En las últimas semanas se ha conocido la magnitud del espionaje que Estados
Unidos realiza contra el resto del mundo y sus propios ciudadanos desde hace más
de diez años. Ese espionaje se realiza a través de todas las tecnologías de la
información y la comunicación, ninguna de las cuales está a salvo, llámese
internet, teléfono celular o Facebook, hecho que ha desbaratado las utopías
digitales que habían proclamado los cultores de esas tecnologías. El espionaje
de los Estados Unidos no puede considerarse como un fenómeno pasajero, propio de
éste o aquel gobierno, sino que es una muestra de la configuración de un poder
tecnofascista a escala mundial, propio de un imperialismo en decadencia.

Estados Unidos espía a todo el mundo, y
en este caso no es una metáfora, porque se sabe con certeza que mediante
distintos sistemas tecnológicos altamente sofisticados captura millones de
correos electrónicos o comunicaciones de teléfonos celulares en todos los países
del planeta. Estados Unidos espía indistintamente a amigos y enemigos, ya que no
se salvan ni sus peones más incondicionales, es decir, gobiernos como el
colombiano, el mexicano, el español o el israelí. Controla las comunicaciones
personales que emiten desde sus “super-seguros” teléfonos móviles mandatarios de
diversos países y otros individuos: durante años ha tenido interceptado el
teléfono de la primera ministra de Alemania Angela Merkel; ha grabado los
mensajes de los altos funcionarios del gobierno venezolano, incluyendo las
comunicaciones del presidente Hugo Chávez; ha monitoreado las informaciones
internas de conferencias y de reuniones de organismos como las de la ONU y otras
instancias, con el fin de conocer en forma directa y anticipada las decisiones
sobre asuntos políticos y económicos en juego…
Este espionaje no es algo
excepcional que se ha derivado de la mal llamada “guerra contra el terrorismo”,
después del 11 de septiembre de 2001, sino que hace parte de la “sociedad de la
vigilancia” perpetúa en que se convirtió el capitalismo contemporáneo. A
diferencia de otras épocas, esa vigilancia y control permanentes han sido
aceptados por la gran mayoría de la gente como algo normal, e incluso han sido
interiorizados como una pauta de comportamiento cotidiano. En ningún otro
momento en la historia de la humanidad, un sector de la sociedad consideraba
como un gran avance que todas sus acciones individuales fueran conocidas por
otra parte de la sociedad, como sucede hoy con las mal llamadas redes sociales
(Facebook y otras), en donde se exponen a la vista pública los más elementales
actos de la vida cotidiana. Nunca antes se habría admitido como algo normal que
las calles de las ciudades estén repletas de cámaras que vigilan todos nuestros
movimientos de día y de noche. En épocas anteriores existía algo de dignidad,
como para negarse a participar en los shows mediáticos del “gran hermano” y
vulgaridades parecidas. Tampoco antes era considerado como normal y sano que la
gente estuviera contando sus cosas personales a los cuatro vientos, como se hace
hoy a través de los insoportables teléfonos celulares.
El despliegue de
todos estos artefactos de control indican que el capitalismo ya había creado
desde hace varias décadas el escenario de la vigilancia perpetua en la vida
diaria, que se hace extensivo al plano político, que es el objetivo central del
espionaje que se realiza desde los Estados Unidos. Se trata de saber, para
reprimir, lo que piensa, dice y hace la gente con respecto a la dominación y la
explotación. Estos son los mensajes que le interesan a los Estados Unidos en
forma prioritaria, a los que se califican como propios del “terrorismo”, un
nombre etéreo en el que se engloba todo aquello que se enfrente de una u otra
forma al imperialismo y al capitalismo.
