principio de mal menor necesario, no es menos cierto que
en los últimos años ha desaparecido cualquier preocupación por
contrarrestar la reaccionaria ideología burguesa al respecto. En
especial no explicar entre el pueblo una serie de realidades, teorías y
principios éticos sin los cuales termina de imponerse más temprano que
tarde la ideología burguesa en cualquiera de sus expresiones. La forma
más peligrosa y dañina, además de falsa, que ha desarrollado una parte
de la izquierda vasca en el momento de la evaluación de la violencia
defensiva ha sido la de decir que respondía a la emotividad y no a la
razón política, a reacciones de ira y no de racionalidad, y que ahora,
en esta «nueva situación», la política ha de ser racional y no
emocional. En su momento criticaremos radicalmente esta aberración que
justifica, entre otras barbaridades, las presiones a familiares de
militantes asesinados para su consentimiento para la retirada de placas
en su memoria y honor, dos fuerzas decisivas para la supervivencia de
toda nación oprimida.
Cuarto, condenar y rechazar toda forma de resistencia y denuncia
violenta practicada por cualquier colectivo en protesta de la violencia
estructural, ofensiva e injusta. Este punto es un correlato
necesario de los tres anteriores porque una vez llegados a tales niveles
solo queda el paso de oponerse a cualquier autodefensa no pacifista y
no legalista.
La lista de condenas y rechazos es lo suficientemente contundente y significativa como para alargarnos en ella, ya que lo importante ahora es analizar la coherencia interna de los cuatro puntos -y del quinto que veremos- porque se necesitan mutuamente. No se puede ser pacifista aceptando solo algunas violencias y rechazando el resto; no se puede despreciar la teoría revolucionaria aceptando algunas prácticas de resistencia violenta ya que existiría una contradicción irresoluble; y no puede pretenderse ser neutral y equidistante en la revisión de la historia si se siguen aceptando algunas formas de violencia de respuesta contra la opresión. El supuesto «realismo político» actual que justifica la auto-amputación de nuestra propia memoria y honor no puede ir acompañado de la aceptación de algunas formas de protesta violenta porque entonces ¿dónde está el límite entre unas y otras?
La lista de condenas y rechazos es lo suficientemente contundente y significativa como para alargarnos en ella, ya que lo importante ahora es analizar la coherencia interna de los cuatro puntos -y del quinto que veremos- porque se necesitan mutuamente. No se puede ser pacifista aceptando solo algunas violencias y rechazando el resto; no se puede despreciar la teoría revolucionaria aceptando algunas prácticas de resistencia violenta ya que existiría una contradicción irresoluble; y no puede pretenderse ser neutral y equidistante en la revisión de la historia si se siguen aceptando algunas formas de violencia de respuesta contra la opresión. El supuesto «realismo político» actual que justifica la auto-amputación de nuestra propia memoria y honor no puede ir acompañado de la aceptación de algunas formas de protesta violenta porque entonces ¿dónde está el límite entre unas y otras?
Y quinto, mantener un mutismo absoluto sobre el modelo de seguridad civil democrática y popular inserto en un plan de autodefensa nacional.
Ninguno de los cuatro puntos anteriores adquiriría su coherencia plena
sin este mutismo público en lo tocante al papel de las llamadas «fuerzas
del orden» en el presente y a las alternativas concretas actuales
urgentes y necesarias así como a las generales futuras. Las campañas del
Alde Hemendik, del Ospa Eguna, y otras idénticas, permanentes en el
pasado, han desaparecido casi en su totalidad ahora, a excepción de las
recuperaciones que empiezan a proliferar desde iniciativas populares que
no de la izquierda abertzale «oficial». Pero la pregunta surge al
instante: ¿qué sistema democrático de seguridad nacional integral
sustituirá a las fuerzas de ocupación, a la Ertzaintza y a la Policía
Foral? La política del avestruz solo empeora el problema porque,
mientras tanto, el Estado y la burguesía vasca gana tiempo en medio del
desconcierto popular. Pero la crítica radical que hay que hacer al
mutismo consiste en que no puede negarse al pueblo su intervención
democrática en esta cuestión, tratándole con el mismo desprecio
burocrático que ha recibido la militancia de base de Sortu, que sigue
sin conocer oficialmente el resultado del debate realizado hace
aproximadamente dos años.
Concluyendo: ¿sufrirá el pueblo trabajador vasco la misma suerte que
el lidio, que cuando quiso defenderse había olvidado además del uso de
las armas, la imprescindible noción de libertad?
Petri Rekabarren
26 de septiembre de 2014
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