La vigilancia también tiene
finalidades de tipo económico y mercantil, para determinar, por ejemplo, los
patrones de consumo y las preferencias y gustos de la población. Eso lo hacen
las empresas y bancos para impulsar aquellos productos que se sintonicen con los
deseos hedonistas de los internautas y parlanchines compulsivos de los
celulares. Pese a eso, el asunto principal es de naturaleza política, y tiene
que ver con la intromisión en la vida privada de las personas y en el control y
represión que de allí se deriva. Algunos dirán que esto es una teoría
conspirativa que no es real, pero desafortunadamente no es así, y para
demostrarlo basta recordar que la información que recoge Estados Unidos se
materializa en bombardeos con los drones (aviones no tripulados) en varios
lugares del mundo, donde han sido asesinadas miles de personas, o en la captura
ilegal de los que son considerados como terroristas que luego son torturados en
las bases secretas de los Estados Unidos o ahora en sus barcos en ultramar. Así
mismo, diversas instancias del Estado yanqui le suministran información a sus
súbditos sobre la localización exacta de aquellos que protestan o luchan a
escala local, como ya se ha señalado con relación a la insurgencia colombiana.
Al respecto, el New York Times ha informado que la Agencia de Seguridad Nacional
cooperó con el Ejército colombiano, puesto que "su tecnología de espionaje,
instalada en un avión del Departamento de Defensa de Estados Unidos que volaba a
18.300 kilómetros por encima de Colombia", les proporcionó "la localización y
los planes de los rebeldes de las FARC".
Para un imperialismo en
decadencia, como lo es el estadounidense, todos somos sospechosos y como tal
debemos ser vigilados y reprimidos, lo cual se constituye en la premisa básica
de las guerras de agresión, conquista y saqueo que esa potencia ha librado en
los últimos años; guerras que se dirigen también contra su propia población,
principalmente contra los pobres y los trabajadores. Por esa razón, no sorprende
que los centros de espionaje se encuentren localizados en unas 100 embajadas de
los Estados Unidos en todo el mundo. Desde allí operan programas que interceptan
la información que circula por los cables de fibra óptica, así como por
celulares, comunicaciones satelitales y redes de internet.
FIN DE LAS
UTOPIAS DIGITALES
Con el espionaje generalizado se desmorona las
utopías tecnológicas que se difundieron en los últimos años entorno al supuesto
carácter libertario y democrarizador que tendrían en sí mismas dichas
tecnologías, en especial internet y la telefonía celular. Valga recordar algunas
de esas utopías:
Democracia electrónica y libertad absoluta en
InternetDesde cuando surgió Internet –que fue un proyecto original
del sector militar de los Estados Unidos- se difundió la idea que esta red
virtual daría origen a una democracia electrónica. Se suponía que con la web se
podía multiplicar el conocimiento y la libre circulación de datos, bajo el
amparo del anonimato y la creatividad individual, lo que se hacía al margen de
los Estados y burlando el control de cualquier Estado y, por ende, se proclamaba
la eliminación de la censura. A partir de esa suposición falaz se construyó el
“espíritu internet”, visto como el soporte tecnológico que permitía la
emergencia de una democracia perfecta, en la cual se podía develar todas las
tramas ocultas del poder y reafirmar la libertad individual a través del mundo
virtual, y estaba libre y al margen de cualquier control y manipulación
gubernamental.
Con lo que se ha sabido en las últimas semanas sobre la
existencia de instrumentos tecnológicos que utilizan los Estados Unidos y Gran
Bretaña, entre otros, y que permiten la captura de cualquier información que
circule a través de los medios electrónicos, resulta muy difícil seguir
defendiendo la utopía de la democracia virtual y de la libertad absoluta que
propiciaría la web.
El mercado como garante de la libertad de
expresiónOtra de las utopías exaltadas hasta el hartazgo es aquella
que considera que el mercado libre y la competencia son las mejores garantías
del funcionamiento armónico y equilibrado de internet, como un espacio sin
restricciones materiales. Se suponía que la existencia de varias empresas que
otorgan el registro de dominios resguardaba la existencia de esos dominios y su
libre presencia en el ciberespacio. En la “República Internet”, el dominio se
consideraba como algo sagrado e intocable, ya que garantizaba la presencia en la
red de una persona o entidad que se podía expresar en forma libre, sin
inconvenientes de ninguna clase. Estos supuestos han quedado destruidos, porque
hace pocos días ocurrió lo impensable: se puso fin al dominio de WikiLeaks
cuando EveryDNS.net, la empresa que le prestaba el servicio decidió suprimirlo
con el pretexto de que estaba soportando ataques masivos. Fin de una época y de
un mito: se demolió de un solo golpe la idea que el mercado era el mecanismo
idóneo y neutral para preservar la libre expresión a través de la red virtual,
lo cual muestra que ésta no es, ni mucho menos, esa zona de libertad plena y sin
restricciones que alguna vez se consideró. Como para confirmarlo, después ha
seguido la cancelación por muchas empresas de los dominios que albergaban
paginas relacionados con WikiLeaks.
Las grandes compañías de la
informática como defensoras de la libertadEntre los héroes del
capitalismo más exaltados porque representan el éxito empresarial siempre se
habla de Microsoff, Apple, Facebook, yahoo, google y se resalta el papel de Bill
Gates, Steve Jobs y otros como máximos defensores de la libertad de expresión y
de enemigos declarados de la censura. Esta falacia ha sido desmentida hace pocas
semanas, puesto que las empresas mencionadas se encargaron de suministrar la
información de sus bases de datos, en las que aparecen los mensajes y
comunicaciones de cientos de millones de personas en todo el mundo, lo cual no
sólo es una labor de delación sino que es un crimen corporativo.
El caso
más notable y cínico es el de Microsoft –que tanto presume de defender la
libertad individual-, entidad que colabora en forma directa con la Agencia de
Seguridad Nacional de los Estados Unidos, a la que le ha permitido acceder a las
comunicaciones de sus usuarios. Hasta tal el punto llega la acción criminal de
Microsoft, que trabaja conjuntamente con el FBI y la CIA para que estas tengan
acceso, a través del programa PRISM, a los 250 millones de usuarios que se
alojan en la nube SkyDrive. Igualmente, la empresa que fundó Bill Gates ayuda al
FBI a descifrar el funcionamiento de la herramienta Outlook.com, a través de la
cual se pueden crear alias de correo electrónico. En pocas palabras, con la
entrega de información que se consideraba confidencial, las empresas de la
informática han demostrado que son fieles e incondicionales servidores del
imperialismo estadounidense y que su pretendido espíritu libertario es solo un
sofisma comercial.
Como puede verse, en pocas semanas han sido barridas,
como castillos de naipes, las utopías digitales, que tanta literatura barata
originaron a nivel mundial en los últimos veinte años y tanto le han servido al
capitalismo y a sus empresas informáticas para justificar el ingreso a una nueva
y supuesta era de confort y bienestar, a la que algunos bautizaron como la “era
de la información” o “sociedad del conocimiento”.
DECADENCIA
IMPERIALISTA Y TECNOFASCISMO
El escritor alemán Carl Amery ha dicho
que el proyecto de Hitler es muy actual para el capitalismo y que por algo aquel
nefasto personaje es el precursor del carácter cada vez más fascista que
adquiere el capitalismo en nuestros días. Su afirmación no es ni mucho menos
retórica ni caprichosa, ya que se basa en comparar los supuestos del régimen
nazi con lo que sucede en el capitalismo contemporáneo: disminución de recursos,
problemas de abastecimiento de energía, reducción de la población, necesidad de
mantener el nivel de producción y consumo de una élite mundial, desigualdad
extrema en cada país y en todo el planeta y utilización de la ciencia y la
tecnología para preservar la desigualdad y la injusticia. (Carl Amery,
Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI? Hitler como precursor, Turner, México,
2002).
En este escenario cobra actualidad para el capitalismo el programa
de Hitler y por eso no extraña que ahora se imponga el tecnofascismo y, como en
la Alemania nazi, ese proyecto tenga gran apoyo y aceptación de parte de la
población en los Estados Unidos y sea respaldado por los medios de comunicación
dominantes, tanto en ese país como en el resto del orbe, y por muchos
intelectuales que le rinden culto a la era de la información.
De ahí que
al espionaje generalizado no se le haya dado la importancia que tiene como
imposición de un control perpetuo que destruye las libertades individuales y que
legitima la criminalización de todos aquellos que enfrenten al capitalismo. Si
ese espionaje se diera por parte de Cuba, Venezuela o cualquiera de los países
que son considerados como “peligrosos”, a diario y a toda hora estaríamos
bombardeados por la información mediática que denunciaba esos hechos como
propios del “totalitarismo de izquierda”, pero como procede de los Estados
Unidos se le reduce a ser una cuestión sin importancia y casi folklórica, y se
minimiza su verdadero significado; aún más, se afirma que si uno no tiene nada
que esconder no debe temer a que lo vigilen y espionaje siempre ha existido.
Estos lugares comunes simplemente indican el grado de pasividad y de aceptación,
como si fuera algo normal, del control perpetuo, porque, como dijimos al
comienzo de este artículo, ya nos han acostumbrado con el control desplegado con
los artefactos tecnológicos, como el celular y las “redes sociales”. En realidad
esas frases ocultan una terrible verdad difícil de aceptar. Al decir que “todos
lo sabíamos”, se está reconociendo que no se ha hecho nada para impedirlo; y
afirmar que “no tengo nada que ocultar” simplemente indica que nos tiene sin
cuidado que nos vigilen, porque no nos interesa ni nuestra privacidad ni mucho
menos nuestra dignidad –una cualidad en vías de extinción-, solo queremos que
nos dejen exhibirnos y disfrutar de los chismes a través de nuestros aparatos
tecnológicos. Como alguna vez lo dijo Benjamin Franklin, uno de los “padres
fundadores” de los Estados Unidos: los que son capaces de ceder la libertad
esencial para obtener un poco de seguridad temporal no merecen ni libertad ni
seguridad.
En esas condiciones, se tiende a legitimar la existencia de
programas como el PRISM, con el cual se graban las llamadas telefónicas y los
correos electrónicos y cualquier comunicación por medios electrónicos que
circule en cualquier lugar del mundo a toda hora. Luego, una máquina, a partir
de unos códigos determinados que se le suministran, analiza, selecciona y depura
la información que “pone en peligro” la seguridad interna de los Estados
Unidos.
El tecnofacismo no tiene límites, porque apenas han sido
descubiertos los representantes del imperialismo estadounidense han salido a
decir que no hay que dramatizar que las acciones de vigilancia y control se
hacen para beneficiar a la humanidad y debemos estar agradecidos con sus
cuidados filantrópicos y, además, se arguye que con ese control de han evitado
miles de atentados terroristas, con lo cual se sostiene que el espionaje ha sido
benéfico. Recordemos que esta pobre argumentación no es nueva en el caso de los
Estados Unidos, porque cuando se lanzaron las dos bombas atómicas sobre ciudades
japonesas en agosto de 1945, se dijo que con ese hecho se habían salvado miles
de vidas de las tropas yanquis.
En conclusión, a lo que estamos
asistiendo es al control totalitario por parte de un imperialismo en crisis, que
recurre a todos los medios, incluyendo la tecnología, para vigilar, controlar,
perseguir y reprimir a los que concibe como sus reales y potenciales enemigos. Y
para ello, no duda ni un instante en destruir los mismos mitos que Estados
Unidos había creado sobre la libre y democrática república virtual, y sobre la
circulación de información, hasta el punto que puede decirse con plena seguridad
que los únicos ordenadores y teléfonos celulares plenamente seguros son aquellos
que jamás han sido desempacados ni encendidos. Por ello, no sería raro que este
artículo sea leído primero en las oficinas de espionaje de los Estados Unidos
que por los lectores de REBELION.